Cinque Terre

Juan Villoro

Escritor, autor de "El Testigo". Ganador del Premio Herralde de Novela 2004 y del Premio Rey de España por su texto "La Alfombra Roja, el imperio del narcotráfico".

La torre del delirio

Porfirio Díaz celebró el centenario de la Independencia con un nuevo sistema de alumbrado en la Ciudad de México y una columna presidida por Niké, Diosa de la Victoria, que la imaginación popular convirtió en “El Ángel”. Cien años después, Felipe Calderón fue incapaz de presentar un proyecto similar. Su gobierno convocó a un concurso para crear un Arco del Triunfo. Desde el punto de vista simbólico, la iniciativa remitía al porfirismo y su imitación del grandeur francés. Si el Ángel recrea la pequeña Victoria Alada que adorna el Puente de Alejandro en París, el Arco pretendía que Paseo de la Reforma emulara los Campos Elíseos.

Desde el principio surgió la siguiente duda: ¿merecemos un Arco del Triunfo sin haber llegado al quinto partido en un Mundial y sin haber modificado los índices de corrupción, violencia y desigualdad? Si el solo hecho de ser mexicanos durante doscientos años es digno de reconocimiento, deberíamos construir un Arco del Aguante.

Pero el pretencioso nombre del proyecto era lo de menos. Lo peor vino después. La convocatoria pedía un arco y el jurado premió… ¡una torre! En cualquier feria ganadera sería un escándalo que la mejor vaca fuera una gallina, pero el México de Calderón tenía otras reglas y el gremio de arquitectos se vio burlado. Reforma publicó los proyectos que ingenuamente respetaron la geometría solicitada y un brillante artículo del arquitecto Miquel Adrià que demostraba el sinsentido del concurso.

Una vez elegida la torre, se cometió el error de emplazarla entre dos inmensos edificios que la hacían ver como una pariente desnutrida, y al no ocupar un lugar dominante en la avenida, sino un tímido puesto en la banqueta, no había modo de apreciarla.

La construcción de la “Estela de Luz” se demoró lo suficiente para que prosperara otra iniciativa presidencial. Los restos de los héroes de la Independencia fueron exhumados para ser exhibidos en un cortejo fúnebre itinerante. Abrir las tumbas reveló que entre los desaparecidos del país están los próceres: faltaban huesos insurgentes y aparecieron osamentas de venado y de una niña.

Nada más lógico que el Presidente que lanzó la guerra contra el narcotráfico sin el respaldo del Congreso ni de sus votantes entendiera que no hay mayor orgullo patrio que mostrar huesos.

Mientras la caravana necrológica iba de un lugar a otro, el costo de la torre subió de 393 a mil 35 millones de pesos. El Colegio de Ingenieros Civiles denunció en su día que la obra debía costar la mitad. El 13 de enero de 2012 publiqué en estas páginas un artículo donde decía: “Si Barragán trabajó con aplanados y colores populares mexicanos, la Estela destinada a festejar nuestra identidad necesitó de cuarzo comprado en Brasil y cortado en Italia. Lo más mexicano del proyecto era la tierra en que se hundía (y cuya ductilidad fue mal calculada, obligando a excavar a mayor profundidad).

“Hay quienes piensan que la impuntualidad es típicamente mexicana. Incapaces de respetar virtudes patrias, los constructores respetaron ese prejuicio, con tal enjundia que el edificio quedó listo más de un año después de los pomposos festejos de septiembre de 2010”.

Mi artículo llevaba por título “Esquela de luz”, en alusión a las muertes provocadas por la irresponsable guerra de Calderón. En forma natural, los deudos de las víctimas habían comenzado a reunirse en la torre para protestar por la violencia. Javier Sicilia, Eduardo Vázquez Martín y yo presentamos en el Museo Memoria y Tolerancia una propuesta para que el centro de documentación ubicado en ese sitio se convirtiera en un archivo de los muertos y desaparecidos que no han sido honrados con un censo.

Esa iniciativa no prosperó pero numerosos funcionarios relacionados con la construcción fueron sancionados y hace apenas unos días el Tribunal Federal de Justicia Administrativa dictaminó que Andrés León Reguera, residente de obra, y Alberto Bravo Hernández, técnico administrativo, deberán devolver más de 400 millones de pesos por haber fingido la compra de acero inoxidable para la torre.

Como al destino le gusta la ironía, se acaba de recuperar un dron que llevaba dos años atorado en la Estela de Luz. Parece lo único rescatable de un despropósito que ya recibe el apodo de “Monumento a la Corrupción”.


Este artículo fue publicado en el Reforma  el 21 de agosto de 2020, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en nuestra página.

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