Recomendamos: Periodismo y ciudadanía, por Fernando Escalante Gonzalbo

Especial

Entre los titulares de El Mundo, de Madrid, la semana pasada, había uno que era imposible saltarse: “Lukashenko reparte a enfermos de Covid por las celdas para contagiar a todos los presos”. Por supuesto, en la noticia no había nada de eso. Era una entrevista con la líder de la oposición bielorrusa, Svetana Tijanovskaia: incluía una foto suya como para revista de modas y cinco o seis párrafos de nada. El reportero hizo lo que pudo, insistió en la autocracia, la violencia, las torturas, pero solo consiguió unas cuantas declaraciones de heroísmo prêt-à-porter. Solo al final, en la última respuesta, está la frase del titular, sin más explicaciones. La idea es extraña, por decir lo menos, la logística de una operación así sería una novela de humor negro, y sin más datos ni fuentes, la frase es de las que un periodista serio procuraría eliminar de su texto. En El Mundo es el titular. En parte porque se trata de Bielorrusia, y todo vale, en parte porque hacen falta titulares truculentos, pero en parte también porque nadie va a pedir cuentas al periódico por publicar eso.

Lo malo no es que sea propaganda, sino que es mal periodismo. Es solo un caso, sucede en todas partes: revise usted los titulares de cualquier periódico, cualquier día.

No son buenos tiempos para la prensa. Está amenazada en primer lugar por los nuevos medios, por la posibilidad de comunicación instantánea, barata, que prácticamente cancela su función en la transmisión de novedades. Junto con eso, está la decadencia del papel, de las formas tradicionales de circulación, difusión y lectura, y la multiplicación de ofertas de lectura en línea. Y desde luego, la disminución de las suscripciones y la caída de ventas de publicidad. Todo eso junto hace que sea necesario imaginar otra manera de hacer periodismo, y otras maneras de hacerlo rentable. El problema es que casi todos los periódicos han optado por un contenido más barato, más escandaloso, en una competencia a la baja que los pone en el nivel del más irresponsable de los blogs, y precisamente renuncian a lo único que vale en el oficio, lo que hace que la prensa sea indispensable: atenerse estrictamente a la verdad —aunque sea incómoda, desagradable o aburrida. Y lo peor de todo, con la idea de protegerse entre sí, evitan muy cuidadosamente señalar los disparates de los demás periódicos: los titulares engañosos, las distorsiones, las mentiras, y en la práctica, sencillamente, entre todos amparan el mal periodismo, y garantizan que poco a poco se imponga como norma.

Los políticos de todas las inclinaciones ideológicas aprovechan el mal momento de la prensa, y arremeten cotidianamente (Trump, Erdogan, Bolsonaro, quien sea) contra los periódicos. Por supuesto, tratan de desmentir noticias adversas, pero no solo eso: tratan sobre todo de desacreditar a los medios tradicionales para favorecer las formas más flexibles, irresponsables y mendaces de los nuevos medios. El problema es que el ejercicio de la ciudadanía tal como la conocemos depende absolutamente de la prensa: de un periodismo que se atenga a los hechos, con perfecta claridad, un periodismo que ponga el piso para cualquier discusión posible. Eso es lo que está en juego.

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