Cinque Terre

María Cristina Rosas

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Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

¿AMLO versus Biden?

Como es sabido, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, es poco proclive a viajar fuera del país. Su interés en el mundo exterior es limitado y apenas tiene en su haber en su cuarto año de gobierno, cuatro viajes, tres de ellos a Estados Unidos y sólo uno, el más reciente, a países latinoamericanos. La política exterior del país ha sido relegada por el presidente a la gestión del canciller Marcelo Ebrard, quien ha debido navegar en aguas turbulentas -crisis económica, las administraciones de Trump y Biden, pandemia, vacunas, sin dejar de lado el protagonismo y los consecuentes recelos hacia su persona de parte del gabinete. 

En el presente año, hay varios aniversarios de relaciones diplomáticas que, al decir de la comunidad de internacionalistas, habrían justificado una presencia del presidente en eventos alusivos dentro y fuera del país, por ejemplo, los 50 años del establecimiento de relaciones diplomáticas con la República Popular China (RP China); los 60 años de relaciones diplomáticas con la República de Corea; los 70 años de relaciones diplomáticas con Alemania y los 30 años de relaciones diplomáticas con Ucrania -si bien en este último caso se disculparía la ausencia de festejos debido al conflicto que acontece entre ese país y Rusia.

Además de estos importantes aniversarios que coinciden con un escenario casi pospandémico -sin por ello sugerir que la pandemia del SARSCoV2 ya terminó-, México se encuentra en su segundo año como miembro no permanente en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) lidiando con la guerra entre Rusia y Ucrania, entre otros importantes desafíos para la seguridad internacional. También tuvo la presidencia pro témpore de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) con una propuesta de relanzamiento que se materializó de manera muy accidentada en septiembre de 2021 en la cumbre respectiva, si bien uno de los frutos de la diplomacia mexicana en ese espacio ha sido la creación de la Asociación latinoamericana y Caribeña del Espacio (ALCE).

Las cumbres son espacios importantes para la concertación y se antojan más necesarios que nunca en un mundo que busca recuperarse de los impactos de la pandemia y que además debe hacer frente a las consecuencias del conflicto entre Rusia y Ucrania. Así las cumbres de líderes en eventos próximos como la Cumbre de las Américas, a celebrarse en el mes de junio en Los Ángeles, Estados Unidos; la del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), programada para noviembre en Tailandia, y la Cumbre del G-20, que también se verificará ese mes en Indonesia, revisten un notable atractivo.

Con todo, hay que reconocer que la diplomacia de las cumbres se ha visto muy mermada en los últimos años, debido a los profundos desacuerdos entre los países, la pérdida de credibilidad de las instituciones y, ciertamente, la falta de liderazgo de las naciones. Donald Trump, antecesor de Biden en la Casa Blanca, dilapidó los magros consensos internacionales existentes, desarrollando una costosa guerra comercial contra la RP China, pero además cuestionando y sancionando a sus aliados con impuestos al aluminio y el acero. Su retiro de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO); su anuncio de que abandonaría la participación en la Organización Mundial de la salud (OMS); la decisión de retirar al país del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP); su repudio al Acuerdo de París en materia ambiental; y la salida estadunidense de la Organización Internacional del Café (OIC), son sólo algunas de las acciones que dañaron profundamente al multilateralismo y a la posición internacional de Estados Unidos.

El arribo de Joe Biden como sucesor de Trump, ha consistido en enderezar el barco, hacer frente a la pandemia del SARSCoV2 -que ha cobrado las vidas de más de un millón de estadunidenses- reconstruir las relaciones con sus aliados y apoyar al multilateralismo, en especial en el tema ambiental y en materia de salud. Biden, sin embargo, ha privilegiado la confrontación tanto con la RP China como con Rusia, contribuyendo así, a acercamientos entre Moscú y Beijing -quienes se sienten agraviados por Washington. Por si fuera poco, una errática postura en torno a la ampliación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en lo que toca a Ucrania fue determinante para el estallido de las hostilidades entre Rusia y su vecino eslavo el 24 de febrero pasado. 

Estados Unidos ha desarrollado sanciones contra Rusia, muchas de ellas replicadas por sus aliados. Sin embargo, una parte de las naciones del mundo no acompañan a Estados Unidos en esta cruzada anti-rusa, lo que es, de nuevo, una muestra de la debilitada posición de la Unión Americana en las relaciones internacionales contemporáneas.

