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Foto: Cuartoscuro

Quien piense que hay un doble discurso presidencial, está equivocado. El Andrés Manuel López Obrador que usted ve en las mañaneras es el mismo de las reuniones de gabinete y de las sesiones más privadas donde se toman las decisiones. Hay matices entre sus apariciones en público y cómo se comporta en privado, pero no hay hipocresías. Le cuesta trabajo admitir las cosas, y prefiere vestirlas con acusaciones de corrupción en el pasado, o corrige sin reconocer que se ha equivocado de estrategia, como en el caso del Covid-19. Pero hay que insistir, no tiene doble cara.

Eso es lo mejor que tiene el presidente López Obrador. Lo que dice lo cumple, y lo que cumple lo anuncia en público, incluso revelando cosas que son confidenciales o por indiscreto. Es predecible y previsible. El problema con esa peculiar forma de actuar, que incide directamente en su toma de decisiones, es cuando ese tipo de desinterés, que a veces parece soberbia o soslaya temas de alta relevancia, se da en su despacho, en esas reuniones cerradas donde toma decisiones que afectarán a 130 millones de mexicanos. Ahí, en esos conciliábulos, es donde se pueden percibir los orígenes de asuntos que luego lo desbordan.

Hay uno que va a explotar, que se lo están advirtiendo, y que al Presidente no le ha interesado. Tiene que ver con la pandemia del coronavirus, con las vacunas y frente al riesgo que se empiecen a cerrar todavía más las fronteras con sus socios norteamericanos y europeos. Se lo han planteado el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, y el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, el zar del coronavirus, pero el Presidente se ha mostrado indiferente, proyectando desinterés y minimizando la problemática que le han expuesto.

López-Gatell le advirtió al Presidente que la Secretaría de Salud había recibido una notificación oficial de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, conocidos como CDC, donde le informaron que su gobierno consideraba a México en un nivel de alerta alto, dejando entrever la probabilidad de que se tomaran medidas más drásticas contra México en términos de viajes.

López Obrador ni siquiera le pidió más información y le respondió con ideas que no tenían que ver con el tema que le había llevado, igual que en las mañaneras, cuando lo cuestionan sobre algo en específico y se sale por peteneras. En este caso, le contestó al subsecretario que estaba enterado de cómo iba avanzando la campaña de vacunación, lo que no tenía nada que ver con el punto que le llevó el funcionario.

Días después, lo que anticipó López-Gatell, sucedió. Los CDC colocaron a México en alerta de viaje nivel 3 –el penúltimo más grave–, con la recomendación de no viajar a este país. Días antes, Ebrard le había pedido autorización para buscar una vez más que el gobierno de Estados Unidos acepte abrir la frontera terrestre entre los dos países para todo tipo de viaje, derivado de la forma como ha avanzado la vacunación en las entidades que colindan con aquella nación. No se entiende bien la mecánica de la mente de López Obrador, donde los dos aspectos planteados en momentos distintos estaban vinculados, y la alerta levantada por López-Gatell adelanta lo que podrá pasar cuando se vuelva a revisar el cierre de la frontera.

De mayor preocupación es que la película en cámara lenta que le han venido pasando sus colaboradores al Presidente sobre la probabilidad de aislamiento de México con las regiones con las que más comercio tiene, no le han preocupado. Ebrard le informó a su regreso de un rápido viaje a Europa, a principios de julio, que sus gestiones para que se aceptara a todo mexicano sin importar la vacuna anti-Covid que tuvieran, fracasaron.

La preocupación de Ebrard se dio en el contexto del pasaporte Covid que aprobó la Unión Europea a partir del 1 de julio, para garantizar la salud de los países de la región y que establece los mecanismos para viajeros en esa zona. Europa, como otras naciones industriales, está caminando hacia la imposición de barreras sanitarias, donde además de las pruebas de antígenos y PCR que exigen muchas naciones, pidan adicionalmente el esquema de vacunación completo.

México tiene un amplio portafolio de las vacunas adquiridas, pero lo que aún no ha permeado entre la población es que, pese a ese esfuerzo, una buena parte de los mexicanos que quieren viajar a Estados Unidos o a Europa no van a poder hacerlo, de mantenerse el rumbo que lleva la construcción de regiones libres de Covid, porque la mayor parte de las vacunas adquiridas no sirve para poder entrar a las naciones a las cuales se viaja con mayor frecuencia por razones de paseo, negocios o estudios, y probablemente hará crisis cuando se empiecen a regularizar los viajes y la normalización de la vida.

En Europa, donde empiezan a exigir vacunación completa, no van a poder entrar quienes no cuenten con vacunas aprobadas por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos, que sólo ha autorizado las de Pfizer-BioNTech, Moderna y Jenssen, o la vacuna AstraZeneca producida en Bélgica. Los europeos reconocen vacunas para uso de emergencia identificadas por la Organización Mundial de la Salud, como la producida por el Instituto Serum de la India, con la fórmula de AstraZeneca, que no ha autorizado la Agencia de Medicinas Europeas. La OMS incluyó la vacuna china Shinopharm, aunque cada nación se reserva el derecho de aceptar o rechazar a quienes estén vacunadas con ella. En Estados Unidos y Canadá no aceptan vacunas rusas o chinas, y tampoco han autorizado AstraZeneca.

López Obrador minimizó el planteamiento de Ebrard y dijo que eso no era un problema de México únicamente, sino de todo el mundo. Es cierto, pero no es Presidente de todo el mundo, sino de un país que enfrentará riesgos de movilidad internacional para sus ciudadanos con esta tendencia de cordones sanitarios.

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