Recomendamos: Vulgaridad y ética, por Maruan Soto Antaki

Foto: Cuartoscuro

La vulgaridad para por encima de la ética. La arrasa con la abdicación al ejercicio político en nuestra nueva época. Como antes, la ley no es la ley, sino la fuerza de los numerosos y sus acuerdos. Comparten el mismo dejo, tanto la manipulación que hasta ahora le da a la gubernatura de Baja California más tiempo del que fue votado, como la ilegalidad en el nombramiento de la encargada de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. Cada requisito fue obviado. Se asoma la indulgencia de los sinprincipios. Marxistas de Groucho que ajustan su inclinación a la marea.

Vamos sumando escenarios donde la apuesta por la judicialización de la vida pública, en las condiciones de nuestro sistema judicial, admite tantos abusos que avisan la profundidad del abismo que escarbamos por décadas.

Un gobierno capaz de despreciar aquello que no le es parecido en un país de diferentes, toma el camino para hacer tribu y no Estado. Al abandonar los límites de la ley, ese gobierno que hace tribu amplifica las rutas gregarias. Serán sus leyes, su interpretación de ellas, la exclusión del ajeno, su juicio a través de la difamación y la mentira. Permanecen en sus brazos quienes ceden la sumisión de su dignidad ante los favores de la pertenencia. No necesitan fortunas al ejecutar trampas. Es suficiente seducción la identidad y la superioridad de quien abandonó toda ética para convencerse de su muy singular moral.

Qué particular está resultando el desprecio del gobierno mexicano y sus incondicionales por la ley. Navegan en universos bipolares; se ufanan de dirimir conflictos a través de tribunales, al mismo tiempo que ignoran los límites de la legalidad. El gobierno mexicano usa las herramientas del Estado para evitar los instrumentos políticos.

Un país que arriesga a definirse en querellas y no debates traza la ruta de la destrucción democrática en el lienzo de quien tiene la capacidad de controlar las cortes. Solo hay uno en condiciones de burlarse del gobierno del diálogo. Un gobierno decente no tiene derecho a la irresponsabilidad de coquetear con la interpretación subjetiva que le permite centrar el poder fuera de la ley. Aquí la decencia nunca ha sido un valor político. Pasamos de gobiernos que hicieron todo por encontrar las maneras de vulnerar leyes, a uno que además se reduce a ignorarlas con orgullo. Exento del pudor de la culpa, descubre la vulgaridad de ganar con la mentira.

El silencio de cercanos es cómplice de la ilegalidad. Confiados en que sus actos obedecen a un bien mayor, se desenvuelven en la tolerancia a lo que despreciaban y debería llevarlos a marcar públicamente su distancia. Condena ser el país donde los jefes tienen la razón. Como el desprecio era grande y se sabe que la afrenta diluye convicciones, la ilegalidad busca esconderse en gritos de mensajeros que esparcen propaganda sin escarnio. Quizá crean que hacen política, pero se quedan en el vocifero. Ven democracia donde reinó la imposición, transparencia en la deshonestidad de acuerdos entre camarillas. Capacidades intelectuales en impulsos emotivos. El desprecio sigue a sus anchas.

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