Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

A la hora señalada

Se viene la madre de todas las batallas por la supervivencia de nuestra democracia. Ante los signos enviados desde el poder, debemos dar por hecho que el presidente López Obrador no aceptará resultados de las elecciones intermedias que no le favorezcan. Están en juego varias gubernaturas y, primordialmente, la renovación de la Cámara de Diputados, donde se refrendará o no la mayoría legislativa que habrá de facilitarle su proyecto autocrático. Nunca ha aceptado una derrota y pensar que lo hará ahora, ya en el poder, cuando se juega su destino, es ingenuo e irresponsable. Todos los días su régimen ataca al árbitro electoral; las instituciones de justicia son usadas de manera facciosa contra opositores; y se propaga la teoría conspiratoria de un golpe desde la derecha asistido por potencias internacionales – las clásicas alarmas latinoamericanas. Es pertinente entonces atender la apuesta de Blaise Pascal: pensar y prepararnos para el peor escenario posible.

Cuando Donald Trump se jugaba su reelección, la escritora Anne Applebaum escribió un plan de acción ciudadano para defender la democracia. En él trazaba una ruta de acción colectiva que empezaba en la vigilancia activa de las urnas y terminaba, de ser necesario, en la resistencia civil. Después de la elección, la revista Time publicó un reportaje confirmando que cientos de ciudadanos organizados –grupos de activistas, funcionarios, organizaciones de la sociedad civil, empresarios, patrones, despachos jurídicos, periodistas e incluso miembros de ambos partidos– habían pensado como Applebaum, urdiendo una vasta estrategia durante meses para defender a la democracia a la hora señalada. El presidente Trump empujó hasta el desenlace conocido. En aquella elección las instituciones de la democracia más antigua del mundo aguantaron solitas: los colegios electorales, las gubernaturas, los tribunales, la policía y las fuerzas armadas respaldaron la voluntad popular.

¿Podemos esperar lo mismo en México? Quisiera decir que sí, pero no debemos ser ingenuos. El nuestro es un país donde no existe la resistencia burocrática, y en el que las instituciones que quedan no tienen la fortaleza para resistir los embates de un tiranuelo mesoamericano. El ministro presidente de la Corte, Arturo Zaldívar, adecuadamente rebautizado “Secretario de Justicia”, no es más que un instrumento de la voluntad presidencial en el Poder Judicial; la presidencia del Tribunal Electoral es un corrupto tapete al servicio del poder; las Fuerzas Armadas han sido seducidas con incontables prebendas y jugosos contratos y responsabilidades; los empresarios oligopólicos están satisfechos con sus arreglos inconfesables; los medios de comunicación son generalmente tibios merced a la vendimia de la publicidad oficial; la academia está dormida en sus cubículos o en franca connivencia con el régimen; los artistas no se organizan más allá de llorar colectivamente por sus becas perdidas; la burocracia profesional ha sido defenestrada y sustituida por centinelas acríticos; las grandes corporaciones sociales –maestros, petroleros, campesinos, obreros– han sido pagados con la destrucción de las reformas liberales que acotaban su poder. Nos queda entonces el INE, algunos partidos de oposición, la prensa de opinión, una parte de la sociedad civil, y los ciudadanos libres. Con eso debemos de trabajar.

El problema es que, a un mes de la elección, no hay ningún plan a la vista. Apenas comienzan a sonar las alarmas y las voces conscientes son tachadas de apocalípticas por normalizadores irresponsables del mismo modo que lo fueron cuando advirtieron de los peligros que nos acechaban en la elección del 2018, los cuales se han cumplido uno a uno.

Las señales apocalípticas están ahí de nuevo. Lo que toca a las voces democráticas es estar a la altura del momento. La responsabilidad de todas las voces públicas es advertir al régimen sobre la inaceptabilidad de una regresión autoritaria. Muy a la Applebaum, lanzo esta convocatoria a mis colegas en los medios, a la sociedad civil, a los ciudadanos libres, para defender nuestro voto.

Intentaré ser más explícito en próximas entregas, pero comienzo con cuatro pequeñas acciones, esperando que otros sumen ideas:

  1. Done a las organizaciones de la sociedad civil que defienden la democracia, o acérquese a manifestar su respaldo. A mí me gusta Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad por la calidad de su gente, sus proyectos, su transparencia y sus valores, pero escoja la que usted quiera. Esas organizaciones estarán al frente en dado caso y necesitarán muchos recursos.
  2. Busque a sus representantes locales de los partidos de la alianza opositora PAN-PRI-PRD, que son los partidos que más votan contra el régimen y los que verdaderamente pueden fraguar un contrapeso legislativo, y hágales saber su respaldo respecto a esta preocupación. Los ciudadanos somos más, pero al final necesitamos hombres de poder, con músculo, que caminen a nuestro lado. Del mismo modo, ellos adquieren valentía si tienen respaldo ciudadano. Como dice el clásico: “el poder engendra poder.”
  3. Que suenen las alarmas quienes tengan acceso a medios internacionales, aunque el protofascismo los acuse de traidores a la patria. No con el fin de que alguna potencia haga nuestro trabajo de defender la democracia, sino para ejercer presión sobre el régimen. Se busca una disuasión indirecta. Los regímenes con los ojos del mundo encima suelen desistir o radicalizarse, en cuyo caso entran en un callejón sin salida.
  4. Estemos preparados para la resistencia civil. Si a usted le interesa poder seguir votando, debe saber que tal vez habrá que movilizarse en protestas masivas en buena parte de la república durante muchos días e incluso semanas. La adversidad de la epidemia y la calle como coto de poder obradorista complican el panorama, pero habrá que mentalizarse.

Como dijo Thomas Paine: “Estos son los tiempos que prueban las almas de los hombres.”

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