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Foto: Cuartoscuro

Cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador decidió hacerla de Víctor Frankenstein y crear a Morena lo hizo utilizando figuras históricas de la izquierda, personajes puros que nunca habían militado en otro instituto político, el cascajo de otros partidos y sujetos de muy dudosa reputación. Por eso no sorprende que esa especie de experimento de la política mexicana carezca de sentido de identidad.

La cohesión es una palabra que no está en el diccionario morenista porque el único tornillo que los cohesiona es el residente de Palacio Nacional, y cuando les falta ese tornillo, literalmente, enloquecen. Su propio creador se avergüenza de su monstruo y con razón.

La elección de su dirigencia se convirtió en una verdadera batalla campal, donde la corrupción ha sido protagonista. El actual presidente Alfonso Ramírez Cuéllar denunció que su antecesora, Yeidckol Polevnsky, pagó obras que no fueron realizadas, desvió dinero y desfalcó al partido. Por su parte, Porfirio Muñoz Ledo acusó a su correligionario Mario Delgado de desviar recursos de la Cámara de Diputados para utilizarlos en su campaña para dirigir Morena. Se llevan fuerte.

En este caos morenista, el Instituto Nacional Electoral, sin deberla ni temerla, es el que ha tenido que pagar los platos rotos de unos políticos incapaces de ponerse de acuerdo para elegir a sus dirigentes. En efecto, la imposibilidad de que el monstruito actuara civilizadamente hizo que pidieran la intervención del INE como árbitro y éste decidió realizar una encuesta en la que nadie quedó satisfecho. Porque en lo que sí se parecen todos los morenistas es que no saben reconocer resultados de ningún tipo. En eso le sacaron a su creador.

En los próximos días se sabrá quién será el presidente de Morena. Hay un empate técnico entre Muñoz Ledo y Delgado. Este último ha demostrado que la lealtad al Presidente y a su padrino político Marcelo Ebrard está sobre todas las cosas, incluyendo su propio prestigio e imagen. Les ha ofrecido como ofrenda la Cámara de Diputados, sometiendo a una parte del Poder legislativo a los caprichos y deseos del Ejecutivo.

El último eslabón de esta cadena de entreguismo fue cuando movió cielo y tierra para que se aprobara la desaparición de 109 fideicomisos tal y como fue ordenado desde Palacio Nacional. Fingió escuchar a investigadores, científicos y artistas para después darles la espalda. Tenerlo dirigiendo Morena finalmente coronaría su sumisión y les abriría terreno a los planes del secretario de Relaciones Exteriores.

Muñoz Ledo, en cambio, será la constante piedra en el zapato no sólo para el canciller contra quien dirigió sus flechas, sino, además, para el propio Presidente, pues el octogenario legislador no ha mostrado ningún empacho para cuestionar algunas de sus decisiones. De ser uno de los más grandes camaleones de la política, pues lo mismo ha pertenecido al PRI, al PRD, al PT, al Partido Auténtico de la Revolución Mexicana que a Morena, se convirtió en un crítico de su propio partido e incluso ha mostrado una lucidez que sus propios compañeros han perdido.

El multipartidista diputado tiene una ventaja que lo convierte en un peligro para Delgado y sus aliados: no tiene nada que perder.

La batalla que se está viendo no es sino el inicio de una guerra fratricida; cuando empiecen a seleccionar a los candidatos para los distintos cargos que se disputaran en la elección del próximo año, se verá de lo que son capaces los morenistas. En estos momentos Morena es el partido con mayor preferencia electoral, pero esto sólo sucede porque es el partido de López Obrador, sin él, el partido guinda quedaría desnudo y demostraría lo que en realidad es: un monstruito viviente.

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