Premio Nacional de Protección Nacional

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Foto: Grupo Reforma

La pandemia ha hecho emerger a la superficie las grietas de una nación fracturada. Un país quebrantado por la desigualdad, la violencia y la agudización de diferencias entre los estados. A estas dolencias se suma ahora, también, la incertidumbre política por la división y la clausura de puentes de dialogo que dinamita la polarización. En la “nueva normalidad”, el confinamiento sanitario es una pálida metáfora del aislamiento, en este caso ideológico o de visión de país, y disrupción de consensos del gobierno y los principales actores para reconstruir el futuro del país poscovid.

Ese estado de la nación puede resumirse en la declaración de López Obrador esta semana sobre la apuesta de sus “adversarios” de que “nos llevará el tren económicamente, no será así”. Se prepara para choques “duros” o “blandos” de los que tanto hablan en su círculo cercano para azuzar las estrategias radicales. Pero, independientemente de la narrativa “golpista”, la expresión muestra el peligro de apostar al desgaste con pulsiones suicidas y cálculos erráticos, como pensar que cuanto peor le vaya, mejor le pueda ir a nadie. También revela el encono en los círculos de poder por una estrategia de confrontación que abre frentes aquí y allá con empresarios, gobernadores, oposición e, incluso, en la coalición gobernante. Además, la lucha encarnizada que se abre con el desconfinamiento hacia las elecciones de 2021 se ceba a diario en la confusión de datos de la pandemia y la profundidad de la recesión económica o mensajes de intolerancia hacia cualquier crítica. Y, por otro, llamados de opositores a armar movimientos para deponer al Presidente.

Los puentes de comunicación entre los actores políticos están rotos en momentos en que lo más urgente es restablecer canales de diálogo e interlocución en espacios institucionales ante la catástrofe sanitaria y económica que se avecina. Las decisiones políticas que requiere el país no pueden secuestrarse por dogmas que ya pocos sostienen en el mundo, como el neoliberalismo, o doctrinas anacrónicas como el nacionalismo.

Deben ser tentativas de soluciones concretas y factibles para la conciliación de intereses frente a la exacerbación de desequilibrios en cuestiones clave para la estabilidad, como la reactivación económica, el pacto fiscal o la coordinación con los gobernadores para el desconfinamiento. La incertidumbre política es gasolina para el pasto seco del desempleo masivo que regresará a 10 millones de mexicanos a la pobreza.

El temor que expresan las élites adversas a López Obrador no debe llevar a perder de vista que la lucha política dentro de las instituciones es el único dique contra la violencia. El gobierno comete un error si creyera poder solo con la destrucción de más de un millón de empleos en los tiempos del coronavirus o recuperar el espacio del que hace más de una década fue desplazado por los empresarios como principal motor económico; menos aún sin recursos por la caída de ingresos tributarios de 400,000 millones este año, el monto de los programas sociales. La apuesta a concentrar los recursos del erario en empresas estatales y sus programas es la ingenuidad de pensar que el capitán de un barco puede prescindir de la tripulación.

Del otro lado también sería un desacierto pensar que los estados o los empresarios pueden salir adelante si desaparecieran al Presidente. Lo único que provocarían serían movimientos desordenados, principalmente contra la autoridad, pero de todos los niveles y colores partidistas en la mira de indignados y marginados que ya en la pasada elección se pronunciaron contra el statu quo, aunque las élites parecen no haber acusado recibo.

¿Quién puede, desde el Gobierno, reconstruir los puentes con otros actores si el Presidente prefiere la confrontación y el activismo político? López Obrador reactivará sus giras a los estados cuando el país no necesita activismo político ni mensajes confusos, sino acuerdos con los gobernadores o conciliación en los distintos frentes abiertos por la confrontación. El país requiere de una inyección de confianza y propuestas políticas para saber que emergerá después de la crisis. Por ello, el mayor riesgo no es sólo la preservación del gobierno en la crisis, sino las oportunidades para contener, después, un país polarizado. El corto circuito de los canales institucionales es la mayor amenaza para cuidar la paz social.

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