Cinque Terre

María Cristina Rosas

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Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

30 años de Los Simpson

El 17 de diciembre de 1989 fue transmitido el primer episodio de Los Simpson en la televisión estadunidense. Seguramente el lector lo recordará: era el especial de navidad en el que Homero no recibe aguinaldo. El padre de familia no considera que sea algo grave, toda vez que Marge, su esposa, tiene un enorme frasco de monedas que ha ahorrado a lo largo del año y eso debería bastar para la compra de regalos y el disfrute de una rica cena. Sin embargo, al ir a un centro comercial con sus hijos, Marge se entera de que Bart se hizo un tatuaje y debe gastar los ahorros que tiene para que se lo retiren. Sin dinero y presionado por sus horribles cuñadas, Homero va al bosque y corta ilegalmente un pino para que Los Simpson puedan tener árbol de navidad. En su desesperación por ganar dinero, Homero acepta disfrazarse como Santa Claus y recibe un pago simbólico que dilapida en el galgódromo apostando por el perro Ayudante de Santa. Así que la navidad de Los Simpson fue, como la de muchas familias: sin recursos, austera, cantando villancicos y en compañía de Ayudante de Santa, a quien adoptaron.

Este episodio marca el inicio de una nueva era en la historia del entretenimiento que se prolongaría hasta el día de hoy y que sigue haciendo las delicias de muchas generaciones en todo el mundo. Con 31 temporadas a cuestas, Los Simpson, franquicia valuada en 13 mil millones de dólares, es la serie de televisión más longeva en la historia de la animación y que además reconfiguró el entretenimiento en más de un sentido.

Cuando Los Simpson aparecieron aquel 17 de diciembre en horario prime time en la naciente cadena Fox, la oferta de entretenimiento para el nicho de mercado del rango de los 18 a los 49 años era pobre. Se limitaba a unas cuantas series entre las que destacaba El Show de Bill Cosby -personaje que, por cierto, hoy se encuentra en una cárcel de Phoenix por acoso sexual.

Desde sus orígenes, incluso como cortos animados en 1987 en el Show de Tracey Ullman, Los Simpson se posicionaron como una sofisticada sátira de la sociedad y la cultura estadunidenses. Sátira: esa era la clave del éxito. La calidad de la sátira de la serie era más que evidente a los ojos de los más prestigiados especialistas y medios de comunicación. Todo mundo hablaba de ello. Los estudiosos de la narrativa simpsoniana atribuían el poder de atracción de la serie sobre el público adulto a dicha sátira y a sus numerosas referencias culturales, algo que sólo los mayores de edad podían desentrañar. Otros más comentaban que Los Simpson era en realidad una sátira maliciosa disfrazada de caricatura en horario estelar. Cuando la serie recibió un premio Peabody, el argumento principal para justificar tan anhelada distinción fue que Los Simpson contaba con una animación excepcional y una sátira social, insumos que escasean –o escaseaban en aquellos años- en la televisión. The Washington Post, Time, Newsweek, Rolling Stone, USA Today, The New York Times y The Boston Globe han dedicado cientos de sus páginas para insistir en el empleo de la sátira como la llave del éxito de la serie.

Evolución de la oferta de entretenimiento

Como es harto conocido, Los Simpson constituyen un homenaje a la familia nuclear estadunidense, familia que, ciertamente, ya no existe. En este sentido, Los Simpson apelan a la nostalgia, repasando en cada episodio lo complicado que es la convivencia familiar, pero siempre reivindicando su estructura. Las historias de los personajes sean los caracteres principales o secundarios son circulares: inician con una crisis, un desarrollo y concluyen en el punto de partida. Parece revolucionaria, cuando en realidad es sumamente conservadora y conformista. Los Simpson no buscan un mundo alternativo ni la revolución mundial: sólo buscan entretener y divertir a las audiencias.

En los años 70 del siglo pasado, las series de televisión sobre familias nucleares habían pasado a un segundo plano en Estados Unidos frente a, por ejemplo, los sitcoms urbanos y otros más, ambientados, preferentemente, en los lugares de trabajo. Los vertiginosos acontecimientos de los años 60, incluyendo el movimiento por los derechos civiles, la lucha por los derechos de las mujeres, la Guerra de Vietnam, el asesinato de John F. Kennedy, la llegada del hombre a la Luna y otros tantos acontecimientos, colocaron en aprietos a las comedias familiares. La generación de los baby boomers necesitaba otra oferta televisiva. Al llegar Ronald Reagan al poder (1980-1988) con su revolución conservadora, los sitcoms adoptaron la tonalidad de las series familiares de los años 50, por ejemplo, Family Ties (1982-1989), Growing Pains (1985-1992), y claro, el ya mencionado Show de Bill Cosby (1984-1992).

