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Gil cerraba la semana convertido en polvo de arroz. Gil asistió a la presentación del libro de Héctor de Mauleón, La ciudad oculta (Planeta, 2018), en la Casa de los Azulejos. De Mauleón y Pérez Gay charlaron de este exitoso libro sobre los misterios revelados de las calles de la ciudad a través del tiempo. Se trata en realidad de dos libros refulgentes, en el sentido literal de la palabra. No hay que engañarse, no se trata de un libro de crónicas, estas páginas son mucho más que eso, quien se acerque a estos textos estará cerca de un libro de pequeños ensayos personales, ese momento en el cual un autor inquiere a su alma sobre temas fundamentales de la vida, en este caso la ciudad y sus claves y enclaves, sus enigmas descifrados. Tepito, Miroslava, el Hotel del Prado, La Merced, Monsiváis, los primeros taxistas, la Malinche, de esto y mucho más trata La ciudad oculta. Gil ofrece tres cápsulas de este libro.

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Chapultepec a la una de la tarde

Hay ciento cinco especies de árboles en el bosque de Chapultepec. Algunas han llegado desde lejos, atravesando el tiempo. Unas cuantas, incluso, lo habrán visto todo, esos años que Novo resumió en un relámpago: “Aquí los reyes aztecas, finos y civilizados, vivieron, se bañaron, aquí los adustos virreyes meditaron la convalecencia de transportar la ciudad a la firmeza seca de las lomas, aquí murieron los héroes niños bajo las balas del invasor; aquí Carlota escandalizó a las damas gordas de su corte de honor al madrugar para —¡Jesús mil veces, Carlota!— montar a caballo; aquí Elihu Root, aquí don Porfirio, aquí don Poncho, aquí Obregón, aquí Calles —cuando Azures: aquí vive el presidente, y el que gobierna, allí enfrente—, aquí Portes y Abelardo…”

El bosque de Chapultepec, fue diseñado por José Yves Limantour, el ministro de Hacienda de don Porfirio, para que la Ciudad de México tuviera su propio bosque de Bolonia. El ministro había creado una junta, a cuya cabeza estuvo Miguel Ángel de Quevedo. Se le encargó embellecer el paraíso silvestre que desde la muerte de Maximiliano sufría de un severo deterioro. Bajo la supervisión de Limantour, el bosque se ensanchó: se le pusieron rejas, se sembraron cincuenta mil árboles, se trazaron nuevas calzadas, se trajeron estatuas de Europa, se crearon lagos artificiales, se tendieron puentes colgantes y se abrió una multitud de quioscos destinados a vender aguas frescas, tortas compuestas, diversas golosinas.

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El secreto de Miroslava

El cadáver de la actriz Miroslava fue encontrado en esa posición que los peritos denominan “decúbito dorsal derecho”. Tenía los dedos amoratados, “signo incuestionable de envenenamiento general, y en un gesto sospechosamente explícito sostenía en la mano izquierda tres cartas metidas en sobres de correo aéreo. En la alcoba de la muerte, como la calificó el legendario reportero Edmundo El Güero Téllez, fueron encontrados la fotografía de un amor frustrado —el torero español Luis Dominguín— y varios frascos de barbitúricos. Un periodista gráfico imprimió una placa en la que se aprecia el hilo de sangre que bajó por la nariz de la víctima y se le enredó en un dedo como un anillo. Era el rastro de la boda de Miroslava con la Muerte.

Más información: http://bit.ly/2WMWuv2

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