Cinque Terre

José Antonio Polo Oteyza

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Ha colaborado en el diseño y gestión de proyectos en los ámbitos de comunicación social, política exterior, seguridad. Actualmente es director de la organización social Causa en Común.

Allá y acá

Murió una periodista magistral, Joan Didion, que en su momento escribió un admirable retrato político del vicepresidente, Dick Cheney (Cheney: the fatal touch), quien fuera emblema de la cara más peligrosa del gobierno de GW Bush, al violentar los límites constitucionales del Ejecutivo. Pues resulta que el 6 de enero el señor Cheney se presenta en el Capitolio para acompañar a su hija Liz, la única Republicana en la ceremonia por el aniversario del asalto al Congreso. Los Demócratas, sus adversarios de siempre, le dieron una muy cordial bienvenida; algunos comentaristas se regodearon con la supuesta hipocresía del momento. Cada quien ve lo que quiere, pero la solidaridad paterna ante la soledad política de una hija, durante un acto de fuerte carga simbólica a favor de la democracia, es una constatación casi paródica de que, voluntades aparte, el piso siempre se mueve y nunca se sabe dónde quedará parado cada cual. Vueltas da la vida, decimos por acá. Son exagerados los escenarios de una guerra civil, entre otras razones porque no se ve una fractura en las Fuerzas Armadas, pero de que el partido Republicano está volcado con Trump y sus cochinadas, es un hecho; y de que la temperatura política está muy alta y subiendo, también; y de que hablar cada vez más de una violencia política de esa magnitud puede lo mismo conjurarla que invocarla, pues también.

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador. EFE/Mario Guzmán

Igual que allá acecha el demagogo, acá tampoco sobra ninguna alerta. Para abreviar, está desnuda la contradicción esencial de alguien con popularidad pero antipopular, arrinconado por las expectativas que él creó y cuyas condiciones de cumplimiento él destruyó. Basta detenerse un segundo en una de sus más delirantes pretensiones: deseducar al país (porque adoctrinar cuando no hay doctrina, nomás no se puede). Tiraron millones de cartillas “morales” de las que ya nadie se acuerda, y ya lanzaron libros de catecismo para profesores de los que nadie se acordará. Mientras una operadora de cañerías electorales demuestra que el colapso educativo puede ser una aspiración, se ataca por todos los flancos a las élites intelectuales; y mientras venden el enésimo fraude, el de las 100 universidades, la destrucción de los centros de investigación que sí existen corre a cargo de una comisaria fanática en estado de frenesí lobotizante. En este desaguisado, promovido con una entusiasta y diligente ineptitud, la Coordinadora hace lo que le viene en gana, básicamente extorsionar y convertirse en gobierno allá donde la dejen.

Y así en todo. No hay hipérbole si se afirma que México padece eso que en física llaman “entropía”, una tendencia creciente hacia el desorden, que ensancha el cauce de fracturas nacionales y locales por las que corren enormes fuerzas privadas, y se revuelven violencias personales, sociales, políticas, y de criminalidad pura y dura. Con un gobierno que no encuentra la vergüenza en doblarse ante Trump o ante una sección sindical, y con recursos institucionales decrecientes, se multiplicarán las imposiciones de unos y otros, envueltas como acuerdos y presentadas como estrategias. No importa, el país continuará crucificado por necesidades que suben y capacidades que bajan, y por una obsesión que no para de aventar dinero a los militares y militares a donde sea.

Ahí la llevan, allá y acá, dos movimientos, la misma gangrena. Los jefes ya se entendieron, se llevaron bien y quieren reanudar una bonita vecindad. Quizá un poco más íntima. Quizá un poco más duradera. Si los dejan…

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