Recomendamos: ¿Qué hacer con Canal Once?, por Julio Patán

Foto: Especial

Hace unos días, Estefanía Veloz, que co-conduce un espacio en Canal Once, se dejó ir contra Héctor de Mauleón. Habló de su “mala fe” hacia Hugo López-Gatell, lo acusó de promover “desinformación”, de “mentir” y “falsear datos”. ¿Por qué la arremetida? Por un retuit. En un acto que caló hondo en las filas gobiernistas, Héctor se hizo eco de la desesperación de una mujer cuya hermana, gravísima de COVID, con una oxigenación —escribió— del 20%, no era admitida en hospital alguno. El argumento de Estefanía ya lo conocíamos: que nadie puede vivir con un 20% de oxigenación. Lo esgrimió con astucia obsecuente Pedro Miguel en La Jornada y luego retumbó en Palacio Nacional, amplificado por el presidente y López-Gatell. Que Héctor mentía, pasaban a informarnos. Que pura mala voluntad. Pero no mentía: la enferma murió de esa forma terrible. Su hermana nos lo acaba de recordar.

El intento de usar lo de la oxigenación para poner en duda la historia es comprensible. Ante la catástrofe de la estrategia de López-Gatell, el gobierno se empeñó en el argumento, de suyo malísimo, de que había camas de hospital disponibles (un logro dudoso cuando muere tanta gente en su casa). El retuit de Héctor nos pone en la pista de que, según todos los indicios, es también falso: las camas, en la Ciudad de México al menos, están a nada del lleno total, porque no hay sistema de salud que aguante una mortandad como la que nos rodea.

El episodio es elocuente. Lo es porque le da la razón en algo al presidente: hay algunos, en el oficialismo, que harían bien en evitar, ya, el término “empatía”. Pero lo es sobre todo por lo que nos dice de la TV cultural.

En México no tenemos televisión pública, sino gubernamental, porque la elección de sus directivas depende del poder ejecutivo. No es nuevo: lo mismo pasaba con el PRI y el PAN. Ese modelo tuvo, con todo, buenas consecuencias, como ilustra Canal Once, que por un lado ofreció siempre alguna programación de buena calidad y por otro —este es mi punto— estuvo dominado siempre por cierto pudor.

Y es que el propagandismo obsceno como el que vimos esta semana, perdón, es nuevo, y se ha extendido como el cáncer por el canal del Politécnico. Recuerden sino los episodios que protagonizaron John Ackerman y Sabina Berman en John & Sabina, programa en el que se entregaron —uno y otra, sí— a un propagandismo no menos estridente.

¿Qué hacer con Canal Once? Lo que de hecho hacemos ya: ignorarlo, y al ignorarlo ver cómo, otra vez, este gobierno tira nuestro dinero en inutilidades a mayor gloria de. A propósito, el programa se llama De buena fe. En serio.

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