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Revista Proceso: La historia desde adentro

Hoy no hay nadie en la revista que haya sido fundador, y eso es importante decirlo porque quienes la realzan ahora en realidad viven de una fama prestada

Por Francisco Ortiz Pardo ·

Entré a trabajar a la revista Proceso en el invierno de 1988. Tenía 19 años de edad. Todavía no ingresaba a mi carrera universitaria en Sociología, que iniciaría la primavera siguiente en el plantel Xochimilco de la UAM. Van a ser justamente 38 años desde entonces.

Para ese momento, el semanario tenía apenas 12 años de existencia. En realidad, ya era mi casa desde siempre.

Desde niño rondaba yo por los pasillos de la casa de Fresas 13. Recuerdo un curioso aroma que era una extraña mezcla de alfombra con escritorios que iban envejeciendo y recortes de periódicos, que el entrañable Natalio Tapia pegaba cada mañana en cuartillas de papel revolución. Ese olor era, para mí, la casa. No la oficina, la casa.

Como me conocieron desde niño, hasta ahora algunos todavía me llaman Paquito. Julio Scherer García se dirigía a mí como Chaparrito. Yo era muy tímido y solía esconderme tras las piernas de mi padre.

Mi padre, Francisco Ortiz Pinchetti, salió de aquel Excélsior y fue fundador de Proceso.

Proceso se fundó hace 50 años, el 6 de noviembre de 1976, como resultado paradójicamente hermoso de un hecho funesto: el golpe del presidente Luis Echeverría al diario Excélsior, entonces encabezado por Julio Scherer García, que fue expulsado junto con otros tres cooperativistas.

No era lo que tanto se repite. Como los mitos del 68 que reprodujo Elena Poniatowska en La noche de Tlatelolco y que ha costado tanto trabajo revertir y aclarar, también se repite que Excélsior era un diario excelso en crítica. Lo era en calidad, en reporteros que se han vuelto legendarios durante los últimos 60 años. Pero en crítica era bastante light, por así decirlo, con respecto a lo que luego fue Proceso. Si acaso, tenía cierta agudeza entre sus articulistas, como Gastón García Cantú, que hacía enojar a Echeverría. De cualquier forma, era mucho para una época de una libertad de prensa tan restringida,sobre todo unos años después de los hechos sangrientos de Tlatelolco y el Jueves de Corpus.

Sin Proceso, como sea, no se puede entender el ejercicio de la libertad de prensa que fue abriéndose paso en cada vez más medios informativos mexicanos. Proceso no fue el único —y poco a poco fue quedando rebasado por otros trabajos periodísticos de enorme relevancia, publicados en medios que surgieron después, en buena medida gracias a que en ellos participaron periodistas formados en aquella redacción—, pero sí fue el primero que ejerció esa libertad sin miramientos.

Hoy no hay nadie en la revista que haya sido fundador, y eso es importante decirlo porque quienes la realzan ahora en realidad viven de una fama prestada. Más aún, ni siquiera los hay que hayan sobrevivido treinta años después de la salida de Scherer García como su director.

Cuando al fin llegué a trabajar formalmente en Proceso por invitación del coordinador de fotografía, Juan Miranda, tuve que sobreponerme a esa misma timidez de niño, que nunca terminé de remediar. Me hice cargo del archivo de fotografía durante siete años. En la última parte de esa etapa trabajé, en los hechos, no como cargo formal, como editor de fotografía. Seleccionaba los materiales en paquetitos para cada reportaje y sección, según me pidieran en listas los diferentes editores y bajo los criterios periodísticos de la propia revista, principalmente establecidos por mi gran mentor, el subdirector Vicente Leñero, al que yo le entregaba las fotografías y que, en los hechos, era quien armaba la revista cada viernes, dando las instrucciones directamente a los diseñadores gráficos.

Sé que se trata de una etapa que quienes laboran en Proceso ahora solo alcanzan a imaginar por la mitificación de Scherer García. La realidad, como sostiene mi amigo y colega Marco Levario Turcott en su nuevo libro, Julio Scherer García. El mito, fue muy diferente.

