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Gil cerraba la semana oscuro como la noche. Caminaba sobre la duela de cedro blanco y una mano invisible lo llevó a este libro puesto en uno de los libreros del amplísimo estudio: Narcocorridos. La música de los capos, guerrilleros y el México profundo de las drogas (Ediciones B, 2017) de Elijah Wald, músico y escritor de libros de aventón, por llamar así a sus crónicas de viajes. Gil olvidó que había leído este libro, malditas benzodiacepinas, y al abrirlo encontró algunos subrayados de los capítulos dedicados a Sinaloa. Gilga arroja algunos pasajes a este trozo de la página del directorio.

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La razón principal por la que vine a Sinaloa fue para investigar la leyenda de un mártir moderno, aunque había planificado mi viaje para que coincidiera con el día del santo Malverde. Rosalino Chalino Sánchez es uno de los escritores de corridos que no estaría disponible para mis entrevistas, es también el que ha impuesto el último grito de los corridos de los jóvenes gangstas sinaloenses que dominan el panorama desde Sinaloa hasta Los Ángeles. La leyenda de Chalino comienza así: cuando era niño un hampón violó a su hermana. Cuando tenía quince años, Chalino se encontró con el violador en una fiesta, se le acercó y sin decirle una sola palabra, lo mató a balazos. Se fue a vivir a Los Ángeles con una tía. Tuvo varios empleos de los que les ofrecen a los ilegales. Medio legítimos y a medio sueldo. También trabajó de socio con su hermano Armando, pasando drogas y personas de México a Estados Unidos. En 1984 mataron a su hermano a tiros en Tijuana. El primer corrido que escribió fue para su hermano, para conservar su memoria.

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En esa época, Chalino se metió en problemas con la ley y fue a dar a la cárcel. Ahí comenzó una nueva carrera. Les escribía canciones a los presos y se las vendía, por dinero o por favores. Eran corridos donde los presos eran los protagonistas. Tenía una facilidad natural para escribir canciones. Cuando logró su libertad ya lo solicitaban los narcos de poca monta y los hombres duros de Baja California. Era un reportero musical que escribía a sueldo. Los clientes de Chalino querían un casete con su corrido cantado por una banda. Él no se consideraba cantante, así que contrató a un grupo de músicos, Los Cuatro del Norte, para grabar sus corridos. Luego él mismo cantaba sus corridos acompañado por el grupo. Así se convirtió Chalino en un cantante profesional. Tenía un don para cautivar al público.

Más información en: Milenio

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