Cinque Terre

Orquídea Fong

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Periodista/comunicóloga egresada de la UNAM.

25 de noviembre: un intento de entender la marcha feminista

¿Cómo contar lo vivido ayer, 25 de noviembre de 2019? Contarlo de manera que valga, es decir, que aporte a la comprensión de un fenómeno innegablemente estremecedor.

A unos los estremeció de ira, por los actos vandálicos realizados en monumentos, edificios y mobiliario urbano.

A otros, de orgullo por la actitud “valiente” de las jóvenes.

A otros, de miedo, porque para ellos es el indicio de que todo será cada vez peor.

¿Cómo entenderlo? Quizá no sea posible en su totalidad.

Así, solo queda recuperar retazos de hechos, impresiones y pensamientos. Es un momento en la historia, minúsculo, pero relevante, del que quizá podamos extraer conclusiones útiles.

Hablaré de lo que vi, en el entendido de que mi mirada está teñida de subjetividad. Cada quien decidirá si mi subjetividad le sirve o si la desecha.

1.Camino a la marcha, vi grupos de chicas muy jóvenes, vestidas de negro, acomodando nerviosamente sus pañuelos en la cara o alisando sus pancartas. Vi también personas ajenas, mirándolas con desinterés. Vi también automovilistas molestos por los cierres de calles.

2.Al llegar, vi contingentes y personas muy diversos. La batucada, las que marcharon con el torso desnudo, los de Amnistía Internacional, madres de familia, mujeres extranjeras, periodistas (mujeres y hombres) y claro, las policías y el “Cinturón de Paz”. Vi y hablé con el señor Cifuentes, que cargaba la gran fotografía de su bella hija, asesinada junto con su madre hace un año. Vi vendedores de pañuelos verdes y naranjas, de banderas mexicanas negro y blanco, de banderas rosas que decían “Ni una menos”.

3.Vi iniciar una marcha con miles de personas. Solo unos pocos cientos llegaron al Zócalo.

4.Vi, y grabé de cerca, pintas, roturas e incendios, efectuadas por unas pocas mujeres, mientras que la mayoría marchaban en paz. Sin embargo, también vi que nadie les mostró su desacuerdo, sino su tácito apoyo. Observé las pintas en las barricadas del Ángel y olí los vapores de la pintura en aerosol con el que varias estaban haciendo pancartas.

5.Vi a las mujeres policías apagar los fuegos usando extinguidores, provocando humaredas irritantes. Vi también como muchas chicas creían (y así lo dijeron), que se trataba de gases lacrimógenos. Las vi compartir agua con bicarbonato para mojar los pañuelos y filtrar los gases. Me compartieron a mí y lo agradecí. En su momento, en medio del jaleo, yo también pensé que se trataba de gases lacrimógenos, pero no encontré evidencia objetiva de ello.

6.Observé los pedestales de Paseo de la Reforma cubiertos con plástico y los monumentos rodeados de barricadas formadas de polines y láminas metálicas. Me di cuenta que ello provocó aún más enojo y vi a las mujeres cebarse especialmente en esas protecciones, mientras gritaban “¡Ojalá así nos cuidaran, ojetes!”.

7.Vi a mujeres vestidas de negro, la cabeza envuelta en pañoletas negras que solo dejaban ver sus ojos, bien equipadas para provocar fuego: sujeto a la cintura un bidón blanco de gasolina, de unos tres litros de capacidad, con una manguera delgada y un aspersor muy fino, con el que rociaban áreas muy reducidas para luego lanzar un cerillo. El fuego provocado era lo suficientemente aparatoso para llamar la atención, pero tan bien escogida su ubicación que jamás se propagó a otros lugares ni tampoco a ninguna persona.

8.Vi a mujeres armadas con marros, navajas y martillos, rompiendo los vidrios de las estaciones del metrobús y los cristales de los exhibidores de publicidad. Pero vi también a un par de varones colaborando con la destrucción, con la aceptación de una o dos jóvenes.

9.No vi, pero supe de la agresión con pintura a un hombre. Pero también vi a varones mezclados con la marcha, sin que nadie les dijera nada.

