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La irrupción de las redes sociales fue recibida con gran entusiasmo por su potencial para enlazar a millones de personas y permitir un flujo de información sin censuras. Hace apenas unos años se decía que las redes serían una palanca para ensanchar y afianzar la democracia.

Ahora estamos ante un nuevo y muy distinto consenso, según el cual estas nuevas plataformas más bien han pervertido los procesos democráticos al crear burbujas informativas, radicalizar la política y favorecer el ascenso de movimientos antisistema.

La realidad es más compleja de lo que ambas interpretaciones sugieren. Para muestra basta ver lo que está ocurriendo en Estados Unidos con Trump y el resultado de la elección en Reino Unido que dio el triunfo a Boris Johnson.

En Project Syndicate, Jeffrey Sachs se pregunta por qué en dos de las democracias más veneradas accedieron al poder “mentes desordenadas”, personajes que mienten y que no respetan la democracia. Su respuesta pone el énfasis en el abandono de las causas populares por parte de los partidos de izquierda y en sistemas electorales que no representan proporcionalmente a los ciudadanos.

En la explicación de Sachs no figuran las redes sociales. Y es que en ambos países la radicalización se ha dado en los votantes más viejos, los de menor escolaridad, aquellos que se sienten amenazados por la globalización y la tecnología; es decir, los electores que menos usan las redes para informarse y comunicarse.

Más información: http://bit.ly/2K4Uhar

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