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Foto: OEM

El muro de “paz” se convirtió en un muro de “dolor”. Una ofrenda a las miles de víctimas: las que ya no pueden hablar, las que tienen miedo de hacerlo, las que no saben cómo. Un discurso hueco en Palacio Nacional, donde lo único sólido son esas vallas puestas como afrenta, como un monumento a la omisión e indiferencia. “Nos gritan, pero ni así las escuchamos”. Una valla metálica vuelta acto solidario, sororidad, como debe decirse, entre quienes han podido salir a las calles e iluminaron los muros y dieron un lugar para el recuerdo de quienes ya no están. Fue, repito, una afrenta amurallar como nunca antes en la historia ese recinto que data del pasado; será una afrenta todavía mayor quitar esa barrera, porque las mujeres hemos encontrado la manera de reconfigurar lo que nos rodea para hacer un entorno más seguro para todas y todos en el futuro.

“No se trata de hablar de enemigos y de enemigas. El discurso de una persona, así sea el titular del Ejecutivo de nuestro país, no resuelve nada. Estos problemas no se terminan con un decreto, no se terminan con la simpatía o no del señor hacia un movimiento digno, un movimiento necesario, pero, sobre todo, un movimiento que justo ha venido avanzando y ha crecido porque nos siguen matando…”, sentenció Araceli Osorio ayer, en la mesa por el 8M que realizamos en Imagen Televisión. Un ejercicio de revisión, las mujeres que convocamos hace un año para evaluar lo que encontramos doce meses después, con una pandemia de por medio. Con la madre de Lesvy Berlín; también María de la Luz Estrada, directora del Observatorio Ciudadano Nacional de Feminicidios; Gabriela Jáuregui, escritora y activista, y Vivir Quintana, a quien le debemos Canción sin miedo, un himno para las feministas de éste y muchos otros países. Aquí, tras 53 semanas, nos encontramos con una brecha indeseable, imposible tratándose de un gobierno de “izquierda”, aunque previsible tras las posturas vistas en 2020.

En esa valla están pintados algunos, sólo algunos de los nombres de mujeres que han perdido la vida sólo por el hecho de ser mujeres. Y qué absurdo es que esto les parezca tan difícil de entender. En cada protesta, Presidente, cada consigna no es un llamado a la guerra. Son reclamos e invitaciones para reconocer los pendientes. También al compromiso, al trabajo conjunto. Las mujeres no somos sus enemigas, ni de usted ni de nadie. Y aun así, seguimos dentro de una cultura que se resiste, por ustedes, a cambiar, pero que a nosotras nos obliga a preguntarnos todos los días por qué nos están matando.

Con un presunto violador a punto de competir por una gubernatura, con un equipo de seguridad en la azotea de Palacio Nacional para impedir el sobrevuelo de drones, con los varios acuses de recibo pendientes, sólo tuvimos el que, contracorriente, entregó Claudia Sheinbaum, así llegamos a este 2021. A las mujeres nos toca poner a salvo este movimiento. Ya, nunca, un paso atrás. No caeremos en la tentación de hablar de feminismo “bueno” y “malo”. Sus vallas las volveremos antimonumentas, así queden a la puerta de su casa, Presidente. Sus vallas no serán motor para la división entre nosotras, porque hablar de violencia de género nos une a todas y lo que buscamos es que nos una a todos. “Si no nos quieren en las calles, que resuelvan…”, afirmó Araceli Osorio. No es tan difícil entenderlo.

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