Y aunque nunca cabe la mitificación por el daño que hace en la historia, sí es necesario decir que sin su talentosísimo equipo de reporteros de primer orden, nada de lo que se dice habría podido ser.

Recuerdo entre las anécdotas viejas más divertidamente comentadas que los reporteros siempre decían “Todos son amigos de Julio Scherer”, pues lo más común era que los entrevistados les dijeran: “Salúdeme mucho a don Julio, él y yo somos muy amigos”. Tan resultaba choteado el recurso, que por supuesto los saludos nunca llegaban. “Sí, cómo no; yo le digo”.

El mito creció con el tiempo. Tal vez por lo mismo nos cobró caro a mi padre y a mí haber contado en un libro, El fenómeno Fox, la historia que Proceso censuró (Planeta, 2001), cómo Scherer García consintió que fuésemos despiadadamente despedidos, a todas luces de manera injustificada, por protestar una censura dentro de nuestro propio medio cuando cubríamos la campaña presidencial del panista Vicente Fox. Curiosamente su hijo, el controvertido Julio Scherer Ibarra, trabajaba llevando el trato con medios en la campaña del candidato del PRI y contrincante de Fox, Francisco Labastida Ochoa.

Eso, a pesar de que me consta, porque lo vi de cerca, que mi padre despertaba las envidias de quienes se preciaban de ser muy cercanos a Scherer y hasta presumían esa cercanía hacia afuera, como parte de sus propias relaciones públicas. Algunos de los que pasaron por Proceso le han sacado buen provecho al mito. Y no es raro, en un país donde la mentira y el bluff suelen tener tanto éxito.

Unos meses antes de nuestro despido, mi padre le había pedido a Scherer que nos dejara ir, que simplemente gestionara para nosotros una liquidación. Él no aceptó; le hizo “manita de puerco” a mi papá y lo convenció de que esperara. Estamos hablando de finales de 1999, cuando el ambiente en la revista se había vuelto ya insoportable por la pugna entre dos de los tres directores que Scherer había nombrado en una ocurrencia colegiada —Carlos Marín y Rafael Rodríguez Castañeda—, supuestamente para no provocar descontentos.

Finalmente, Scherer se decidió por Rafael Rodríguez Castañeda como director único. Pero el cambio no resolvió los problemas de fondo. Rodríguez Castañeda parecía ver como una amenaza para su autoridad a cualquier reportero con una trayectoria más sólida que la suya. Bajo esa dirección, además, la revista fue entrando en un prolongado letargo informativo, marcado por una creciente complacencia con Andrés Manuel López Obrador desde que llegó al Gobierno de la Ciudad de México. Esa etapa de abyección al tabasqueño ya no nos tocó, afortunadamente.

En su momento, denunciamos la censura y nuestros despidos en conferencias de prensa. Fuimos los primeros en la historia de Proceso en demandar laboralmente a la empresa. Por supuesto que solo queríamos lo justo, después de un maltrato que incluía no respetarnos ni siquiera el derecho a recibir la liquidación que establece la ley. En Proceso optaron por negociar con nosotros una liquidación más justa y evitarse así un costo político mayor.

Había, además, una cuestión de fondo que vale la pena aclarar: en su origen, aquella empresa no tenía dueños en un sentido moral. Se había constituido como una protección frente a posibles infiltraciones externas, pero ninguno de los fundadores había puesto dinero. El socio mayoritario en términos formales era Julio Scherer García, aunque esa condición obedecía precisamente a una medida de protección, no a que la empresa fuera suya.

Cuando los fundadores comenzaron a retirarse, Vicente Leñero consideró necesario confirmar por escrito ese origen. A regañadientes, todos los integrantes del consejo de administración firmaron una carta en la que se hacía constar que la empresa pertenecía a todos quienes trabajaban en ella. El propio Leñero leyó el documento ante todos los empleados, tanto de las áreas administrativas como de las periodísticas, poco antes de dejar la subdirección de la revista, para que no quedara ninguna duda.