Ya se ha comentado en este mismo espacio que la guerra de Ucrania es sobre todo un conflicto entre Rusia y Occidente donde los no occidentales -por ejemplo, diversas naciones de Asia- encuentran la oportunidad de manifestar su disenso en torno a un orden internacional excluyente, eurocentrista y que no genera consensos ni acuerdos. Las próximas cumbres de APEC y del G-20 se desarrollarán en dos países asiáticos que se han resistido a sancionar a Rusia y que le han cursado invitaciones al mandatario eslavo Vladímir Putin, confiando en que pueda asistir a estos encuentros. Así, con una propuesta basada en la vinculación constructiva –constructive engagement- estos países asiáticos apuestan al diálogo, en oposición a las sanciones que son la herramienta punitiva por la que Occidente ha decantado.

Algo similar está ocurriendo en el continente americano de cara a la 9ª Cumbre de las Américas a celebrarse el mes próximo y que, por primera vez desde su lanzamiento en diciembre de 1994, se llevará a cabo en Estados Unidos. El gobierno de Biden ha aprovechado la ocasión para excluir de la convocatoria a esta reunión a Cuba, Venezuela y Nicaragua con el argumento de que son naciones no democráticas -si bien la verdadera razón es que los tres países son aliados de Rusia. Lo que se perfilaba como un reencuentro de Estados Unidos con su otrora esfera de influencia -hoy fuertemente impugnada por la RP China, quien es el socio comercial dominante de buena parte de los países del cono sur-, se perfila como un evento desastroso arrastrado por la retórica sancionadora de Washington en el contexto de la contienda entre Rusia y Ucrania, restando importancia a la compleja agenda interamericana. Estados Unidos tiene la oportunidad de contrarrestar la percepción entre los países latinoamericanos de que la región no le importa a Washington. Desde el momento en que la administración Biden mira a América Latina a través del prisma de la guerra entre Rusia y Ucrania, comete el mismo error que ha llevado a diversos países asiáticos a resistirse a las sanciones contra Moscú. En lugar de valorar las relaciones interamericanas por su propio mérito comercial, político, cultural, sanitario, educativo, etcétera, Estados Unidos reduce su ya limitado capital político en la región. 

FOTO: PRESIDENCIA/CUARTOSCURO.COM

Así, al saberse que Cuba, Venezuela y Nicaragua no serán invitados a la Cumbre de las Américas -y más allá de que algunos de los gobernantes de esas naciones, en especial Daniel Ortega y Nicolás Maduro son verdaderamente impresentables- México y otras naciones han criticado esta decisión y en el caso del Presidente Andrés Manuel López Obrador ha dejado entrever que si esa decisión de parte de Washington se mantiene, él no asistirá a la cumbre. La respuesta del Departamento de Estado -que debe estarlo pasando muy mal ante la posibilidad de que otros mandatarios sigan los pasos del mexicano- ha sido que no todos estarán invitados al magno ecnuentro. En este sentido, la legitimidad de la cumbre se reduce y quizá habría que cambiarle de nombre, dado que no será precisamente una Cumbre “de las Américas”, sino una suerte de “Cumbre de los invitados de Biden.”

El Presidente López Obrador, por cierto, desarrolló recientemente una gira internacional a su vecindario, que incluyo a Guatemala, El Salvador, Honduras, Belice y Cuba. Estos países constituyen parte de la esfera de influencia mexicana y son claves para la seguridad nacional del país. Con todo, Estados Unidos ha desafiado la presencia mexicana en Centroamérica y el Caribe en distintos momentos, tanto con el desarrollo de hostilidades durante la Revolución Cubana, la intervención en las naciones centroamericanas que ha incluido golpes de Estado, apoyo a dictadores, conflictos de baja intensidad, envío de mercenarios y acciones de contrainsurgencia, etcétera. En 2004, el gobierno de George W. Bush echó a andar el Tratado de Libre Comercio entre EEUU, Centroamérica y la República Dominicana (CAFTA-DR) para reforzar los vínculos con la zona, en un abierto desafío a iniciativas mexicanas como el Plan Puebla-Panamá de 2001-2008; el proyecto de Integración y Desarrollo de Mesoamérica (2017); los tratados de libre comercio de México con el Triángulo del Norte (2000), Costa Rica (1995), Nicaragua (1998) y Panamá (2014), sin olvidar la creación de la Asociación de Estados del Caribe (1994). 

