Recomendamos: #NoNosCallarán, por Yuriria Sierra

Foto: Twitter

Denise Dresser: “Mi primera amenaza de muerte, en 2006. Luego de esa elección turbulenta, en la cual voté por AMLO, pero me deslindé de su comportamiento poselectoral, llegó el primer macanazo a mi correo electrónico: ‘Andrés Manuel te manda decir que tienes dos opciones: irte del país o un accidente automovilístico’ (…) Desde aquella primera amenaza, hace quince años, he recibido miles de mensajes similares o peores, de todos los bandos políticos, de priistas, panistas y anexas. Sólo que ahora Twitter y Facebook amplifican el vituperio verbal, la misoginia acendrada, el sexismo rampante que no rebate argumentos o ideas, y se centra en mi salud mental, mi sexualidad, mi edad, mi físico, mi género, la pareja que se me adjudica, el chayote que supuestamente recibí. Las redes se han vuelto tóxicas para las mujeres. Y no escribo desde la victimización; hablo desde la sororidad para acompañar a otras en vida pública, objetos de una violencia que desde las redes salta a las calles…”.

Alma Delia Murillo: “Llevaba un mes recibiendo una avalancha de agresiones en Twitter como resultado de mis columnas donde cuestionaba la posible candidatura de Félix Salgado Macedonio, el presunto violador. Intentaba manejarlo: silenciar, bloquear, no leer; incluso escribí un texto retomando los insultos recibidos para convertir el malestar en otra cosa. Pero noté que los mensajes donde amenazaban con matarme simplemente habían desaparecido y las agresiones habían cambiado: pasé de ser muy pendeja y muy vendida a muy puta, a leer que escribía mis críticas porque deseaba que me cogieran, que me violaran, porque, en el fondo, estaba admitiendo que me gustaba el sexo o a poco todavía era virgen…”.

Pamela Cerdeira: “Voy a violarte a ti y voy a violar tu hija, se refería a mi hija, de entonces 13 años, o a la que acababa de nacer y paseaba en ese momento arriba de una carreola. No le dije nada a mi esposo, no quería que sintiera lo mismo que yo estaba sintiendo. Porque, al final, parecía que la amenaza sólo estaba ahí, en mi teléfono y, claro, ahora en mi cabeza, que no podía dejar de darle vueltas (…) En los últimos 3 años los insultos han aumentado considerablemente. ¿Me protejo? Sí, he dejado de leerlos. Pero no protejo a los míos”.

Maité Azuela: “Abrí el sobre sin remitente, fue el primero de cuatro documentos de la correspondencia que me llamó la atención, por su tamaño media carta. Mi nombre como destinatario y el domicilio de mis padres venían impresos con letra pequeña con sello de un apartado postal. Saqué una hoja con mi fotografía ampliada, tomada de la que en ese entonces era mi imagen en El Universal, sobre ella habían rayado con pluma negra y mucha furia unos orificios sobre mis ojos, fosas nasales y labios, algunas gotas de tinta simulando lágrimas y una lista de insultos entrelazados con mi nombre y apellido (hija de puta, ratera, culera, mierda, cabrona, ratera), para rematar con la frase ‘te voy a matar’ sobre mi frente y debajo de la fotografía”.

Ellas, sólo algunas. En la lista de mujeres periodistas y columnistas que hemos sido amenazadas por expresar nuestra opinión, hay más nombres. Me atrevería a decir que casi cualquiera. Estefanía Veloz, Sabina Berman, Paola Rojas y quien escribe estas líneas, por mencionar sólo algunas más… Todas hemos sido blanco del hostigamiento, del intento de censura que llega desde el anonimato y la inmediatez de las redes sociales. Nos señalan un día de ser de izquierda, al otro de ser de derecha. La única intención es infundir miedo, hacer que nosotras mismas apaguemos nuestra voz. Sin embargo, ironías, lo único que logran son textos como estos: donde juntamos nuestras voces, las hacemos eco y una sentencia de que no nos van a callar.

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