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Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Hace 30 años para miles de jóvenes del CEU, Bartlett perpetró el fraude electoral, ahora lo olvidan

Aquella noche y las noches que siguieron al 6 de julio de hace 30 años en la Ciudad de México, no las voy a olvidar.

Decenas de miles de personas continuaban las manifestaciones políticas que iniciaron con los sismos casi tres años antes y el movimiento estudiantil más importante después del 68, gestado entre 1985 y 1986.

Fabrizio León / La Jornada

Por aquellos días, el sistema político se había cimbrado: las columnas del presidencialismo omnímodo y la tutela de un solo partido crujían al son de la alianza entre la óptica nacionalista y lo mejor del ideario de la izquierda mexicana: “¡El pueblo, votó, y Cárdenas ganó!”, gritábamos aquí y allá, en avenida Chapultepec frente a Televisa, “¡Prensa vendida cuéntanos bien, prensa vendida no somos cien!”, con el ánimo aún encendido por la más intensa campaña sucia contra un candidato a la presidencia que hubiera sucedido hasta entonces, entre las paredes de un medio de comunicación, con el rostro y el sonsonete del periodista, amigo del sistema tanto como la empresa que le dictaba, Jacobo Zabludovsky.

Entonces creímos que el fraude era descomunal y que, el secretario de Gobernación, Manuel Bartlett Díaz, había sido el instrumento ejecutor del fraude electoral. Muchos, lo seguimos creyendo. Pero muchos otros más, no. O no les importa.

Ah, esos días en las instalaciones de Gobernación, junto con miles de compañeros del Consejo Estudiantil Universitario, el CEU. El volanteo por las plazas y las estaciones del metro y los camiones. Nuestras consignas contra Salinas, la prensa vendida y el sirviente del sistema que respondía que nosotros éramos el embate de la derecha, así nos decía Bartlett al defender el triunfo de quien sería su jefe los años que vendrían. Los desplantes de Clouthier, la indignación de Rosario Ibarra y la serenidad de Cuauhtémoc; nosotros con ellos, en particular con el hijo de Lázaro. Ese día y los que siguieron, que no quepa duda, la memoria no falla, el sistema de cómputo se calló y cayó. Manuel Bartlett tuvo miedo al mirar las cifras que llegaban al centro de cómputo y vio ahí una gran oportunidad para su trayectoria. Hace unos días, Aristegui se equivocó, dijo que Bartlett era secretario de Gobernación de Carlos Salinas en aquellos días y no: lo era de Miguel de la Madrid, como antes trabajó para López Portillo e incluso Echeverría. Y como encargado de la política interna del país, Bartlett fue pieza clave del fraude, también de la presión a los medios y de otros episodios, como la muerte del periodista Manuel Buendía, que nunca fueron aclarados del todo. Solo se sabe la carrera política del perpetrador de la infamia que aquí no recuento.

FOTO: SAÚL LÓPEZ /CUARTOSCURO.COM

Ahí están la gesticulaciones pétreas de Manuel Bartlett, quien mueve los labios entre el rostro impasible para lanzar arengas contra esa derecha, como lo hace ahora también, que formará parte del gabinete del próximo Presidente de México. Como para restregarnos en la cara que las cosas cambiaron para atrás y escuchar al anciano Bartlett llamarnos la derecha, como cuando Díaz Ordaz dijo que después de la masacre “Usted muchachito” no gozaría del sistema de libertades del que goza después del 2 de octubre de 1968, que es de lo que estaba, según adujo Díaz Ordaz, más orgulloso entre sus decisiones.

30 años después, la gran mayoría de mis compañeros del CEU callan, cayeron, al son del sistema, con Manuel Bartlett. Ya no son la iconoclasta manifestación, el recuerdo vivo se nuestros muertos, promotores de la discusión eterna porque la verdad no existe, luchadores contra el fraude, ya no exigen la despenalización del aborto, la legalización de la marihuana ni el respeto a la diversidad sexual. Ahora son soldados que marchan al ritmo del pensamiento único, el pasaje espiritual y casi religioso, la arenga moral, buscan la salvación de su alma sí, las que fueron almas inquietas, irredentas y rebeldes. Ahora son monaguillos que sirven a la palabra del señor y corifeos de sus decisiones. Así, le dan la bienvenida a Manuel Bartlett, incluso aunque escupan su propia historia porque ahora se creen protagonistas de esta historia aún en contra de sus principios e ideales. Y no son protagonistas en realidad, sino groseras marionetas que le han dado la espalda a su propia vida.

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