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En 2008 el gobierno mexicano, presionado por Estados Unidos, aceptó que los vuelos privados procedentes del sur tuvieran un primer aterrizaje obligatorio en Cozumel o Tapachula.

La medida interrumpió el paso aéreo de cocaína a territorio mexicano, y de éste al otro lado. El jefe del cártel de Juárez, Amado Carrillo Fuentes, era llamado El Señor de los Cielos porque en su flotilla de aviones con cocaína proveniente de Sudamérica no se ponía el sol.

Bajo las nuevas restricciones del flujo aéreo, el paso de la droga por tierra se volvió asunto de vida o muerte para las bandas mexicanas.

Se creó una nueva realidad territorial: para seguir traficando había que controlar las rutas y las ciudades por donde cruzaba la droga.

Las bandas fueron obligadas a desplegarse físicamente por toda la República. Empezó así la gran batalla no por los cargamentos, sino por los territorios, una lógica de guerra universal entre bandas bien armadas, que luchaban a muerte por el dominio de plazas y rutas hacia los pasos fronterizos de mayor rendimiento: Tijuana, Ciudad Juárez, Nuevo Laredo, Matamoros y Reynosa.

El cártel del Golfo y Los Zetas acabaron luchando por el control de Tamaulipas contra el cártel de Sinaloa, de El Chapo Guzmán.

El cártel de Sinaloa peleó por Ciudad Juárez contra el cártel de Juárez, de Amado Carrillo Fuentes, y mantuvo su guerra contra el cártel de Tijuana, de los Arellano Félix.

Ambiciones y traiciones rompieron por dentro al cártel de Sinaloa y desataron una guerra intestina contra sus antiguos aliados, los hermanos Beltrán Leyva.

Para 2010, el cártel de Sinaloa sostenía cuatro guerras simultáneas: 1. Contra Los Zetas y el cártel del Golfo, 2. Contra el cártel de Juárez, 3. Contra el cártel de Tijuana y 4. Contra su propia escisión interna.

Más información: http://bit.ly/32EuBsi

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