Cinque Terre

José Antonio Crespo

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Investigador del CIDE

AMLO, el presidente más criticado

Tiene en buena parte razón el presidente Andrés Manuel López Obrador cuando dice que ha sido uno de los presidentes más criticados, o el más criticado desde Francisco I. Madero. No sé si desde entonces, pero sí me lo parece en las últimas décadas. Sin embargo, deben aclararse algunas de las afirmaciones con las que acompaña esta queja: 1) no es verdad que apenas a su llegada se haya instalado la libertad de expresión, que permite la crítica a políticos y al mismo presidente. Le gusta sugerir lo contrario cuando cita a Gustavo Madero, quien decía que la prensa mordía la mano que le quitó el bozal, refiriéndose a su hermano Francisco. Se trata de un proceso lento y difícil que viene de atrás, donde poco a poco se empezaron a abrir los medios a la crítica, y los actos de censura y autocensura, aunque continuaron, fueron disminuyendo a algunos casos emblemáticos.

2) Quienes ahora critican al presidente desde los medios, al menos en su mayoría, también lo hicieron respecto de los gobiernos priístas y panistas. No es verdad que en aquellos años hayan “callado como momias”. Entre los actuales críticos de López Obrador se encuentran algunos que fueron voceros, apologistas o incluso “intelectuales orgánicos” (que no es sinónimo de chayoteros o vendidos) de algún gobierno del PRI o del PAN, pero el grueso de los periodistas, conductores, analistas y opinadores que hoy hacen críticas a AMLO las hicieron igual de severas a otros presidentes. No son ni han sido intelectuales orgánicos de ninguno, ni menos plumas a sueldo, sino que forman un bloque de críticos del poder, de todo poder, de cualquier partido o signo. Eso es difícil de reconocer y aceptar para López Obrador y sus feligreses, pues para ellos las cosas son en blanco y negro: si critican al gobierno o al adalid que la encabeza, es porque están alineados con el PRI, el PAN, la cúpula empresarial (la que no está con AMLO) o los conservadores en general, y desean un retorno sin más del Antiguo Régimen, con todo y corrupción, para seguir privilegiándose de ella.

Justo esta postura del presidente es lo que explica en buena parte la dureza y frecuencia de las críticas que recibe. Por un lado, se puede señalar que si muchas de sus decisiones se ven como inadecuadas para lograr los propósitos declarados, eso genera una crítica, una disidencia, generalmente acompañada de argumentos, datos y experiencias históricas. Entre tales decisiones cuestionables estaría la inhibición a la inversión privada al echar abajo proyectos ya iniciados, el cambio de reglas a mitad del juego, las promesas no cumplidas al sector privado, la destrucción de programas operativos en lugar de buscar su reforma, corrección y mejoramiento, debilitar la funciones del gobierno federal en aras de una mal entendida “austeridad republicana”, destinar dinero bueno al malo a las nuevamente centralizadas Pemex y Comisión Federal de Electricidad, iniciar proyectos de dudosa rentabilidad que mantiene como prioridad ante problemas como la pandemia y la crisis económica, descuido del medio ambiente, decisiones improvisadas y mal ejecutadas que provocan problemas como el desabasto de medicinas, equipo y vacunas, son algunas de las múltiples decisiones que suscitan críticas de los respectivos afectados y los expertos en cada tema, retomadas por comentaristas y opinadores.

Pero también las críticas al presidente se incrementan cuando frente a ellas, pese a estar fundamentadas (no todas, pero sí muchas), la única respuesta desde el podio presidencial es la descalificación por razones morales o ideológicas, el señalamiento de que quienes las expresan son parte de una campaña conservadora de desprestigio, tienen intereses ocultos o están al servicio de ellos. Eso lo único que hace es hacer imposible un debate público racional y productivo, y estimula nuevas críticas. Al sumar los diversos cuestionamientos por todas estas razones, sí puede ser que se acumule un número de críticas que opaca las que se emitían en otros gobiernos, pero no porque respondan sólo a intereses dañados por un adalid histórico que, como Madero, intenta transformar y purificar a la República.

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