Todas estas series presentaban familias nucleares estables en el espectro socioeconómico de la clase media, aunque hubieron de hacer modificaciones respecto a los caracteres retratados en los sitcoms de los años 50, al incluir, por ejemplo, temas como la equidad de género, el hecho de que el padre y la madre eran egresados de universidades y ambos trabajaban, o bien los protagonistas no eran solamente WASP (White, Anglo-Saxon, Protestant).

Paradójicamente, de manera paralela a la celebración de los valores familiares de la era de Reagan, la televisión dio a conocer una programación en la que destacaban las familias violentas y atribuladas. A mediados de la década de los 80, numerosas series y películas para la caja idiota se basaron en best sellers que mostraban el lado oscuro de las familias. Así, en The Burning Bed, película de Robert Greenwald (1984) protagonizada por Farrah Fawcett, una madre de familia de quien el esposo ha abusado, decide verter gasolina en la cama del marido mientras éste duerme y prenderle fuego. Acto seguido, la mujer va a la estación de policía, donde confiesa su crimen y cuando se le juzga por asesinato en primer grado, el jurado la absuelve argumentando “locura temporal”, lo que muchos interpretaron como simpatía por la acusada. En la mini serie Fatal Vision (1984), el protagonista, un oficial del ejército estadunidense, asesina a su esposa e hijas. En la miniserie Nutcracker: Money, Madness and Murder, la protagonista, quien pertenece a la socialité, conspira para asesinar a su padre, temática replicada en otra miniserie, At Mother’s Request (1987), basadas, ambas en el asesinato, en la vida real, del millonario Franklin Bradshaw a manos de su nieto e hija. Otra producción cinematográfica para la televisión, Something about Amelia (1984) transmitida por la ABC, aborda las relaciones incestuosas entre un padre de clase media y su hija de trece años, mostrando cómo el abuso infantil cruzaba los límites culturales y de clase. Something about Amelia desencadenó una andanada de llamadas a diversos servicios de ayuda o hotline donde las personas contaban sus propias historias. Esta oferta televisiva, evidenciaba que la idílica familia tradicional estadunidense estaba en graves problemas. Aun así, estos sórdidos temas continuaron en la siguiente década y las cadenas de televisión produjeron diversas películas abocadas al abuso infantil, buscando, naturalmente, mantener amplias audiencias.

En realidad, hacia finales de los 80, no eran sólo las familias nucleares de los años 50 las que habían declinado: la calidad de la oferta televisiva, en general, mostraba un grave deterioro. Así, ni las familias nucleares de clase media retratadas en Family Ties, Growing Pains y el Show de Bill Cosby; como tampoco las historias de abuso y violencia familiar ambientadas sobre todo en los sectores pudientes de la sociedad estadunidense, terminaban por asentarse en el gusto de las audiencias, posiblemente porque había un nicho de mercado que no se identificaba con las tramas de esos productos televisivos: la clase trabajadora. De hecho, los sitcoms más exitosos de la década fueron Roseanne (1988-1997), Married… with Children (1987-1997) y, por supuesto, Los Simpson (1989-). En todas ellas, los protagonistas pertenecen a la clase media baja.

En las tres series referidas se utiliza la narrativa de la familia nuclear, pero para criticar y satirizar, en distintas proporciones, los “valores familiares tradicionales.” El caso de Los Simpson es particularmente llamativo, por tratarse de una serie de animación que, sin mayor reparo irrumpió en la televisión, valiéndose de la sátira para escribir su propia historia en la industria del entretenimiento en Estados Unidos y el mundo. Otro aspecto a considerar es que las series que acompañaron a Los Simpson en esta nueva narrativa burlona sobre la familia nuclear, tuvieron un inicio y un final, mientras que, la familia favorita de Springfield, tiene asegurada su continuidad, al menos, hasta el año 2021.