Si bien se podría asumir que tanto para México como para Estados Unidos existe la intención de impulsar el comercio y las inversiones para favorecer el desarrollo de Centroamérica y el Caribe, es innegable que la historia de atropellos perpetrados por Washington en la región sigue permeando en las generaciones de centroamericanos y caribeños. Resignados, los gobiernos de estas naciones, han accedido a cooperar con Estados, como, por ejemplo, ocurre con Honduras necesitado de las remesas que sus 70 mil expatriados envían desde la Unión Americana a sus familias en el atribulado país centroamericano. Otro tanto ocurre en El Salvador. Con todo, la delincuencia organizada, desbordada en buena medida por la incapacidad de los gobiernos de la región para dar respuesta a las necesidades más apremiantes de la población, es un flagelo que ha forzado a una militarización de la seguridad pública y a estrategias punitivas que, si bien son necesarias, no atienden los problemas estructurales ni de los centroamericanos como tampoco de los caribeños.

FOTO: PRESIDENCIA/CUARTOCURO.COM

México, por supuesto, no está en condiciones de proveer mecanismos de apoyo en las cantidades requeridas para revertir el deterioro socioeconómico de sus vecinos. Hay que reconocer sin embargo, que gran parte de la cooperación que México otorga en el mundo va a parar esencialmente a América Central, lo que, una vez más, evidencia la relevancia de la región para el país. También, al llevar programas como “Sembrando vida” y “Jóvenes construyendo el futuro” a El Salvador y Honduras, México plantea, a pesar de las críticas a estas iniciativas, que los problemas de estos países son estructurales y que la mejor manera de frenar la migración indocumentada reside justamente en atender las raíces de la misma.

Al Presidente López Obrador lo acompañaron en su gira por Centroamérica y Cuba, únicamente los titulares de la Secretaría de Defensa Nacional (SEDENA), de la Secretaría de Marina-Armada de México (SEMAR), el canciller Ebrard y se sumó Beatriz Gutiérrez tras presenciar en Washington los festejos por el 5 de mayo. Se trata de una comitiva que llama la atención, dado que denota que la visita fue enteramente política, sin la concurrencia de los funcionarios mexicanos a cargo de las carteras de bienestar social o de economía y comercio. Antes bien, la presencia del mandatario mexicano parecería un desafío de su gobierno a Estados Unidos y a esa gestión en la región donde Washington se ha confrontado históricamente, como se explicaba, con México. Es también una manera de hacerle ver al Presidente Biden que México es independiente y que conduce sus relaciones con su esfera natural de influencia conforme a sus intereses. 

Cierto es que, en su desafío a Washington, el Presidente mexicano no tuvo la ocurrencia de visitar Nicaragua ni Venezuela. Pero en su breve estancia en Cuba, reiteró el discurso mantenido prácticamente desde el inicio de su gobierno, condenando el embargo estadunidense contra la ínsula caribeña, además de que señaló que buscará que el país sea invitado a la Cumbre de las Américas. De refilón repudió las sanciones que desde hace décadas aplica Washington contra los cubanos. Fue también interesante que López Obrador destacara la importancia de que la revolución cubana se renueve, insistiendo en que él nunca apostará a su fracaso. 

Los dichos del Presidente mexicano en Cuba son oxígeno para el gobierno de Miguel Díaz-Canel pero también son dardos envenenados contra Biden, toda vez que los 14 países que integran la Comunidad del Caribe (CARICOM) han hecho saber a Washington que, de persistir la exclusión cubana de la Cumbre de las Américas, definitivamente no asistirán al encuentro. Dado el peso específico de México en la región, es de suponer que otros países secunden estas acciones y, al final, la Cumbre de las Américas sucumba antes de llevarse a cabo o se realizará de manera deslucida corroborando una vez más, no sólo el declive de EEUU y la pérdida de respeto que inspira Washington en la región, sino la errónea estrategia que, en vez de buscar una vinculación constructiva y revitalizar las relaciones con América Latina y el Caribe, opta por castigarla. Es otro golpe más a las relaciones interamericanas porque ratifica que la región y sus problemas tan apremiantes -desigualdad, delincuencia organizada, los efectos de la pandemia, crisis ambiental, impacto de fenómenos naturales, tráfico de armas, ciberataques, etcétera- no importan a Washington. Sin el apoyo de Latinoamérica y el Caribe, el peso específico de Estados Unidos en el mundo se seguirá reduciendo. De ahí la importancia de que las naciones de la región trabajen en acciones concertadas para buscar un posicionamiento más favorable en las relaciones internacionales frente a países como Estados Unidos. Las posturas del gobierno mexicano y de los 14 miembros de la CARICOM son una advertencia que Washington debería escuchar, antes que usar la Cumbre de las Américas como un evento exclusivamente para censurar a Rusia, dejando de lado la agenda interamericana. 

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