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Fernando Dworak

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La banalización de los sabotajes a oleoductos

Las palabras moldean las percepciones que la ciudadanía llegue a tener sobre un problema o fenómeno determinado, toda vez que generan marcos cognitivos que pueden ser usados para legitimar una acción. De esa forma, una expresión puede resaltar, exaltar o banalizar un acto para aumentarle o restarle relevancia. Es de vital importancia estar al pendiente de todo abuso lingüístico para denunciarlo para que no sea usado para manipular.

El pasado martes 14 de enero, López Obrador señaló en su conferencia mañanera que por quinta vez en una semana se había aplazado el aprovisionamiento de gasolina para la Ciudad de México por sabotaje al ducto Tuxpan-Azcapotzalco. Dejemos a un lado la posibilidad de que ésta no sea sino una excusa que se puede usar para aplazar la normalización de los servicios. Ignoremos también otro hecho: si se pueden detectar “sabotajes”, ¿por qué cerrar ductos de manera selectiva?

Lo declarado por López Obrador es más grave, aunque menos obvio: se está normalizando una expresión que en otros contextos genera alarma y prende focos rojos ante posibles crisis. Recordemos una serie de atentados contra oleoductos que tuvieron lugar en 2007 para explicar el problema.


FOTO: VICTORIA VALTIERRA /CUARTOSCURO.COM

El 10 de julio de 2007 el Ejército Revolucionario del Pueblo (EPR) depositó ocho cargas explosivas en los ductos de Pemex ubicados en Celaya, Salamanca y Valle de Santiago, Guanajuato, y en la válvula de seccionamiento de la casa de válvulas de los ductos en la comunidad Presa de Bravo, municipio de Corregidora, Querétaro. La razón: eran parte de una campaña de hostigamiento contra el gobierno de Felipe Calderón para exigir la presentación con vida de dos de sus compañeros desaparecidos.

El 10 de septiembre de ese mismo año tuvieron lugar otros dos actos de sabotaje al gasoducto de Cactus-San Fernando en las comunidades de La Antigua y Maltrata, en Veracruz, también adjudicados por el EPR. Se reportaron daños en las comunidades y temores de desabasto en los estados abastecidos por el ducto. Aunque a principios de diciembre la organización guerrillera advirtió de la posible reanudación de acciones de “autodefensa” y de “hostigamientos” armados, no continuaron. En respuesta, el gobierno siempre fue enfático en señalar a los actos como de terrorismo y no de reivindicación social o política.

López Obrador es un maestro del lenguaje y así se ha señalado y argumentado en este espacio repetidas veces. Usar la expresión “sabotaje” sin haber explicado uno solo de estos todavía presuntos actos refuerza un elemento central de su narrativa: las cosas no funcionan del todo porque otros conspiran contra él. Y bajo la palabra “otros” puede caber cualquier persona que señale.

Por otra parte, si no se habla de la magnitud del “sabotaje” para justificar todo retraso en el abastecimiento, es posible dejar la palabra como marco cognitivo para cualquier tipo de ataque a las instalaciones del Estado, desde la ordeña hasta el atentado. Todo justifica el postergamiento de la voluntad del gobierno ante los ataques de los otros.

Juegos de palabras como éste terminan fortaleciendo una visión del mundo y legitiman a un gobernante. Es nuestra responsabilidad denunciar estos actos de banalización.

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