Cinque Terre

Juan Manuel Alegría

Director de Reporte Mexcal. Articulista del Diario Noticias y Etcétera.

La batalla de Puebla no impidió el Segundo Imperio

Como cada año, este día 5 de mayo celebramos, con gran pompa, la victoria de los mexicanos ante el gran ejército francés, ocurrida en Puebla en 1862; sin embargo, esa batalla no significó gran cosa para el Imperio de Napoleón III, pues, a pesar de esa derrota, pudo imponer a Fernando Maximiliano José María de Habsburgo como emperador de México.

Fernando Maximiliano José María de Habsburgo

La celebración adquirió mayor prestigio a finales del siglo XIX, cuando la realizaban los mexicanos en Texas (donde nació Ignacio Zaragoza), Nuevo México o California, en donde muchos creen que es aniversario de nuestra Independencia.

Pero ¿por qué celebramos con tal suntuosidad esta batalla? Tal vez la respuesta está en el nacionalismo que desde el último cuarto del siglo XIX se nos ha inculcado. Esa ideología fue impulsada por la idea de nación que fortaleció Porfirio Díaz, quien también promovió la antropología indigenista y la arqueología.

Al caer Maximiliano junto con el Partido Conservador, el Partido Liberal quedó dueño del campo, de la ideología y del poder, y desde ahí se fraguaron el “credo” y el “evangelio” nuevos. Se crearon los “catecismos de Historia Patria”; con los que, decían, se despertaría y consolidaría “el santo amor” y, la devoción profunda a la patria, con eso se despertaría “en los alumnos una grande admiración por nuestros héroes, haciendo ver que por ellos los mexicanos formamos una familia” (Justo Sierra).

A imitación del santoral católico, se creó un calendario cívico donde se consagraron las fechas importantes: el día de la Constitución, el natalicio de Juárez, la batalla de Puebla… y las imágenes idealizadas de los héroes aparecieron en bustos de bronce, en esculturas, dando nombre a los pueblos…

Aquel famoso, más por su suicidio que por su talento: Manuel Acuña, declamaba sobre el famoso día:

“Sí, patria desde ese día /
Tú no eres ya para el mundo /
lo que en su desdén profundo /
la Europa suponía”.

Hasta la imagen de Juárez en tiempos de Porfirio ya aparece menos morena. Los historiadores modernos ubican esto como “La Historia de Bronce”; es la que crea o intenta crear imágenes héroes virtuosos, sin mácula, que infundan devoción por la patria. Su soporte ideológico: el nacionalismo.

Después de Porfirio, obviamente, todo se detuvo; no obstante, concluida la Revolución, con Obregón en el poder, Vasconcelos fue determinante para propagar el sentimiento nacionalista. Con obras, con libros, con el apoyo a los muralistas (Rivera, Orozco, Siqueiros —Vasconcelos envió a Diego Rivera a pintar tehuanas al Istmo). Entre esas relaciones, Diego Rivera y otros invitaron y dieron ideas a Serguéi Eisenstein quien rodó el filme “¡Qué viva México!”. También llegó de Nueva York, Miguel Covarrubias y escribió su célebre libro “Mexico south the Isthmus of Tehuantepec”.

La naciente industria del cine, la radio y la televisión fueron vínculos ideales para trasmitir ese sentimiento nacionalista, ahí se crearon estereotipos como el charro y la china poblana, la tehuana, la jarocha y el norteño, por ejemplo. Y lo fundamental, la historia enseñada en la escuela. Por ello amamos a héroes derrotados, desde Cuauhtémoc, Hidalgo, Morelos, Zapata…

Es cierto, que el Ejército de Oriente, al mando de Zaragoza, derrotó al ejército triunfador de la Guerra de Crimea, de la Guerra por la Unificación de Italia, el vencedor de Magenta, Sebastopol y Solferino, que estaba invicto desde Waterloo; sí, pero se perdió la guerra. Hay que recordar que, si Estados Unidos no reconoce a Benito Juárez como presidente de la República y presiona a Francia (que enfrentaba una inminente guerra contra Prusia), quién sabe qué hubiera pasado.

Hay historiadores que defienden lo del 5 de mayo. Señalan que esa batalla fue un aliciente importante que fortaleció la moral de los combatientes y sirvió para consolidar la unidad nacional.

¿De veras? En 1863, en Puebla había como 80 mil habitantes, con una guarnición de 21 hombres. Los franceses eran 28 mil, más unos siete mil de los conservadores. Con todo, se perdió Puebla y un mes después, en junio de ese año, ya estaba tomada la capital del país, donde había muchos miles más. En el país había casi nueve millones.

Si la noticia del triunfo hubiera insuflado el fervor patrio en el corazón de los mexicanos, aún con piedras y herramientas de trabajo, los extranjeros serían vencidos. Y así habría ocurrido en Veracruz (donde se replegaron en mayo del 62 —eran inicialmente 6 mil soldados—); ahí los habrían exterminado e impedido el desembarco de los refuerzos), en la ciudad de México y en todas partes. Con que, por lo menos, un millón participara, no dejaría un francés para muestra.

La irrisoria participación del pueblo no era nueva; lo mismo ocurrió en la Independencia; en la Guerra de los Pasteles (primera Intervención Francesa); con la invasión de los Estados Unidos, en la guerra de Reforma y en la segunda Intervención que dio lugar al Segundo Imperio.

Así, se entronizó Maximiliano, y Puebla sólo se pudo recuperar cuatro años después, el 2 de abril del 67, con Porfirio Díaz, cuando ya mayoría de franceses se había embarcado hacia su país (desde el año anterior los franceses regresaban), solamente protegían al emperador sus austriacos y los belgas que le había enviado el padre de Carlota Amalia, el rey Leopoldo (y los conservadores, claro).

Entre los problemas de Francia y Austria en Europa y las amenazas de Estados Unidos (que ya había reconocido a Juárez como presidente de la República) a Napoleón de que América era para los americanos, ya no había mucho con qué pelear.

Tal vez esa batalla sirvió para consolidar la unidad nacional, pero, ¿para qué?

Sobre ello, señala José Antonio Crespo “Enseñarles a los niños y a los adultos una historia que no tiene relación con la realidad, es una idea romántica y corremos el riesgo de que lleguen a adultos con esa idea mítica y falsa. Suponer que por ignorar la verdadera historia del país los mexicanos se convertirán en mejores adultos equivale a pensar que los niños se convertirán en mejores adultos si jamás se les desengaña sobre la verdadera identidad de los reyes magos”.

Y si de celebrar se trata, debería ser el 2 de abril de 1867. Porfirio tenía sitiada a la ciudad de puebla. El primero de abril la asaltó y por la madrugada del 2 cayó el convento del Carmen, último reducto imperialista. Ocho días más tarde, el 10, cerca de ahí, en San Lorenzo, derrotó a Leonardo Márquez, al bestial “Tigre de Tacubaya”, con lo que quedó sin apoyo Maximiliano, sitiado en Querétaro. La caída del segundo Imperio era inminente.

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