Cinque Terre

Orquídea Fong

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Periodista/comunicóloga egresada de la UNAM.

Adiós a Ackerman: nueva oportunidad para Proceso

La tarde noche del domingo 23 de agosto las redes sociales mexicanas se estremecieron —es la palabra justa— con una novedad asombrosa, molesta para cierto grupo y esperanzadora para muchos mexicanos, defensores de una prensa crítica. Esta decisión, desde mi punto de vista, configura la oportunidad de que Proceso recupere el prestigio y la solidez editorial que lo caracterizó, tambaleante durante muchos años.

En su cuenta de Twitter, el académico, escritor, autodenominado periodista, supuestamente dos veces doctor y desvergonzado defensor de la Cuarta Transformación, John Ackerman, anunció que Proceso había “ajusticiado” a sus colaboradores “de izquierda”. Él mismo, Fabrizio Mejía y el caricaturista Rocha, dijo, dejarían de colaborar en el semanario, por órdenes de su nuevo director, Jorge Carrasco, presuntamente en un intento de censura.

En un hilo de tuits, Ackerman, quien posee presencia mediática en diversos espacios (según su biografía en Twitter colabora en La Jornada, Canal Once, Proceso, Tv UNAM y Mexican Law Review), difundió: “Revista Proceso ha ajusticiado a sus colaboradores de izquierda. El nuevo director, Jorge Carrasco, ha decidido prescindir de las colaboraciones de Fabrizio Mejía, el caricaturista Rocha y un servidor. Esta decisión no tiene nada que ver con la crisis financiera que hoy sufre. La manera tan opaca e indigna de manejar esta situación hace pensar que la decisión no respondería a cuestiones editoriales o financieros, sino más bien a intereses ideológicos y políticos”.

Siguió reseñando las ocasiones en que fue “vetado” de los medios por órdenes de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. (Aunque durante el sexenio pasado tuvo presencia constante en Tv UNAM). Las reacciones posteriores a su tuit, de parte de sus simpatizantes —que, como todo mundo sabe, son afines a la Cuarta Transformación— aseguraron, entre otras cosas, que la salida de Ackerman se debió a una orden lanzada por el propio Felipe Calderón, némesis del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Seguramente el lector sabe que María Scherer, hija de Julio Scherer y una de las accionistas de Comunicación e Información S.A de C.V (razón social de la empresa que edita la revista), está casada en segundas nupcias con Ignacio Zavala, hermano de Margarita Zavala, esposa de Felipe Calderón. Este vinculo matrimonial da pie a los fans de Ackerman para concluir que el cese de éste fue producto de una orden directa del expresidente. No sólo eso: da pie para que concluyan que el expresidente dicta la línea editorial de la revista, lo cual es falso. Una revisión de las portadas de la versión impresa, accesible a cualquier lector, deja en claro que no hay complacencia alguna hacia el panista.

La relación entre María e Ignacio tiene al menos 16 años. Y la colaboración de Ackerman en Proceso, según él mismo, empezó hace 12 (2008). Es decir, que a cuatro años de efectuado el enlace y siendo presidente Felipe Calderón, Proceso admitió entre sus filas a John Ackerman. Es importante tenerlo en cuenta, ya que si el esposo de Irma Eréndira Sandoval atribuye a Calderón el poder de correrlo de Proceso, habría que preguntarse por qué el panista no ejerció dicho poder cuando era presidente, y en cambio, lo hizo (según John) ahora que es Ackerman quien, por su matrimonio con una secretaria de Estado, pertenece a la elite política.

La idea de que Calderón ordenó el despido de Ackerman fue activamente impulsada por ese artífice de la propaganda obradorista, Epigmenio Ibarra. Poco rato después de conocerse la noticia, publicó en Twitter: “En estricto sentido, más que censurar a Ackerman, a Rocha y a Fabrizio Mejía lo que hicieron los Calderón-Zavala fue expulsar de Proceso a Don Julio Scherer”, implicando con ello una mentira fuera de toda proporción: que el difunto don Julio era afín a López Obrador. O que Scherer habría aprobado las bajezas de Ackerman.

