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Foto: W Radio

Los cuerpos llegan al área de patología en camillas metálicas, apenas cubiertos de viejas sábanas blancas, y sólo unos cuantos están dentro de bolsas negras o grises, a las que han puesto un apresurado nombre con cinta y plumón. La prisa de la muerte los ha dejado allí, en una sensación de abandono y amontonamiento.

Sí, aquí en el hospital General Regional 72 del IMSS hay prisa. Prisa por no infectarse, prisa por darse abasto para atender a tantos pacientes, prisa por tener equipo de protección para el personal médico y, sobre todo, prisa por vencer la muerte.

Pero no alcanza, ni la buena voluntad ni el esfuerzo. Desde finales de febrero pasado este hospital fue declarado “zona cero”. Así de la noche a la mañana se convirtió en uno de los epicentros de la guerra por salvar a enfermos del virus. Cerraron puertas con cadenas. Pero los espacios pronto se fueron extendiendo en los pisos y hubo que colocar plásticos improvisados en los pasillos, que al salir de los elevadores alertan que se está ingresando a un área infectada. Unas cartulinas multicolores escritas con plumón negro, elaboradas por las enfermeras, confirman frente a dónde se está parado: “Extensión de la zona cero”.

No es lo único que se ha improvisado. Más bien todos aquí han tenido que improvisar. El primer costo, en siete semanas 91 integrantes del personal médico, entre generales y especialistas, personal de enfermería, residentes y camilleros debieron ser incapacitados en sus casas por enfermedad. No a todos les han hecho las pruebas, sólo a 48 y salieron positivo, el resto tiene síntomas idénticos a sus compañeros, pero sólo se les considera sospechosos de Covid-19.

Eje Central entrevistó a más de una decena de integrantes del equipo de salud del Hospital 72, revisó videos, fotografías y documentos que confirman las pruebas a los que más de 40 de ellos se han sometido y han salido positivos. Este es el relato de quienes hoy todavía no reciben el equipo necesario, pero aun así pelean por la vida y en ese camino también sobrevivir.

Ya estábamos en Fase 2

Hay uno que falta y al preguntar nadie sabe por qué, es el director del hospital, Ramón Armando Sánchez Tamayo, quien desde hace 15 días está incapacitado.

De estos muertos, los que de gota en gota cada vez con mayor velocidad llegan a la zona de patología, oficialmente sólo algunos murieron por Covid-19. La mayoría no alcanzó una prueba, pero al igual que los que sí salieron positivos a coronavirus presentaron insuficiencia respiratoria, aunque su acta de defunción dice neumonía atípica.

Los primeros en alertar hace tres semanas fueron los médicos de Medicina Interna. Detectaron la llegada de enfermos con síntomas de Covid-19, el único requisito que no cumplían era haber viajado al extranjero ni tener un familiar cercano que lo hubiera hecho. Estaba México oficialmente, por indicación de las autoridades de salud, en Fase 1. Lo que públicamente no se sabía entonces, en la  tercera semana de marzo, es que en realidad el contagio comunitario había comenzado y se estaba extendiendo.

Los directivos del Hospital “se lo tomaron a la ligera. No se establecieron protocolos ni filtros”, cuenta uno de los médicos del hospital. El mayor de los problemas es que entonces no se les dotó de equipo especial, algo más o menos parecido al que sale en las fotos de distintos países, acá no, no había nada de eso.

La atención en piso no se detuvo. Los médicos, enfermeras y enfermeros continuaron atendiendo pacientes, sólo que no les dieron tapabocas N95, ni batas desechables, ni filipinas, ni googles, ni botas quirúrgicas, ni nada.

Cada vez más

Entonces los muertos comenzaron a acumularse. Los patólogos fueron los siguientes en alertar a las autoridades sobre el riesgo real y latente de infección en su área y el resto de los edificios, porque no fue sellado ni se implementaron los protocolos.

La zona quedó atrapada. Las sábanas de los pacientes se han ido acumulando en los pasillos, en los carritos y en bolsas de plástico, lo mismo que las batas de tela. El área de esterilización trabaja a marchas forzadas y con limitada capacidad.

La limpieza se seguía y se sigue haciendo con los mismos trapeadores, no se dio separación real de áreas, salvo por esos plásticos y cartulinas que cuelgan en los pasillos. Aunque se decidió subir por un solo elevador a los pacientes sospechosos sólo se le puso un cepillo de escoba para que nadie pasara por el lugar, pero no hay una ruta de acceso separada.

Las primeras batas quirúrgicas para el personal se deshacían. Los googles se rompían. El tapabocas que les dijeron era N95 resultó una parecida imitación. Lo único que servía eran los guantes, pero no les daban suficientes para cambiarlos constantemente.

Una tarde llegó un paciente con insuficiencia respiratoria. Los primeros datos de la familia hicieron sospechar a los médicos que podría ser Covid-19 por los síntomas y el cuadro clínico. Lo debieron intubar. Le hicieron la prueba, pero llegó cuando había muerto, era positivo. Antes de saberlo, su cuerpo pasó varias horas en el pasillo de patología, cerca de los elevadores, por donde pasan camilleros, médicos, enfermeras y enfermeros.

Ningún miembro del equipo médico que lo atendió, ni hasta su traslado a la morgue, tenía equipo especial de protección. La bomba se había desatado.

Una cadena

Al principio el personal de salud no dimensionó el grado desde contaminación del Hospital. Los casos se fueron presentando en distintas áreas, se incapacitaba algún médico residente o enfermera al sentirse mal y mientras llegaban los resultados de las pruebas se fueron de incapacidad.

La información estuvo dispersa en las últimas tres semanas, porque no se estableció, por parte de la dirección general, un registro sobre las personas enfermas de las diferentes áreas hospital.

Ante los rumores de que se sumaban casos de contagio entre el personal médico. Los primeros en reaccionar fueron los médicos residentes, quienes comenzaron con un registro documentado con pruebas de cada caso.

De acuerdo con los documentos en poder de Eje Central, son 29 los médicos residentes y residentes geriatras, los que se han infectado, de ellos 18 tienen pruebas que respaldan que padecen del Covid-19.

Pronto el resto de las áreas hospitalarias fueron recabando datos y resultó que en la lista de personas infectadas se encuentran, hasta el cierre de esta edición: dos camilleros, dos enfermeros, cuatro enfermeras (una de ellas en terapia intensiva del hospital), siete internos de pregrado, tres jefas de enfermeras, un manejador de alimentos, y dos técnicos, uno radiólogo y otro electrocariografista.

Además 40 médicos en distintas especialidades: medicina interna (una de ellas ya fue intubada), pediatría, cirugía general, cirugía pediátrica, geriatría, ginecología, neumología, patología, pediatría, urgencias y urología.

Esa lista la respaldan los exámenes y hasta las facturas que muchos de ellos que tuvieron que pagar en hospitales particulares, porque el IMSS no tenía disponibles para aplicarles.

El personal médico sostiene que en ninguno de esos casos ha sido integrado a un estudio de caso como el que mencionó esta semana el director del IMSS, Zoé Robledo, al asegurar que no existió un brote interno en el hospital sino que en otros lugares adquirieron el coronavirus.

Para el personal de enfermería o los médicos ya es irrelevante de donde proviene el brote, lo importante es contar con el equipo de protección de calidad y suficiente para atender a los pacientes.

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