Recomendamos: ¿Qué mas da que traigan a don Porfirio?, por Héctor de Mauleón

Nacional

Historiadores que resaltaron las aristas positivas de su gobierno fueron tachados de enemigos del pueblo

Hace 115 años que en la batalla de Malpaso el padre del escritor Martín Luis Guzmán se convirtió en el primer muerto de la revolución mexicana. Agonizaba el año de 1910.

Porfirio Díaz renunció a la presidencia meses más tarde y el 20 de junio de 1911 desembarcó en El Havre. Pasó unos días en el hotel Astoria; se mudó más tarde a una casa pequeña de la avenida del Bosque. En 1913 se enteró en Nápoles del asesinato de Madero. Pronto comenzaron los vértigos, los mareos, los adormecimientos que hicieron que su vida se apagara “como una vela”. “Oaxaca, Oaxaca”, decía la Majestad Caída en sus delirios.

El gobierno mexicano no envió condolencias. La viuda del dictador, Carmen Romero Rubio, embalsamó el cuerpo y lo depositó en una capilla de Saint Honoré, en tanto podía cumplir el último deseo de Díaz: “Ya tranquilo el país se llevan mis huesos a descansar a Oaxaca”.

En 1921, once años después de la renuncia, México seguía en llamas y el nombre de Díaz no podía pronunciarse a menos que lo acompañaran vituperios. La viuda comprendió que no podría cumplir esa última voluntad. Compró un lote en el cementerio de Montparnasse… y después de algún tiempo, en 1934, decidió dejar los restos allá y regresar a México sola.

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