Cinque Terre

Germán Martínez Martínez

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Escritor. Fue director artístico del DLA Film Festival de Londres y editor de Foreign Policy Edición Mexicana. Doctor en teoría política.

El azar y la mirada fotográfica de Paola Bragado

Un día después de que el director de la Organización Mundial de la Salud declarase que la humanidad padecía el inicio de una pandemia, el 12 de marzo de 2020, en un festival en la Ciudad de México hubo una doble función de filmes de un celebrado cineasta europeo. Las películas no me complacían, entre otras razones, porque son más pictóricas que cinematográficas. Pero a mi alrededor los elogios hacia ellas eran significativos. Pregunté a un joven crítico de cine qué le entusiasmaba tanto de la obra de ese director. Su respuesta no aludió a características de lo visto en pantalla, sino al proceso de filmación, que calificó como: “muy ético”. Su criterio no era extravagante: corresponde a un entendimiento contemporáneo del arte y de la manera de acercarse a él. Recordé esto ante la exposición Mujer platillo: qué crees, quedó amarillo y el discurso que la artista Paola Bragado (Madrid, 1977) produce sobre su práctica artística reciente.

La actriz Irene Repeto fue una de las personas fotografiadas por Paola Bragado.

El sábado 11 de junio de 2022, Bragado —quien previamente ha expuesto su obra en Alemania, Argentina, Austria, Bélgica, Chile, España, Estados Unidos, Francia, México y Portugal— inauguró su exposición de fotografías intervenidas, bordado e instalación multimedia. La muestra va acompañada del fotolibro The Mexicanas (2022) que no es catálogo de la exposición sino obra independiente, aunque relacionada. Se presenta en Hydra, galería y librería —de editoriales de varios países— dedicada a la fotografía (Tampico 33, Ciudad de México). Hydra fue fundada en 2012 y acompaña a fotógrafos desde su formación, y procesos creativos, hasta la distribución de sus obras tanto en Hydra como en otros espacios, pasando por la realización de subastas. Llevan a cabo exposiciones, actividades educativas —ahora también en línea—, tareas de conservación, servicios para galerías y museos y, crucialmente, la publicación de libros y la promoción de su creación a través de su “Incubadora de fotolibros”.

La exposición incluye una instalación que conjunta cerámica, audios e imágenes.

Un concepto de igualdad subyace en el discurso de Bragado sobre sus obras. Las fotografías de esta exposición muestran, en su mayoría, a “ficheras”, mujeres que se alquilan para bailar en clubes nocturnos. Las notas a la exposición —de la autoría de Bragado y en primera persona— aluden a que propició, en el cabaré en que tomó las fotografías, que las ficheras dieran clases de baile y que, adicionalmente, ellas fueran a aprender cerámica en la UNAM. Ahí, además de ser estudiantes, impartían también sus clases de baile. Asimismo, la actriz Irene Repeto fue fotografiada en el espacio de las ficheras con la intención de diluir barreras; en una dinámica que Bragado describe como el paso de la sesión fotográfica a los talleres y las clases. Estos entrecruzamientos son la materia de la instalación con que cierra Mujer platillo: al lado de piezas de cerámica hechas por las fotografiadas, audios editados sobrepuestos unos con otros, mientras se proyectan diapositivas encimadas entre sí, con imágenes capturadas durante el proceso (alternativamente en vez de proyección mecánica, se presenta un video que reproduce la operación, en ausencia de la artista). Así, quien visita la exposición, no necesariamente se entera de procedimientos diseñados como igualadores. El público ve fotografías con bordados —que Bragado describe como “otomíes”— en el reverso de la impresión fotográfica y que dejan largos hilos residuales del lado en que está lo fotografiado. Ésta es la materialidad de lo que Mujer platillo presenta. Como había anotado, está en auge una forma de pensar el arte que es moralista, aunque se presente a sí misma como perspectiva política (no es plenamente el caso de Bragado). No obstante, más que asomarse a las palabras sobre las creaciones —incluidas las de los críticos—; el observador, incluso siendo atento, se enfrenta primordialmente a la materialidad de las obras, que sigue siendo el más legítimo punto de partida al relacionarse con el arte.

