Cinque Terre

Carlos Matienzo

[email protected]

Politólogo por la UNAM y Maestro en Administración Pública con especialización en Seguridad por la Universidad de Columbia, Nueva York. Especialista en temas de seguridad y gobernabilidad. Twitter: @CMATIENZO

Aurelio, el otro culpable

El daño está por consumarse. La contrarreforma educativa de López Obrador nos regresará a antes de 2013 –cuando se aprobó la iniciativa de Enrique Peña Nieto- e incluso a décadas atrás. Están por institucionalizarse las prácticas más perniciosas del drama educativo mexicano. De ello se ha escrito suficiente: podemos esperar corrupción, mediocridad, desgobierno y abandono.

Vale la pena repasar la historia de esta fallida transformación para entender cómo llegamos hasta aquí. Lo cierto es que la reforma llevaba tiempo descomponiéndose. A la claudicación que hoy nos somete el obradorismo, le antecedió la obstinación, el ego y la inflexibilidad de los diseñadores e implementadores en el seno de la administración anterior.

El gran autor de la reforma fue Aurelio Nuño y en ello, en la osadía, habrá que reconocerle su mérito. Se trataba de una reforma ambiciosa y disruptiva. Sí, una reforma administrativa y fundamentalmente política que buscaba arrancar el control de la educación a grupos de interés que lucraban con este valioso bien público. Ahí estaba su virtud: desmantelaba los reinos de corrupción de la CNTE y de Elba Esther Gordillo. Fortalecía al Estado.

¿Por qué falló entonces?

Veamos: en primer lugar, porque tenía un serio problema de narrativa. En el intento de centrar los males de la educación en las estructuras sindicales, se terminó por trasladar la culpa al maestro que, en la mayoría de los casos, cumple su labor muy a pesar de las deficientes estructuras del sector. Enfatizar las medidas laborales como solución del reto educativo, hizo ver a los profesores como el principal problema. El profesor simplemente reaccionó como lo haría cualquier acusado: a la defensiva.


FOTO: GALO CAÑAS /CUARTOSCURO.COM

Por otro lado, se trataba de un cambio estandarizado y drástico para una masa de trabajadores heterogéneos y acostumbrados a un esquema laboral que el propio Estado había propiciado por décadas. Existían alternativas para implementarlo de forma incremental: se pudo diseñar un esquema transitorio que respetara los derechos de los más viejos y apostará a la eventual renovación (como se hizo con la reforma al sistema de pensiones, por ejemplo). Se pudo acompañar de un agresivo incremento salarial, previo a las evaluaciones. Se pudo diseñar un esquema que reconociera las diferencias regionales, la brecha digital y las dificultades que enfrentaban los profesores en comunidades marginadas.

Pero más allá de los errores de diseño, el mayor pecado de Nuño, ya convertido en Secretario de Educación, fue su inflexibilidad para ajustar. Por lo contrario, endureció su discurso frente a la disidencia. Lo que nunca entendió es que el descontento crecía más allá de los grupos de extorsionadores. Profesores a lo largo y ancho de la república comenzaron a inconformarse. El sometimiento total del SNTE (al que le quitaron cualquier capacidad de negociación) terminó por legitimar a la CNTE. En algún punto, ese descontento se trasladó al resto de la ciudadanía, que naturalmente se solidarizó con el profesor de sus comunidades.

En 2016, cuando se abrió un espacio de diálogo tras el enfrentamiento de Nochixtlán, el gobierno tuvo la oportunidad de adaptarse a la nueva realidad: la reforma ya no tenía el respaldo necesario. Lo cierto es que la contrarreforma educativa tuvo que darse en la propia administración de Enrique Peña Nieto. Aunque la razón les asistiera, los encargados de la política educativa debieron ajustar sus ambiciones.

Se trataba fundamentalmente de hacer lo necesario para reconstruir la alianza del Estado con su principal aliado en la materia: los maestros. Entender que solo se podía aspirar a llegar tan lejos como los propios maestros apuntaran.

¿Por qué no sucedió? Pienso que es algo que trasciende a las características personales de quienes encabezaban la política educativa. El problema está en el ADN de la tecnocracia: en asumir que la razón técnica se traduce en legitimidad política. Diseñaban con base en un cálculo parcial que no incluía los efectos sociales y políticos de sus decisiones. Hacían política pública como un producto de laboratorio.

El arte de gobernar está en calcular también las reacciones de los grupos de interés y en asumir que hay irracionalidades con las cuales se debe lidiar. En entender que el mundo de lo posible no siempre se conecta con el de lo deseable. En no subestimar las percepciones populares. En ajustar, para evitar causar un daño mayor que el que busca aliviarse.

Aurelio, por ponerle un nombre a esa visión tecnócrata, jugó al todo o nada y nos dejó sin nada. El descontento generado por esa y otras medidas, le abrió la puerta al populismo y con ello a los criminales de la educación. Hoy estamos peor que en 2013. Obrador es el verdugo y los tecnócratas sus cómplices involuntarios.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password