10.Vi a las integrantes del “Cinturón de Paz”, las que el gobierno de Claudia Sheinbaum envió de manera “voluntaria” a cercar la marcha. Las vi de pie, de mala gana, renuentes a ser grabadas o fotografiadas, mucho menos entrevistadas. La única que me concedió una entrevista negó ser funcionaria. Dijo ser “sólo una madre de familia que viene a cuidarlas”. Aseguró que la camiseta que vestía “la anduvieron regalando por ahí, a quien quisiera apoyar”. Vi también que ese Cinturón de Paz se mantuvo a la retaguardia, en contingente compacto, y que, contrario a lo que se pretendía, no formaron una valla a lo largo de toda la ruta de la marcha, sino únicamente en las inmediaciones del Ángel de la Independencia.

11.Vi cientos de mujeres policías, bien organizadas, profesionales, provistas únicamente con su escudo. Avanzaron al parejo de la marcha. Luego de que los vidrios de una estación de metrobús fueron destrozados, cambiaron la estrategia: formaron vallas frente a otras estaciones. Vi sus escudos pintados con grafitis. Y escuché como las mujeres que marchaban les gritaban que esta lucha también era de ellas, por ser mujeres. Otras las llamaron traidoras.

12.Vi arder en varios puntos el monumento a Cuauhtémoc. Vi lanzar cohetones rosas. Vi a jóvenes (niñas para mí), gritar furiosas y decirme que estarían dispuestas a romperlo todo para parar la violencia en contra de las mujeres.

13.Vi a la gente que veía la marcha aplaudir al paso de la misma, alzando el puño. Hablé con un grupo de mujeres de mediana edad, que me dijeron que se sentían orgullosas de estas chicas, tan valientes, que hacían lo que ellas no se habían atrevido. Otra me dijo que estaba de acuerdo con todo, menos con que pintaran y prendieran fuego.

14.Vi a mi paso muchas, muchas pintas. Oí muchas consignas. Y también, al pasar frente a la Antimonumenta a los Feminicidios, veladoras y cruces rosas, puestas ahí por la “otra” manifestación del día: la Velada por las víctimas, organizada por el Observatorio Nacional de Feminicidios. Ese evento contó con alrededor de 200 personas.Vi las veladoras y cruces rosas y recordé que cada una de ellas representa a una niña o una mujer asesinadas por el mero hecho de ser mujeres.

15.Vi al contingente de Amnistía Internacional salirse de la marcha mucho antes de llegar a Insurgentes. “¡Amnistía, Amnistía!”, gritó una voz y todos, unos 50 como mucho, se detuvieron y agruparon. Vestían camisetas amarillas. Ya no los volví a ver.

16.Vi todo el frente de Catedral y de Palacio Nacional vallado por elementos policíacos, con sus escudos al frente. Una visión impresionante. Al final del evento, ya eran más policías que manifestantes.

17.Las vi y escuché, ya en el Zócalo, cansadas, oír a unas cuantas oradoras y luego, prender otro fuego con unas mantas. Humo negro y tos. Aplausos. Las presentes gritaron “¡Fuimos todas, fuimos todas!”.

18.De regreso del Zócalo, pasando por la Torre Latinoamericana, me encontré con el final de la Velada hecha por las madres de las víctimas. En el atrio de la Torre vi sillas, una pantalla y una mujer de 70 años con la voz cascada gritar “¡Vivas se las llevaron! ¡Vivas las queremos!” y luego, a otra mujer, de unos 50 años, contar (no por primera vez), lo que ella llamó “mi caso”: el feminicidio de su hija, que hoy tendría 27 años, muerta hace cinco. La escuché decir que no quería odiar a nadie, “ni siquiera al asesino de mi hija” y aseguró que solo la organización entre mujeres hace avanzar las investigaciones, porque las autoridades ponen todos los obstáculos que pueden.

19.En redes sociales, rato después, vi a la gente criticar los actos vandálicos. Señalar, burlones, que seguramente “ya con eso se acabó la violencia en contra de las mujeres” y vi la obligada respuesta: durante años de marchas correctas–de “marchas bonitas, marchas Vogue”, leí–lo único que obtuvimos fue indiferencia.

