Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

Adiós, pandemia

La pandemia me cayó bien. De veras que sí. Lo digo con toda consideración para quienes fue una tragedia. A mí me sentó bien. Me permitió abandonar para siempre la abominable Ciudad de México, esa cloaca maloliente de chapopote y gobiernos populistas. Extraño sus cantinas y la conversación, pero ahora vivo en un paraíso cerca de la selva, a unos minutos del mar en bicicleta. No fue tanto la añoranza romántica del buen salvaje sino el rechazo a la cultura de la obesidad, el tráfico y el godinismo lo que me ahuyentó de la ciudad, donde me pasaba diez, doce horas al día en una oficina, cenaba como gringo suburbano y amanecía inflamado y torcido. Ahora he optado por una dieta paleolítica –la que comían los cazadores recolectores–, y un programa riguroso de ejercicio basado en calistenia y resistencia, con lo que he perdido unos 20 kilos. Logré marcar mis músculos y eliminar las chichis. El otro día apareció una tarántula en mi ventana y hace unos meses me picó un escorpión que me inyectó un vigor misterioso. Todo mi alimento cultural me llega vía Amazon e Internet. Desde aquí opino en la televisión, grabo mi podcast Disidencia, y escribo mis artículos semanales y mis libros pendientes. Esta experiencia ha sido para mí una confirmación de las virtudes de la era digital y una reivindicación de la civilización, no una renuncia a ella.

Sin embargo, ha llegado el momento de despedirme de la pandemia, de su parafernalia y ceremonias, quiero decir. Ni de chiste regresaré a la vida urbana, pero tampoco renunciaré a sus placeres en la ciudad que me queda más cerca: los bares, conciertos, fiestas, conocer gente en la noche y repartir besos. También estoy listo para viajar. Entiendo que siguen muriendo miles de personas al día, merced a nuevas variantes y cepas del virus, y con ello permanece la tentación de gobiernos a seguir confinándonos, y de los adictos a la pandemia –esos civiles convertidos en policías de la salud– a seguir exigiendo medidas drásticas de confinamiento y a sacar la macana contra quienes quieren retomar la vida. Pero la verdad es que ya fue demasiado. Me confiné año y medio, puse dinero propio para irme a vacunar a Estados Unidos, y seguí todos los protocolos necesarios. Por ello no me contagié ni contagié a nadie. Pero ha llegado el momento de decir adiós a la paranoia, a la desconfianza y a la hipocondría resultante.

Pienso que las medidas fueron justificadas. Fui un puntual crítico de los famosos “covidiotas”, esos que en la hora más aciaga actuaban con pueril displicencia. Implacable fui también con el gobierno populista mexicano, uno de los peores en el manejo de la pandemia, y de su encomendado Doctor Muerte. Pero esa tragedia ya es irremediable. ¿Acaso puedo esperar, confinándome aún más, que esa ineptitud criminal consustancial al régimen desaparezca? No. Los muertos pasados y próximos están en sus espaldas.

Ahora toca el turno a la responsabilidad individual: a estas alturas ya cada quien debe conocer sus riesgos y vulnerabilidades: su edad, su peso, sus enfermedades y comorbilidades, si le conviene salir o no aún. En parte la pandemia fue una oportunidad precisamente para eso: para conocer, y sobre todo mejorar, nuestra propia salud. A mi juicio, el llamado ahora es a vacunarse antes que nada, a comer bien, a hacer ejercicio y a reducir los factores de riesgo. Pero me niego a extender la aprensión un día más, consciente de que el virus aún acecha, como tantas otras amenazas a la vida – especialmente el miedo.

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