Uno de los intensos reclamos de quienes lloraron el despido de Ackerman fue que Proceso “ya no es la revista de izquierda” que era antes. Qué barbaridad. Quienes están bien informados saben que el propio Julio Scherer deploraba que se considerara a Proceso como “de izquierda”. Su interés era hacer periodismo crítico al poder. Y el poder, como bien sabemos, puede ser de izquierda, de derecha o de centro. Sin importar el signo del gobierno en turno, el periodismo tiene el deber de criticar, analizar y cuestionar sin concesiones, como reza el clásico slogan del semanario.

La respuesta de Proceso

Ante el revuelo provocado por Ackerman en Twitter, la respuesta del director de Proceso, Jorge Carrasco, fue puntual y dejó en claro los motivos, con los que concuerdo: en esencia, le señaló que se le negaba seguir colaborando, no por razones políticas (Proceso, a pesar de su innegable declive, ha conservado su pluralidad), ni tampoco por razones financieras, sino por algo sencillo y enormemente importante: Ackerman no tiene ética. Específicamente, se empeña en emplear la expresión “periodismo sicario” y según refirió Carrasco, fue el motivo de que se decidiera prescindir de sus textos en las páginas de Proceso.

Desde su cuenta, Carrasco respondió a Ackerman: “Como te lo dije cuando hablamos, tus declaraciones sobre el “periodismo sicario” no pueden ser compartidas por esta casa editorial”. Por supuesto, coincido plenamente y desde hace tiempo he venido combatiendo esa insultante expresión.

Además, expuso la manera en que Ackerman se exaltó cuando, desde las páginas de la revista, se criticó al académico y a su esposa, la secretaria de la Función Pública (la misma que se hizo la ciega ante la escandalosa corrupción de Manuel Bartlett y castigó desproporcionadamente a la revista Nexos, por un tema que, asegura dicha editorial, quedó resuelto hace dos años).

Agregó Carrasco que “el periodismo de Proceso no se suma a ningún interés político”. En este sentido, considero que hubo algunas ocasiones en que la revista —durante la dirección de Rafael Rodríguez Castañeda— mostró blandura ante López Obrador, cuando era candidato para la elección del 2018; pero también se mostró crítica en otras ocasiones, desatando la furia del morenista, quien en una conferencia mañanera no pudo evitar reclamar que “Proceso no se portó bien con nosotros”. Lo dijo a pesar de que desde dicho medio, Ackerman (además de Fabrizio Mejía y Jenaro Villamil) defendían sin pudor el proyecto obradorista.

Periodistas sicarios

¿Qué es el “periodismo sicario”? Es una manera en que los defensores de la Cuarta Transformación califican a quienes, desde el periodismo, criticamos al actual gobierno. Llamarnos así, para equipararnos a quienes asesinan, destazan y siembran el terror, a quienes derraman sangre y cubren de violencia el país no sólo es impreciso y doloso, es criminal. Pone en peligro nuestra vida. Sobre todo al considerar que México es uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo en todo el mundo y hacer el recuento de los muchos periodistas asesinados en el actual sexenio.

La expresión está facturada con la intención de propalar la convicción de que criticar al gobierno es un crimen. Que oponerse a López Obrador es lo mismo que matar. Que se trata de un delito contra el pueblo. Acciones muy similares emprendieron los regímenes de Francisco Franco, Mao Zedong, Hugo Chávez, Daniel Ortega y otros muchos dictadores. Criticar al líder es ser enemigo del pueblo, quiere decir. Y muchos están convencidos de ello, de que si no estás a favor de la Cuarta Transformación, estás en contra de México.

Como toda épica, la Cuarta Transformación necesita enemigos, mientras más malvados y oscuros, mejor. Entre la caterva de villanos que ha creado López Obrador se encuentran los conservadores, los fifís, la mafia del poder, los adversarios y los “periodistas vendidos”. Sus seguidores se encargaron de crear la expresión “periodismo sicario” y usarla con abundancia en redes sociales.

