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Foto: Reuters

Un tema que se repite con frecuencia en la opinión publicada es la popularidad del Presidente. Se dice que es el presidente más popular, y que la opinión de los mexicanos no ha cambiado a pesar de las grandes crisis, sanitaria y económica, que nos ha traído su gobierno. Esta idea es totalmente errónea, y me parece que conviene analizarla. Para ello, utilizaré la información que publica oraculus.mx, que puede usted revisar con facilidad.

Primero, es cierto que López Obrador llegó a ser el presidente más popular, a inicios de su gobierno. Cabe mencionar que en una serie más larga, de una sola encuestadora, Consulta-Mitofsky, ese lugar lo disputa con Carlos Salinas, a quien tanto odiaba, antes de centrar su animadversión en Felipe Calderón. En febrero de 2019, López Obrador alcanzó 80% de popularidad, 10 puntos por encima de Vicente Fox, el más cercano competidor en ese momento del gobierno.

Sin embargo, de entonces a la fecha ha perdido 20 puntos, y se ubica en 61% de aprobación al mes de diciembre. Con ese nivel, se encuentra por debajo de Felipe Calderón, en el mismo momento del sexenio. De hecho, lleva 10 meses por debajo de su tan odiado antecesor. En defensa del Presidente actual, muchos afirman que mantener ese nivel, en una crisis doble como la que estamos viviendo, la peor en un siglo, es un éxito incomparable. No estoy seguro de ello. Conviene recordar que Felipe Calderón llegó a la presidencia en el momento más bajo de la política mexicana reciente, con la acusación, jamás probada, de un fraude electoral; con la oposición activa de un tercio de los legisladores, las calles tomadas, y amenazas de violencia. Todavía más, Calderón tuvo que enfrentar en sus primeros dos años el mayor incremento en el costo del maíz que se había registrado, por la errónea política energética estadounidense, que utilizó el etanol derivado de maíz como complemento de la gasolina.

En esos dos años iniciales, la pobreza en México se incrementó notoriamente: de 14 a 19% la pobreza extrema, y de 42 a 48% la pobreza total, medida como entonces se hacía, solamente por ingresos. De hecho, fue con Calderón que empezamos a medir la pobreza de forma más adecuada, y México se convirtió en líder internacional en ese tema. En septiembre de 2008 inició la Gran Recesión, que destruiría empleos a un ritmo similar al actual, de forma que para el mes 24 del gobierno, Calderón ya había resentido un golpe económico parecido al presente. Tres meses después, vendría la influenza. No importada, no evadida.

En esas circunstancias le tocó a Calderón llegar a la elección intermedia, y lo hizo con 67% de aprobación. Sin embargo, tuvo una de las más grandes derrotas en esos comicios. No es de sorprenderse, los dos presidentes anteriores, que también llegaron en un momento de gran popularidad a la elección (Fox con 60%, Zedillo con 55%) también fueron derrotados. Es curioso que el único presidente (en democracia) que ha llegado a esa elección con una popularidad inferior a 50%, Peña Nieto (apenas 39%), es el que logró obtener mayoría en la Cámara de Diputados.

De toda esta información podemos concluir varias cosas interesantes: primero, que a pesar de un trabajo de propaganda incomparable con cualquier gobierno previo, López Obrador no es el presidente más popular, ni nada cercano. Segundo, que la popularidad presidencial no tiene relación con el triunfo en las elecciones intermedias. Tercero: que nadie había logrado destruir su popularidad a la velocidad de López Obrador. Peña requirió más de tres años para perder 20 puntos.

Tal vez por eso le importa tanto a López destruir adversarios, organismos autónomos y, al final, la democracia.

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