Una vez fallecidos Scherer y Leñero, y acogiéndose estrictamente a lo legal, sin atender a mística fundacional alguna, la familia Scherer dejó de lado aquella carta y nunca más se preocupó por aclarar que, de acuerdo con el documento firmado por el consejo de administración y leído por Leñero ante los trabajadores, la empresa no era propiedad de la familia, sino de todos quienes laboraban en ella.

Debo decir que era tan insoportable para mí el ambiente en esos últimos días, que viví una especie de liberación, incluida mi propia desmitificación acerca de los compañeros reporteros de otros medios, a los que sin duda estigmatizábamos por los prejuicios del propio Scherer, que veía todo lo de afuera contaminado de corrupción.

Sé de muchos reporteros que salieron después que nosotros y que sintieron también esa liberación. Poco a poco, el equipo de la gran batalla de Proceso fue desmantelado para prácticamente dejar solo el recuerdo de lo que fue.

Esos viernes un tanto esclavizantes, angustiosos por demás. Acompañar a Vicente Leñero a veces con la edición en curso, pero también viendo a sus Dodgers en los partidos de beisbol por televisión. Las tortas que nos llevaban en los cierres. La portada en ciernes, ya a punto de la medianoche de los jueves, después de juntas editoriales a las que incluso se metía a veces Sergio Méndez Arceo —el obispón rojo, como se referían a él allí—, solo por metiche.

También ver llegar a Naranjo, increíblemente serio para ser un genio del humor que provocaba la furia de los presidentes, tan adusto, tímido y con saludo amable, siempre. Cruzaba por el amplio salón del segundo piso donde Leñero había colocado su “museo del horror”, con objetos en un pequeño aparador, donados por los reporteros, de desgracias que iban desde el temblor del 85 hasta las bolas de billar de la casa de Miguel Ángel Félix Gallardo, ruinas de aviones accidentados, cenizas de un volcán en erupción...

El mismo Leñero había dispuesto, pocos metros más adelante, “La Galería de los Hombres Sencillos”, con las fotografías de célebres escritores como Octavio Paz, García Márquez o Carlos Fuentes, con marquitos dorados garigoleados de plástico. Ahí justo donde estuvo el primer archivo de fotos del que me encargué, después de que lo hiciera Vietnika Batres —hermana de Martí y de la ministra Lenia— e Isabel Leñero, talentosa pintora hija de Vicente.

Cuando el archivo de foto ya no estaba en ese lugar, Leñero ordenó que colocaran una mesita para jugar dominó, las madrugadas de cierre. Todo el ambiente estaba impregnado de humo de cigarro y aroma de café.

A las fiestas de aniversario llegaba la crema y nata de la intelectualidad, amigos de Scherer. Recuerdo muy bien que Heberto Castillo, que era articulista, se negaba rotundo a comer sus taquitos de pie.

Alrededor de Scherer solía formarse una ruedita de reporteros y visitantes que se quedaban a escucharlo contar sus anécdotas. Las narraba con vehemencia y cierto dramatismo, recursos que les daban todavía más interés y mantenían cautivados a quienes lo rodeaban.

Aquello acababa entre los reporteros hacia altas horas de la noche; pero los directivos —en un hecho que describe muy bien la lambisconería que prevalecía— desaparecían en cuanto Scherer se iba.

No dejaba de sorprenderme que, muy lejos de esos tiempos de gloria, sin Scherer en sus mejores condiciones de director-reportero, sin rigor, sin influencia, muchos llegaron a Proceso porque era su ilusión de la vida. Y varios de ellos empezaron a reproducir la exaltación de Scherer, como para presumir su propia historia.

De tal forma que la historia de Proceso puede dividirse en tres partes. La primera se prolongó hasta el año 2000, aunque su etapa de transformación comenzó con la salida de Julio Scherer García y Vicente Leñero de los cargos directivos, en 1996, y continuó con la llegada de Rafael Rodríguez Castañeda a la dirección de la revista, en las postrimerías de 1999. La segunda, la intermedia, con cada vez menos plumas reporteriles de gran calado, podría delimitarse hasta 2018, con la llegada de López Obrador a la Presidencia. La última llega hasta nuestros días, con la revista convertida en un mensuario, muy disminuida respecto de lo que fue.