20.Vi también en redes la queja en contra de “atentar contra el patrimonio histórico” y nuevamente, la respuesta que deja en claro que dicho patrimonio no tiene, a sus ojos, el mismo valor de la vida que no regresa. La crítica en contra de lo inútil de esta clase de manifestaciones, de lo que deben y no deben de hacer las feministas y aún más: el señalamiento de que “comprendemos SU dolor, pero…”. “Su dolor”. Es decir, no NUESTRO dolor, no NUESTRAS muertas. El patrimonio histórico, dicen, es de todos, es nuestro. Pero las muertas… las muertas son de ustedes.

21.Vi, de ida al Zócalo, el Hemiciclo a Juárez (lleno de consignas pintadas en rosa, negro y verde), fuertemente custodiado por cinco filas de policías. De regreso, hora y media después, lo vi casi del todo limpio, en proceso el lavado y el despintado. Ya sin policías, sino con personal de limpia. Varones todos. A salvo el monumento, aquí no ha pasado (casi) nada.

22.Vi también, en redes, gente quejarse porque de “nuestros impuestos” se tiene que limpiar lo que “esas bestias” destrozan. Personas que, hay que decirlo, no apuntan también que del bolsillo de esas mujeres violentas sale para acompañar legalmente a víctimas de violencia.

23.Leí también a quienes se alegraron por la intensidad de las manifestaciones y vieron en ellas señales de un cambio, de una transformación profunda. Pero yo no vi eso. Vi catarsis y rabia, pero no dirección.

En resumen, vi contradicciones, muchas, infinitas. Lo que corresponde a un movimiento social, multitudinario, en el que pocos acuerdos hay, solo unos pocos puntos que hacen coincidir en un momento concreto bajo una bandera que–por fuerza–tiene un sentido distinto para cada una.

Me vi a mí misma, tratando de conciliar en la conciencia esas contradicciones. Mi respeto por la ley, el espacio público; mi incapacidad personal de romper, golpear o incendiar, actos ajenos a mi naturaleza, frente a la innegable necesidad de sacudir a la autoridad que es capaz de gastar dinero en cientos de metros en plástico para cubrir monumentos, pero no es capaz de articular protocolos eficientes en ningún ámbito.

Vi a muchas, entre ellas yo, impresionadas por la cantidad de mujeres policías que tenemos en esta ciudad, sin que nos las encontremos en nuestro andar diario por las calles dedicadas a cuidarnos. Sin que estén en los andenes del metro, en una que otra esquina.

Vi a mucha gente intentando comprender, resolviendo la brecha entre el “sí, pero…”. Evitando tener que tomar partido entre las mujeres y las paredes. Y a otros, definitivamente tomando partido, por las mujeres… o por las paredes.

Por supuesto, veo mucha misoginia. Y en el sentido opuesto, de parte de muchas mujeres, afán de retribución, de desquite.

Veo también a muchos también ir y venir entre dos argumentos irreconciliables: si bien es cierto que el vandalismo no detiene la violencia, también es cierto que los monumentos se arreglan y las muertas no regresan. Ambas cosas son ciertas, aunque yo agregaría que, al menos, el vandalismo nos tiene hablando de esta terrible situación. ¿Hay otro modo? Pienso que antes de esto, se ha intentado todo.

Veo, tristemente, a muchas mujeres asumirse “no feministas” mientras que disfrutan de las pocas o muchas libertades que históricamente el feminismo ha obtenido.

Y veo, finalmente, a unas autoridades omisas, ineptas, incapaces, dedicadas únicamente al gesto político, a la acción cosmética, a la declaración pública, al lanzamiento de “programas”, a la organización de “foros” y “estrategias” que quedan para el boletín de prensa, para la entrevista en los medios pero que no llegan a ras de piso, a reducir las cifras de acoso callejero, laboral, doméstico, de golpes, de violaciones, secuestros y de muertes.

A partir de este punto, queda reflexionar.

 

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