La fusión Disney-Fox

Los Simpson surgió no sólo de la necesidad de generar un producto innovador y atractivo para las audiencias. También responde a diversos cambios a nivel corporativo, que tuvieron lugar en la industria del entretenimiento en EEUU a partir de la década de los 80 del siglo pasado. Con el arribo de Ronald Reagan a la presidencia, se favoreció la desregulación a través de la Federal Communication Commission (FCC) lo que derivó en fusiones de diversas empresas de medios y condujo a un predominio de los monopolios en el sector. En esa década, la NBC fue adquirida por General Electric, la CBS fue comprada por Laurence Tisch y la ABC pasó a manos de Capital Cities. En los siguientes años se aceleraron las fusiones de manera que la industria del entretenimiento se colocó cada vez en menos manos, por lo que hacia 1982, 50 empresas poseían casi todos los medios de comunicación importantes de Estados Unido, incluyendo 1 787 diarios, 11 mil revistas y siete estudios de cine. Para 1987, las 50 corporaciones se habían reducido a 29, a nueve en 1999 y en 2005 la industria del entretenimiento estaba dominada por seis gigantescos conglomerados: Viacom, NBC Universal, Sony, Fox, Time Warner y Disney. Actualmente, con la fusión de Disney-Fox -concretada el 20 de marzo de 2019- se reduce aún más la lista de las corporaciones tradicionales, si bien esto ocurre de cara a la llegada de nuevos actores. Como es sabido, las empresas vinculadas a las tecnologías de la información y la comunicación se han adentrado en el mundo del entretenimiento, ocupando en muy poco tiempo, una posición preponderante. Hasta no hace mucho, Rupert Murdoch se había llenado la boca presumiendo que cada día, en cada huso horario del planeta, millones de personas veían, leían o interactuaban con alguno de los productos de la Fox. Si bien eso sigue siendo cierto ahora que Fox forma parte de Disney, la oferta de Netflix y Amazon, para citar a dos “recién llegados” a la industria del entretenimiento vía streaming, plantea importantes desafíos a Disney-Fox y al puñado restante de empresas tradicionales del ramo.

Más allá de ello es menester insistir en que pese al éxito de Amazon y Netflix en la generación de contenidos en la industria del entretenimiento, ésta tiende a concentrarse cada vez en menos manos. Podría pensarse que estos actores “nuevos” -que no lo son tanto- ayudan a ampliar las opciones para los espectadores quienes, ciertamente, consumen el entretenimiento en plataformas muy diversas, más allá del cine y la televisión. Esto, lamentablemente, no es así.

La fusión Disney-Fox, como se explicaba, viene a reducir la lista de los conglomerados tradicionales del entretenimiento, dado que se trata de empresas que producen bienes similares y que, al integrarse horizontalmente, reducen la competencia en el mercado. Es por ello que, esta fusión -valuada en 71 mil millones de dólares- debió obtener autorizaciones en cada país en que se venden sus productos. En el caso de Estados Unidos fue la División Antimonopolios del Departamento de Justicia, la que, tras analizar la propuesta de fusión, alertó sobre el peligro de que los suscriptores de televisión por cable para el consumo de programas deportivos, presenciaran un aumento en los precios, por lo que si bien se aprobó la operación, se excluyó a 22 cadenas deportivas de la Fox, mismas que deberían ser vendidas a otra empresa, la cual sería determinada por el propio Departamento de Justicia estadunidense.

En Brasil, la Superintendencia General del Consejo Administrativo de Defensa Económica (CADE) alertó respecto a que la fusión Disney-Fox colocaría a su programación deportiva en situación de preponderancia sobre sus competidores en el mercado del gigante sudamericano.

En México, la Comisión Federal de Competencia Económica (COFECE) dio el visto bueno a la fusión para pasar, a continuación, a análisis por parte del Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT). Este aprobó la fusión siempre que Fox Sports pusiera a la venta sus canales deportivos. En un primer momento se pensó que Carlos Slim estaría interesado en la compra de los canales, cosa que no ocurrió, lo que ha llevado al IFT a prorrogar hasta mayo de 2020 la venta de los canales aludidos. Televisa, por su parte, ha manifestado su preocupación por la preponderancia de Disney-Fox y su capacidad para inhibir la competencia por lo que interpuso un recurso legal y logró que un juez ordene al IFT que lleve a cabo una nueva investigación sobre los impactos de la fusión Disney-Fox en el mercado nacional y vis-à-vis sus competidores. Así, la citada fusión está congelada desde el 9 de diciembre. En Brasil, el CADE reveló que, al no venderse los canales deportivos de Fox Sports en noviembre pasado, se hará una nueva valoración de la fusión, la cual, por lo pronto, queda suspendida.