En su mejor momento, la revista llegó a rebasar los 300 mil ejemplares vendidos en una semana, particularmente en el año 1994, con la insurrección neozapatista en Chiapas y el asesinato del candidato presidencial priista, Luis Donaldo Colosio.

Era entonces una revista que literalmente cimbraba al poder, y Scherer García vivía nutrido de la adrenalina que le provocaba que le llamaran desde las altas esferas de la política mexicana para reclamarle o siquiera comentarle. Cuando terminaba el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, justamente en 1994, la indiferencia del presidente se convirtió en el veneno para el que Scherer García no supo encontrar el antídoto y entonces lentamente la información tan crítica pero también tan rigurosa comenzó a menguar.

Además de mi paso por el departamento fotográfico, durante otros cinco años fui reportero de la revista, donde publiqué varias decenas de reportajes, los principales sobre las coberturas de la huelga estudiantil en la UNAM (1999-2000) y la mencionada campaña presidencial de Vicente Fox; y de su agencia, Apro, dirigida por el gran Gerardo Galarza, con centenares de notas informativas, sobre todo del Senado y del Partido Acción Nacional. A Proceso le debo los mejores años de mi formación profesional, por supuesto, con Leñero y mi padre como mis grandes maestros y Scherer como un referente insoslayable, el mejor periodista de finales del siglo pasado, al que saludaba de cerca y veía un poco lejos, como un inmaculado.

Paco Ponce, el coordinador de Deportes, que estaba entre los fundadores pero por lo mismo tenía la capacidad y la autoridad moral para ser crítico, solía bromear con que a Scherer había que ponerlo en una vitrina a la entrada de Fresas 13, pero nada más.

Mi padre ha contado en estos días cómo Vicente Leñero decidió dejar la subdirección de Proceso porque sabía que esa era la única manera de que Julio Scherer también se fuera. Para Leñero, la salida de Scherer era una condición indispensable para intentar salvar a la revista del anquilosamiento, el envejecimiento y la pérdida de rigor periodístico que ya comenzaban a hacerse evidentes. Varios reporteros fundadores y otros de la siguiente generación compartíamos esa convicción con él. Otros, que llegaron después, prefirieron acomodarse al cuento —o acaso creérselo—, porque al fin y al cabo resultaba muy redituable, en términos morales, decir que se era reportero de Proceso, sin haber pasado por los sacrificios de los fundadores, que incluso tenían que cortar sus propias cuartillas de los rollos de papel revolución que llegaban a la redacción.

Hay algo de esa desmemoria con la que algunas generaciones posteriores miran la transición democrática. Quienes no vivieron lo que costó abrirse paso entre la censura, el autoritarismo y las restricciones a las libertades públicas pueden llegar a vilipendiar aquellas conquistas, como si hubieran estado siempre ahí. Desde luego, eso no significa que no puedan cuestionarse sus limitaciones, sus pactos o sus deudas pendientes. Pero una cosa es someter la historia a revisión crítica y otra despreciar las conquistas de quienes tuvieron que luchar para hacerlas posibles. Por eso es tan fácil que hayan llegado los neopopulistas a engañar.

Hace muy poco bromeaba con unos ex compañeros que, si hiciéramos una fiesta por los 50 años de Proceso, la de nosotros sería la verdadera oficial. Quitando a los que ya murieron, contamos al menos 60 personas que pasamos por su redacción y que, de una u otra forma, salimos sin el trato que habríamos merecido quienes forjamos esa publicación. El final de la revista ha sido realmente triste.

He tenido la fortuna de reencontrarme en los últimos dos años con al menos una veintena de esos “ex Proceso”. A algunos los veo con cierta frecuencia.

Habría querido equivocarme sobre este final que vi cuando hicimos, hace 27 años, la crítica con la que los directivos de Proceso debieron reaccionar. Pero no, la verdad es que no me extraña.

Cincuenta años después, Proceso está demasiado lejos de lo que fue. Lo que sí puedo asegurar es que marcó mi vida. Para bien y para mal.


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