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Foto: Instagram

Durante la promoción de mi libro El día que cambió la noche. Memorias de un noctámbulo en la Ciudad de México (Grijalbo, 2016), una mañana recibí un mensaje de la editorial: Armando Manzanero quería entrevistarme para su programa de radio, que se grababa en la sede de la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM), en Coyoacán.

El día acordado, después de una breve espera, llegó el maestro y nos dirigimos a la cabina donde viví una de las experiencias más extrañas de mi vida como periodista: me encontraba frente a frente con el compositor de “Esta tarde vi llover”, “No sé tú”, “Adoro” y tantas otras canciones que forman parte de mi educación sentimental, y yo tendría que responder en vez de formular las preguntas. Antes de comenzar, eso sí, le dije que su música me había acompañado desde que en la adolescencia escuché a Angélica María cantar “Somos novios”.

Platicamos de la noche y la ciudad, de cabarets y centros nocturnos desaparecidos, de viejos y maravillosos intérpretes. En medio de una respuesta, me interrumpía para decirme: “Eso lo viví” o “Es cierto” o para contarme alguna anécdota. Hablamos de Angélica y Carlos Lico, de Fernando Fernández y Marco Antonio Muñiz, a quienes llamaba sus maestros, del Blanquita y El Patio, de la ciudad que conoció a los 20 años, cuando llegó procedente de Mérida para estudiar con José Sabre Marroquín, autor del célebre bolero “Nocturnal”, con letra de José Mojica.

El Maestro ojeaba el libro e hilvanaba nuevos recuerdos, confiado en su memoria prodigiosa, “más fiel que un perro hambriento”, como escribió en su autobiografía Con la música por dentro (Planeta, 1995), donde rinde homenaje a su abuela Rita, con quien vivió sus primeros años. Era pobre, solo hablaba maya, pero lo quiso más que a nadie y le descubrió la belleza de la música. “Mi pequeño caballero”, le decía.

Al terminar la conversación pactamos un nuevo encuentro que nunca se realizó, lo lamento. Era, sin duda, un gigante en el extraordinario universo de la canción.

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