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Foto: Quadratin

Así le gritó en varias ocasiones el entonces candidato Andrés Manuel López Obrador al presidente Vicente Fox durante la campaña presidencial de 2006. AMLO lo acusaba de imprudencia verbal. Durante una gira por Oaxaca, a casi 100 días de la elección presidencial, López Obrador se refirió a las críticas que Vicente Fox hizo a su propuesta de bajar los precios de los combustibles y dijo:

“¡Cállese, ciudadano presidente!, deje de estar gritando como chachalaca”.

Al día siguiente, el 16 de marzo de 2006, se refirió al entonces presidente Fox como la “chachalaca mayor” y arremetió nuevamente: “¡Cállate chachalaca!”.

Efectivamente, Fox fue imprudente y no se comportó como jefe de Estado. El “cállate chachalaca” de López Obrador fue un grito de enojo frente al activismo verbal que desplegó el presidente Fox. Aunque jamás pidió el voto a favor o en contra de candidato alguno, se dedicó a hacer alusiones para atacar a López Obrador. Fox era agresivo y buscaba radicalizar a su enemigo. En una ocasión, durante una gira por Chihuahua, inició su discurso diciendo:

“Mi gobierno vomita la demagogia, el populismo, el engaño y la mentira”.

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“En una democracia no se vale callar a nadie”. Así decía el presidente Fox cuando el entonces IFE lo conminó a mantener neutralidad durante el proceso electoral. “Todo mundo me ataca, tengo derecho a defenderme”, decía. En lugar de ser un activo para el proceso electoral, se convirtió en un pasivo.

López Obrador se ha convertido en un clon de su archienemigo. Además del activismo verbal, repite los mismos argumentos: “Censura, me quieren silenciar. Tengo derecho a decir lo que pienso”, dice una y otra vez para defenderse de la Constitución que establece el principio de neutralidad para todos los servidores públicos.

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Mario Delgado, presidente de Morena, acusó al INE de censurar al presidente para apoyar a la oposición. Ciertamente me parece anacrónico que México tenga tales restricciones a la libertad de expresión de servidores públicos –pero mientras la Constitución lo establezca debe cumplirse, sin alegatos y sin acusaciones de conspiración.

Además, se trata de un asunto de congruencia política: fueron las quejas de López Obrador en 2006 las que llevaron a una reforma electoral restrictiva en 2007 que –efectivamente– limita la libertad de expresión, no solo de servidores públicos sino también de particulares quienes no pueden expresar sus puntos de vista con publicidad pagada en medios electrónicos de comunicación.

Pero acusar al INE de torpedear al presidente de la República es irresponsable y sumamente riesgoso. El corolario es obvio: si López Obrador y Mario Delgado acusan de parcialidad a la autoridad electoral sin reconocer que se trata de un asunto legal, muchos candidatos perdedores de Morena –gobernadores, alcaldes o diputados– podrán argumentar que su derrota es obra del INE y gestar así conflictos poselectorales en diversas regiones del país una vez que concluya la elección.

La de 2021 se puede convertir en la elección más conflictiva de la historia moderna de México, más incluso que la de 2006. En lugar de ser un espacio para la distensión, las elecciones pueden ser un pretexto para mayor polarización y conflicto.

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