Cinque Terre

Nicolás Alvarado

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Periodista

Asignatura (electoral) pendiente

¿Sabe el lector cuál es el proyecto de nación de Fuerza X México? ¿O de Redes Sociales Progresistas? ¿Muy difícil? Seré clemente: le pido nombrar a tres figuras de esos partidos… Está bien… ¿Dos? ¿Una?… OK: no.

Incordiante, seguiré con preguntas. ¿En qué difieren el Partido del Trabajo y Morena? ¿Por qué son dos partidos? ¿Para qué sirve hoy el PT?

¿O qué representa ese PVEM, ecologista sólo de nombre, que participara en alianza con el PAN en 2000, con el PRI en 2006 y en 2012 y que desde 2018 camina de la mano de Morena… a no ser la intención –que dura ya dos décadas– de ir a hombros de gigantes (electorales)?

¿A quién representan estos partidos? ¿Cuántos votos ciudadanos podrán recibir? A nadie y que ninguno. No fueron concebidos para ello.

Desde tiempos de la hegemonía priísta existen en México partidos satélite, concebidos para simular una pluralidad partidista que el sistema asfixiaba: eso fueron los extintos PARM, PPS y PFCRN, cuyo perverso ejercicio empañaba el legítimo de otros que sí representaban corrientes minoritarias. En 1988, esos partidos y su falta de proyecto tuvieron una bondad inesperada: romper con el PRI y posibilitar la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas. Sin embargo, su única contribución al avance de la democracia tuvo un efecto pernicioso inesperado: abrir la puerta a su posterior acomodo electoral con el mejor postor.

No hay hipérbole en el fraseo: estos partidos no buscan avanzar proyectos, abrazar causas y menos gobernar. Se trata de estructuras clientelares que aprovechan el financiamiento público para mantener una maquinaria electoral: un “voto duro” retenido a base de prebendas, que ofertan como.

La reciente reforma que prohibe a los partidos de reciente creación participar en coaliciones en su primera elección algo hace por corregir este problema. Sin embargo, resulta insuficiente.

En unos días iremos a una elección en que los principales contendientes serán el partido en el gobierno y una coalición de dos de los que lo antecedieron y el que le dio origen. Hay una tercera opción con agenda propia, Movimiento Ciudadano, de corte socialdemócrata. Habrá que ver los índices de abstencionismo pero es de temer que un amplio sector de la población no se sienta representado por ninguno de ellos. Hay, pues, lugar para otros partidos. He aquí, sin embargo, que para constituirse en partido político en México es menester celebrar asambleas de 3 mil militantes en 20 entidades o de 300 en 200 distritos: es decir contar con 60 mil afiliados. La pregunta es cómo se consigue esto.

En una sociedad despolitizada –si no de plano hostil a la política– como la nuestra, reunir a 60 mil personas es cosa que sólo puede lograrse de una manera: con prácticas clientelares, a las que sólo es posible acceder con un capital semilla de origen dudoso. Compárese con lo que sucede en Francia, donde para hacer un partido basta con constituirse en asociación no lucrativa y reportar ingresos y egresos a la autoridad de fiscalización electoral, sin necesidad de acreditar una militancia a la que resultaría difícil haber convencido en una etapa tan temprana del proyecto. La Ley permite recibir donativos personales por hasta 750 euros. De lograr al menos el 1 por ciento del voto, la autoridad electoral reembolsa al partido los gastos de campaña. La prueba de que el sistema funciona es que así se constituyó el partido que hoy gobierna: La République En Marche.

No cabe pensar una reforma electoral análoga en México: para ello necesitaríamos los controles anti corrupción que no tenemos y al crimen organizado a raya. Pero vale la pena comenzar a pensar alguna que nos permita desterrar el clientelismo, acaso el primer cáncer de nuestro sistema político.

Por desgracia, después del 7 de junio habrá otras prioridades electorales, y de manera señera la defensa de un INE amenazado a ciegas por el Ejecutivo. Quede como asignatura pendiente, para un momento mejor.


IG: @nicolasalvaradolector

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