Las fotografías de Bragado muestran bordados en su reverso.

Bragado afirma que la Ciudad de México está constituida por un “caos”. Seguramente así es, como también es cierto que está conformada por otros elementos. Diferentes visiones encuentran distintos rasgos como característicos de la ciudad. A mí, algo de lo que me intriga sobre la Ciudad de México es su desigualdad —tan típica del subdesarrollo— más que lo exótico o supuestamente específico, como las ficheras, que, por cierto, son materia que atrae tanto a extranjeros como a locales (en muchas ocasiones fotógrafos jóvenes me han hablado de sus proyectos de capturar rostros “indígenas” y de luchadores). Cuando me refiero a la desigualdad no pienso en la grosera diferencia, dividida apenas por un muro, de lugares como Santa Fe. No, visualizo algo de lo más absurdo de la desigualdad latinoamericana: la petulancia de sus clases medias y altas, detectable en movimientos corporales, gestos faciales y arreglo personal. Con atuendos que podría vestir alguien en Europa se desenvuelven de maneras que serían ridículas, vergonzosas e incluso imposibles en sociedades europeas desarrolladas y, en varios sentidos, emancipadas. Juzgo esto más distintivo de la Ciudad de México que su folclor: gente que se autocalifica como ilustrada, pero que son, en sus personas, demostración de lo que ellas consideran “atraso” nacional. Entonces, dado el interés de Bragado por “confrontar, invertir o simplemente jugar con los códigos dominantes” la artista tiene múltiples opciones de exploración futura.

La doble exposición del negativo fotográfico introduce un elemento de azar.

Es probable que la mirada que uno pueda tener de una sociedad esté condicionada de diversas maneras, en especial cuando le representa a uno cierta novedad. El reto para el artista es ir más allá de tales perspectivas que incluyen el pintoresquismo y el condicionamiento ideológico que cancela el desarrollo de una mirada personal, seleccionando sólo lo que ilustra principios de la doctrina que uno ha adoptado. Se trataría de escapar del marco que ha establecido lo observable de cada sociedad (rascacielos en Nueva York, caderas colombianas, pobreza en la India…). Bragado ha residido, además de España y México, en Bélgica, Francia y Gran Bretaña. Al escoger a ficheras como personajes de su obra —acompañadas de coloridas imágenes como la Virgen de Guadalupe—, se ha inmerso en una mirada condicionada: el exotismo, para la visión global, de un salón de baile en un vecindario peligroso que, no obstante, ha sido, en años recientes, la delicia de nacionales y foráneos dedicados a las artes. Dicho esto, es necesario concluir con la forma en que Bragado abordó su propio planteamiento.

Las fotografías de Bragado juegan con colores estereotípicos.

Bragado cuenta, de nuevo en sus notas —y esto respalda la posibilidad de cierto diálogo con el discurso de los artistas—, que la escasez de líquido revelador durante la pandemia llevó a que la asistiera alguien que consiguió una sustancia inhabitual para el procedimiento, quien terminó informándole: “¿Qué crees? Salió amarillo”. En este accidente —que contribuye a que algunas de las fotografías tengan texturas que las asemejan a pinturas—, como en la doble o múltiple exposición de la película, entra en acción el azar. Se trata, no obstante, de un ejercicio dirigido que tiene como resultado algo de lo mejor de su trabajo, pues, aunque el resultado combinatorio era impredecible, cada toma fue un encuadre diseñado por la artista. Algunas fotografías alcanzan tal acierto de composición que pasarían por manipulaciones digitales. Estos procederes recuerdan las operaciones azarosas de Cage y su búsqueda de la indeterminación, que él reconocía como vía acaso imposible, pues, lamentaba, la música terminaba siendo siempre melódica, por más que buscase escapar de ello. De manera semejante, Bragado tiene el ímpetu de indagar la mirada convenida, esforzándose en atravesarla y seguir su camino, haciendo de los cuerpos y sus movimientos fantasmagorías que se cumplen felizmente en el intento.

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