Cinque Terre

Nicolás Alvarado

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Periodista

Apretar el cinturón (y el bozal)

Hubo un tiempo en que dirigí una revista cultural. Fue en el mundo de antes, cuando había muchas revistas de papel, y una parte no desdeñable de ésas eran de corte cultural. Fueron, claro –y siempre–, los años de Letras Libres, de Nexos, de Este País. Pero también los de Viceversa y (paréntesis) y arcana. Fueron los años en que etcétera –créalo o no el lector joven– era una revista impresa. Y fueron los de El Huevo, que debía su nombre mitad a un espíritu provocador y socarrón, mitad a su postulado de una agenda que buscaba no la reseña del acontecer de la cultura sino la anticipación de su porvenir, ab ovo.

Asumí la dirección de El Huevo en 2000, con un sueldo de 20 mil pesos mensuales. Para 2008, el último año de su publicación, desempeñaba yo tal tarea –que ocupaba la mayor parte de mi tiempo laboral– pro bono, financiándome con mi trabajo televisivo y teatral. Una revista cultural independiente de los grandes conglomerados editoriales no daba para más.

Si ocupaba el grueso de mis jornadas es porque ahí hacía de todo: planeaba, editaba, escribía, promovía, administraba y, sobre todo –en tiempo efectivo–, vendía. O intentaba vender inserciones publicitarias, con nulo éxito a la iniciativa privada y con algo más al sector público. Tal modelo de vida y de negocio no era ajeno a mis contemporáneos editoriales, y ni siquiera a mis mayores. (Me recuerdo director de El Huevo ante sendos escritorios: uno, el de José Woldenberg cuando director de Nexos; otro, el de Enrique Krauze en Letras Libres. Ambas conversaciones recalaron de manera indefectible en la dificultad de captar anunciantes para sostener un proyecto editorial cultural y crítico.)

En el mundo de ayer, las revistas culturales sobrevivían gracias al dinero público: las dependencias se anunciaban en ellas no porque su circulación garantizara gran penetración a su publicidad sino a fin de mantener espacios para la crítica, el ensayo y la creación literaria en México. En un tiempo, tales asignaciones presupuestales fueron discrecionales. En el sexenio de Fox, sin embargo, fue creada al interior de la Secretaría de Gobernación la Dirección General de Normatividad de Medios de Comunicación, cuya función fuera profesionalizar las contrataciones de publicidad gubernamental: ninguna dependencia podía contratar medios que no figuraran en su padrón, y para ello –en el caso de los impresos– era obligatorio presentar cifras de circulación certificada por el Instituto Verificador de Medios, lo que garantizaba que éstas fueran fidedignas, y que las tarifas correspondieran a los estándares de mercado.

Hasta donde sé –y lo sé porque, además de dirigir El Huevo, colaboré y tuve amigos en todas esas revistas en esos años–, nunca pretendió el gobierno incidir en la línea editorial de esas publicaciones: tales inversiones –minúsculas en comparación con las que se destinaban a medios electrónicos y periódicos– eran tenidas por subsidio destinado a procurar los espacios de crítica, diálogo y creación propios de una democracia. Así fue también en el sexenio de Calderón. (Del de Peña Nieto no puedo hablar al haber redundado la explosiva combinatoria del desdén de esa administración por la cultura y la revolución digital en la desaparición de gran parte de esas publicaciones, incluido El Huevo.)

Hoy, las pocas revistas culturales sobrevivientes han perdido ese apoyo. El gobierno prefiere pagar a las televisoras por transmitir en concesiones federales contenidos de interés nacional (las clases a distancia) o pautar en La Jornada: muy su política de comunicación y su ausencia de política cultural. Lo que es inaceptable es que esos valiosos y valerosos editores sean humillados públicamente, rocíados con inmerecido tufo a corrupción, agobiados con multas desproporcionadas por añejas y nimias faltas administrativas. Un país democrático necesita una prensa cultural y crítica respetada. A falta de gobierno democrático, toca defenderla a sus lectores.

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