Cinque Terre

Regina Freyman

[email protected]

Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

A coro

¡Qué maravillosa es la voz humana!
De hecho, es el órgano del alma.
El intelecto del hombre está entronizado visiblemente
en su frente y en su ojo,
y el corazón del hombre está escrito en su rostro,
pero el alma, el alma,
se revela sólo en la voz.
Henry Wadsworth Longfellow

 

Los hermanos Zavala eran un grupo de familiares que hacían los coros a varios artistas, recuerdo a mi familia de cinco (evidentemente no éramos los Jackson five) viendo el Festival Oti de la canción con los dichosos Zavala, (inagotables) sirviendo de instrumento colectivo a los aspirantes por la presea. Tal vez se trata de una licencia poética y mis recuerdos fallan, pero quiero escribir sobre la voz y su recuerdo se materializó mientras intento recabar las voces de esos familiares que me habitan. Son nítidas sus palabras en mis sueños, y claras sus tonalidades en mis recuerdos. Desafortunadamente no éramos ni Jackson ni Zavala, a ninguno se nos dio el talento de cantar aunque, a su modo, cada quién tarareaba o vociferaba sus melodías.

Ramón Gener, un gran contador de historias y ex cantante, famoso por su programa Esto es ópera, me regala, en su libro El amor te hará inmortal, un ramillete de palabras que califican a la voz humana. Se trata de un buqué de florituras, las miro como galanterías mientras intento escucharlas, atribuirles un tono, cierta brillantez o la opacidad cavernosa del lamento. Se llaman trinos, arpegios, portamenti, appoggiature, gruppetti, mordenti, acciaccatura, glissando, bordadura. Destellos multicolor de notas que se bordan en mis recuerdos, caramelos del oído. Ciertamente entre nosotros no había nada cercano a las piruetas operísticas, más bien desatinos y desafinos. Pero aunque no puedo explicarlo, los oigo: mi madre, mi hermana y yo, de voces parecidas con las que engañábamos despistados al teléfono; la voz de Tomás, suave cuando era cariñoso, chispas de agua cuando era alegre. Mi papá era capaz de tener un tono cálido o la hiel de un grito que recuerdo con pavor. Pero hubo tiempos en que al son de Mocedades y con nuestras pobres “florituras” entonábamos juntos “Eres tú” tratando de armonizar con Mocedades, que en esa época sí lo eran.

I look at all the lonely people, escucho a Paul mientras esto escribo. Así me lo propuse, es la voz, las palabras y melodías que me acompañan desde niña. El soundtrack de mi vida, el único artista al que he visto tres veces en concierto, que me acompaña en amor, dolor, vida y muerte. Tiene una serie en Apple TV que se llama McCartney 3, 2, 1 que me canta mientras escribo, y aunque no nos conocemos, él ha sido muy importante, seguro no soy la única. Hace años escribí con mi amigo Marco Levario un debate sobre la superioridad de los dos grandes Beatles, comenzaba con la parodia a un cuento de Borges que sospecho no fue casual porque desde muy joven leía a uno, mientras escuchaba al otro; palabras de vista y de oído, dos discursos que me dieron una propia geografía, un cronotopo partícula. Mundos fantásticos donde se encuentran Penny Lane o Lucy con Funes el memorioso, con el inmortal o con Triste-le-Roy. Extraños caminos que se bifurcan o se entrelazan como las voces de mis recuerdos.

La voz de Héctor o de mis hijas es una partitura o paleta que me dota de emociones vivas, presentes. Soy una discoteca que aloja tantos trinos queridos, un árbol móvil que habita en ese jardín del tiempo con ramas en el pasado, con el tronco en presente y un brazo que se estrecha ante los ecos del futuro. Me siento en una butaca con Mariana escuchando a Dido, y con Tomás mirando La Traviata, estoy en una noche tormentosa con pijama de franela escuchando la música reiterada de mi padre,  o en una mañana cafetera girando como Mirror ball con el enorme acervo de música de Héctor. O sola como ahora, oyendo a Paul, el Beatle que no claudica. Tengo entre mis top ten el grito agudo de Andrea en su nacimiento que contrasta con la ronca proclama de Mariana. Y tengo un cuento contado por mi madre una noche de amor: El Ruiseñor y la Rosa.

-Si necesitas una rosa roja -dijo el rosal-, tienes que hacerla con notas de música, al claro de luna, y teñirla con la sangre de tu propio corazón. Cantarás para mí, con el pecho apoyado en mis espinas. Cantarás para mí durante toda la noche y las espinas te atravesarán el corazón: la sangre de tu vida correrá por mis venas y se convertirá en sangre mía.

No sé cuál era la lección que quería darme mi madre el día que le dije que estaba enamorada, que dejaría a mi marido y me iría de la casa porque amaba a un profesor que me recordaba la música de mi padre, y los propios sueños hiperactivos de ella. Tal vez  insinuaba que no tendría el talante del ruiseñor. Mi decisión la asustaba pero la intrigaba a la vez, se volvió mi confesora como yo lo fui de ella. Para ella el amor se descifraba entre cafés y cartas, para mí entre historias y canciones. Vibratos que laten entre pasiones. Lo malo es que no pudo conocer el desenlace.

Cada noche y en voz baja, imagino los coros de Paul, que prefiero a los de los Zavala, nos cuento a los cinco la historia de la princesa en su monasterio virreinal, la casa del gran murciélago Camazot; les trazo de palabra la ruta ciclista de mi conquistadora; y espero a que den las cuatro o cinco de la mañana para que miren a la hija y a la hermana recluida en su Paraíso para contar.

Mientras, la tercera ola de una pandemia impredecible azota de nuevo, el susurro más cálido de la tierra me pregunta: “¿Quieres café?” y un coro de luises y chachalacas decoran la mañana.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password