Cinque Terre

Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

El adiós del último salmón

Alan Moore se retira. En esta ocasión, como en otras de sus decisiones importantes, su conducta es la del salmón: a contracorriente.

Muchas columnas y reportajes recordarán sus trabajos transformadores con Watchmen, V for Vendetta,The League of Extraordinary Gentlemen, Miracleman, Captain Britain y Swamp Thing, que demostraron que el lodo, en manos de un genio, forma dioses. Dado que ese tema está ampliamente cubierto en medios, dedicaré mi atención a algunas obras individuales del Da Vinci del cómic y a su peculiar personalidad e impronta.

Uno de mis historias favoritas de Moore es For the Man Who Has Everything, de 1985, que apareció en Superman Annual #11, con Dave Gibbons en la ilustración, la misma dupla que haría Watchmen. La trama es sencilla y elegante: en su cumpleaños, Superman es sometido por Mongul mediante una planta que lo deja en coma, la Black Mercy. En ese estado, el hombre de acero sueña con una vida normal en Kriptón, está casado, tiene dos hijos, pero ese mundo onírico rápidamente deja de ser ideal, la sociedad entra en una severa crisis en la que su padre juega un papel fascista. Mientras el sueño del kriptoniano se vuelve pesadilla, Batman, Robin y Wonder Woman enfrentan a Mongul y luchan por rescatarlo, para que en el proceso Batman también sufra los efectos de la Black Mercy y sueñe con un mundo en el que sus padres no mueren, él se casa y tiene una hija. A final de cuentas, los héroes vencen a Mongul, quien, en una muestra de justicia poética, queda sometido a la Black Mercy, cortesía del ingenio de Robin.

Como en otras obras de Moore, la llaneza de la estructura permite que el autor se dedique a los matices exquisitos en los muros, cúpulas y vitrales de las catedrales narrativas que construye, con temas que se presentan como rosetones, octágonos y figuras simétricas de un arquitecto gótico, pero, a diferencia de los constructores medievales, con un hermetismo que siempre busca dejar de serlo, que le hace guiños al lector para que entienda los mensajes ocultos.

Un tema recurrente en Moore es la distopía, como aparece en Superman Annual #11, V for Vendetta y en Watchmen. Al igual que Orwell, Moore está del lado izquierdo del camino, pero a diferencia de su compatriota autor de 1984, el escritor de Northampton imagina totalitarismos de derecha: en Watchmen es una presidencia imperial de Nixon que se extiende por décadas, en V for Vendetta es un gobierno totalitario conservador y en el sueño de Kal-El existe un grupo fascista en el que milita su padre.

En 1988, Moore describía, en el prólogo de V for Vendetta, la sociedad represiva que provocaba su desprecio y que inspiraba a esa obra en específico: “Margaret Tatcher comienza su tercer mandato y lidera sólidamente un Partido Conservador hacia el próximo siglo. Mi hija tiene 7 años y en la prensa circula la idea de campos de concentración para los enfermos del SIDA. La nueva policía anti-disturbios lleva visores negros, como sus caballos y sus furgonetas transportan videocámaras giratorias en sus techos. El gobierno ha expresado su deseo de erradicar la homosexualidad, incluso como concepto abstracto. Y uno se pregunta qué nueva minoría será atacada legalmente después. Pienso en llevarme a mi familia fuera de este país muy pronto, en los próximos años. Es frío, miserable y corto de miras. Y no quiero estar aquí en el futuro”.

Otra característica eminente de Moore es su deconstrucción de los personajes, para lograr una versión superior, a la que, como un niño caprichudo que arma un juguete por horas, no tiene empacho en hacer volar por los aires. Su Doctor Manhattan es mejor que el original Captain Atom, el Comediante tiene una multidimensionalidad y crudeza de la que el Peacemaker carece, Nite Owl sobrepasa a Blue Beetle, Roscharch tiene una oscuridad y solidez que The Question no alcanzó. DC Comics no le permitió a Moore matar a los personajes —segundones— que había comprado a Charlton, así que el británico los replanteó como nuevas figuras, sobresalientes y más profundas que las originales, para hacerlas pasar por el patíbulo.

Esta destreza se muestra en su última obra, con la que cierra su ciclo en los cómics: The League of Extraordinary Gentlemen es una Liga de la Justicia formada con personajes clásicos de la literatura: el Capitán Nemo de Verne, Mina Harker del Drácula de Stoker, Allan Quatermain de H. Rider Haggard, Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson, el Hombre Invisible de H.G. Wells, el Orlando de Virginia Woolf, hasta Auguste Dupin de Allan Poe o George Smiley de le Carré.

Así como sus historias no tienen finales felices, el autor no ha logrado el éxito económico que se merece. El creador del cómic más importante de los últimos treinta años —y que funda la era moderna del noveno arte— no vive en la miseria que padecieron Jack Kirby, Jerry Siegel o Joe Shuster, pero es una víctima más de una industria que paga con frijoles a quienes les entregan diamantes. La situación no mejoró cuando Moore se involucró en llevar algunas de sus creaciones al cine, que fueron sonoros fracasos de taquilla. Tampoco le satisfizo que sus dos novelas gráficas más conocidas, Watchmen y V for Vendetta, fueran hechas filmes sin su participación: no le gustaron los productos y menos que no recibiera un céntimo por ello.

Este genio, ofendido porque DC Comics no respetó su acuerdo de entregarle los derechos de Watchmen, como lo habían pactado, tiene un destino que se parece a la estancia del Doctor Manhattan en Marte, en la que el todopoderoso presencia toda su existencia simultáneamente: Moore se siente estafado por un abuso contra su Propiedad Intelectual, cuando su entrada exitosa al mundo de los cómics es hija de otra ruindad de DC, la que esa empresa cometió contra Fawcett Comics, empresa creadora del Captain Marvel original, que hoy conocemos como Shazam.

Marvelman es el acomodo británico que L. Miller & Son instrumentó en los años cincuenta, cuando ya no pudo presentar reediciones del Captain Marvel, ya que Fawcett Comics estaba demandada y suspendió la producción de esa obra: el nuevo personaje, Marvelman, retomaba los elementos básicos de Billy Batson y su entorno. En los años ochenta, Alan Moore escribió nuevas historias de Marvelman para la revista Warrior, su versión no remedaba al vetado Captain Marvel, sino que lo deconstruía de una forma oscura y conspirativa, muy alejada de la dulzura Golden Age del niño locutor que se convertía en súperhumano con sólo decir una palabra.

Cuando Editorial Eclipse reimprimió las historias de Moore, cambió el nombre de Marvelman por Miracleman, por la inconformidad que Marvel Comics tenía con el uso de ese nombre.

Así, si DC Comics no hubiera robado a Fawcett, Alan Moore no hubiera saltado a la fama con Miracleman y DC no podría haberle robado a Watchmen.

Lo irónico es que Moore escribió la transformación del Dr. Jon Osterman en el Doctor Manhattan, en la que un relojero y el tiempo marcan su sendero y destino trágico, antes de que él la reviviera, no con un minutero, sino con los estafadores que marcaron su origen y amargaron su trayecto.

La diferencia es que Alan Moore escapó de la cárcel circular que el Doctor Manhattan nunca pudo evadir: el salmón saltó del río, hizo su última obra y se despide. Adiós y gracias, luchador.

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