Aplaudo a Jorge Carrasco por impedir que Ackerman use al medio que dirige para extender el odio hacia el gremio periodístico.

Oportunidad para Proceso

En diversas ocasiones, de 2016 a la fecha, he escrito sobre el desempeño de Proceso, casa editorial en la que trabajé hace 20 años como redactora de noticias.

Critiqué con dureza y argumentos diversos deslices: falta de cuidado editorial (visible en frecuentes faltas de ortografía y sintaxis en el portal electrónico), textos mal documentados, mal sustentados o confusos, difusión de fake news, la mencionada blandura hacia AMLO, y lo peor: su aval a una descarada apología del narcotráfico.

No me refiero con esto último a la famosa entrevista que hizo Julio Scherer al “Mayo” Zambada, que motivó una portada donde el decano abraza al narcotraficante. No apruebo semejante pieza periodística, pero a lo que me refiero en concreto es a dos entrevistas que Anabel Hernández hizo al narcotraficante Rafael Caro Quintero.

Si el lector no las recuerda, búsquelas. (Hay dos artículos míos de ese tema en este portal). Se dará cuenta que la periodista trata con enorme delicadeza, cariño y admiración a uno de los más crueles narcotraficantes que ha dado nuestro país. La premiada periodista llegó a señalar que Caro Quintero, como experimentado delincuente, podría incluso asesorar al entonces presidente electo López Obrador en la manera de combatir la inseguridad. ¡A ese grado llegó! Y Proceso admitió, publicó y difundió estos materiales como la gran exclusiva.

Jorge Carrasco asumió la dirección de Proceso a principios de este año. Es su tercer director. El segundo, Rafael Rodríguez, sucedió a Julio Scherer a fines del siglo pasado, recibiendo una enorme carga moral y de expectativas, pues el legendario fundador seguía vivo y las comparaciones eran inevitables.

La gestión de Rafael Rodríguez fue irregular, en el sentido editorial, pero uno de sus enormes logros fue proyectar a Proceso en la esfera digital (en 1999), yendo en contra de todo lo que la “vieja guardia” de reporteros creía. Enfrentó mucha oposición para poner en marcha el portal y perseveró, mostrando con ello buena prospectiva.

Hasta ahora, poco se había sabido del nuevo director. Su atinada decisión de despedir a Ackerman y el certero golpe mediático que logró con ello generaron en Twitter el hashtag #GraciasProceso. Hacía muchos años, muchísimos, que no se hablaba positivamente de la revista. El despedir a Ackerman provocó la felicitación de numerosos profesionales de la comunicación y lectores asiduos del semanario. En Twitter hubo quien dijo que, luego de años de no comprar la revista, se volvería a suscribir.

Carrasco no se debe quedar aquí. El deshacerse de Ackerman (ya de por sí muy bueno), debe ir acompañado de la mejoría de la plantilla de colaboradores y reporteros, del fortalecimiento de la pluralidad—donde todos: panistas, morenistas, priistas, perredistas, ateos, religiosos, empresarios, ambientalistas, feministas y más, se expresen libre, pero responsablemente—y sobre todo, de extremar el cuidado editorial.

Entiendo el cuidado editorial como la atención a la calidad de la escritura, por supuesto; pero también a la documentación estricta (ello fue la gloria de Proceso en sus mejores tiempos), el evitar titular las notas con frases inadecuadas, que causan confusión en el lector, y a la observación impecable de la ética periodística. Ello implica no permitir ni mentiras ni bajezas, como a las que Ackerman es tan afecto.

Proceso tiene ante sí una oportunidad única, que no se ha dado gratuitamente, no. Es producto de la firmeza de Jorge Carrasco, quien cuenta con un sólido prestigio profesional. Ojalá no sea flor de un día.

Ahora sigue trabajar en ofrecer al público un medio renovado, que se asiente en su tradición de crítica al poder, al tiempo que responde a las exigencias de un mercado mediático sumamente complicado. No es fácil, pero considero que se puede. Sólo se trata de no tener miedo.

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