Si bien en la mayor parte de los países del mundo la fusión Disney-Fox es una realidad, en lo que concierne a dos de los mercados latinoamericanos más importantes, su suerte aún no se define. Con todo, no se puede negar que al absorber a la Fox, Disney se transformó en un coloso del entretenimiento: se apoderó de las franquicias de los X-Men, Avatar, Los Simpson, amén de cadenas como National Geographic y FX. Al contar Disney con el canal deportivo ESPN, la posibilidad de que la fusión con la empresa de Murdoch generara un monstruo en materia deportiva al adicionar Fox Sports, fue la gota que derramó el vaso en muchos países. En cualquier caso, se considera que la corporación resultante de la suma de Fox al consorcio de Disney hará sentir sus consecuencias en el mediano plazo y podría generar problemas de competitividad a Amazon y, sobre todo, a Netflix. Mientras tanto, Los Simpson, que ahora forman parte de Disney ­-como ellos mismos lo habían vaticinado hace años- son una de las joyas de la corona, antigua imagen corporativa de la Fox, pero que deben portar las orejas de Mickey Mouse. De ahí que los rumores sobre la desaparición de la serie, son sólo eso. Una franquicia valuada en 13 mil millones de dólares es demasiado importante como para dejarla morir.

Los Simpson  y (Des) encanto

Matt Groening, creador de Los Simpson, ha vuelto a las andadas y cansado de los desplantes de la Fox, empresa que canceló Futurama -para disgusto del oriundo de Oregón-, decidió incursionar con Netflix proponiendo una nueva serie animada: (Des) encanto, la cual arrancó en su primera temporada en agosto de 2018, siendo renovada para una segunda temporada que se empezó a transmitir en septiembre de 2019. Cada temporada consta de 10 episodios. La animación es típica del estilo empleado por Groening en Los Simpson y Futurama. Su acercamiento con Netflix -empresa nacida en 1997 como ofertante de DVDs para renta- para crear (Des) encanto recuerda la manera en que de la mano de James L. Brooks propuso a la Fox la creación de una serie animada para adultos a finales de los años 80 del siglo pasado. En aquellos momentos, la Fox era una naciente corporación necesitada de contenidos a efecto de ganar clientes, situación que Brooks y Groening aprovecharon para obtener condiciones ventajosas en la elaboración de Los Simpson, en particular, en lo que concierne a la libertad creativa.

La reputación de Groening está fuera de cualquier duda y Netflix, que ha logrado generar una plataforma con contenidos que son consumidos en 190 países y que incluye series originales al igual que películas aprobó la nueva serie animada (Des) encanto. Tan sólo en 2016, Netflix dio a conocer 126 series y películas originales, colocándose a la cabeza de las corporaciones abocadas al entretenimiento. Ello explica su acercamiento con los más prestigiados cineastas, realizadores y creadores de contenidos, precisamente para asegurar su mercado. No debe sorprender entonces que, en su catálogo se encuentren figuras de renombre como Alfonso Cuarón -quien reposó en Netflix para su laureada Roma-, Martín Scorsese -que realizó la costosísima y extraordinaria El irlandés-, y el ya citado, Matt Groening.

Es inevitable comparar la creación más reciente de Groening con Los Simpson y Futurama. El hecho de que Los Simpson sigan al aire -independientemente de los rumores sobre su finalización, como lo ventiló Danny Elfman, autor del tema de la laureada serie, siendo desmentido por Al Jean, el responsable del programa en estos momentos-, aun cuando Groening no está tan involucrado en su elaboración, dificulta el camino de (Des) encanto. Hay similitudes con la familia favorita de Springfield al igual que con Futurama y las expectativas de las audiencias, sin duda, son altas para este nuevo producto. Parece difícil que Groening pueda superarse a sí mismo, esto es, a su máxima creación, pero eso sólo el tiempo lo dirá. Mientras eso se define, hoy es el 30° aniversario de Los Simpson que con aquel episodio especial de navidad entraron a los hogares de millones de personas en todo el mundo para quedarse ahí y convertirse en historia viviente -y animada claro está. ¡Larga vida a Los Simpson, porque sus aventuras son referentes obligados para las generaciones actuales y las que vengan!

 

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