Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

El amor en las llamas del infierno

EL ÍDOLO ETERNO
Auguste Rodin (1840 -1917)

El desdén por la carne frente a los sentimientos proviene de tiempos remotos. A Gregorio debemos la síntesis de los pecados que podrían atormentar nuestras almas. Son siete y entre ellos está la lujuria. Sobreponer a la moral sobre la gestión de nuestros placeres. En sus famosos cantos para persuadir sobre esa elección en la que, claro, los sentimientos deben volcarse en torno a Dios (en el caso de Gregorio, en cualquiera de sus tres manifestaciones y no sólo como el señor barbón con que se representaba), los seres humanos no podemos ser avaros ni envidiosos, aunque lo seamos. La lujuria también alude a la naturaleza humana, pero el miedo a Dios implica contener esa naturaleza humana. Al dios cristiano, se entiende, porque múltiples dioses paganos alientan los placeres, los banquetes y el vino, ah, Dioniso. Para Gregorio la virtud es sufrir porque nos hemos de privar de esos placeres. Yo prefiero la destemplada elección de Adán si nos debemos situar en ésta fantasía, aunque me gusta más Cupido y sus efectos, en los que la concupiscencia es la fuente de todos los atractivos. Yo no me enamoro de la inteligencia humana, me enamoró de la piel y los ojos que la sostienen, la procacidad y el deseo, el cabello y la opulencia, en particular, las sinuosidades glúteas. Ya luego deposito en la razón la posibilidad de trascender esos besos con los que estoy dispuesto a arder en las llamas del infierno.

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