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Las fiestas más antiguas de la Cristiandad celebraban de manera especial la Epifanía, es decir, el momento en que los Reyes Magos visitaron al niño Jesús en su pesebre de Belén. En otras palabras, celebraban el día en que fue revelada al mundo la existencia de Cristo. Era natural que así fuera, por esa razón, pero también extraño, pues resulta muy exigua la evidencia de ese episodio en la Biblia. El Evangelio de San Mateo es, de hecho, el único que habla de los “magos de Oriente”. San Mateo afirma que el niño recibió tres regalos: oro, incienso y mirra, pero no dice cuántos magos eran, ni qué edad tenían, ni cuáles eran sus nombres. Tampoco dice que fueran reyes (eran magos: hombres sabios). El pensador Orígenes dedujo que, como eran tres los regalos, debían también ser tres los magos; el teólogo Tertuliano otorgó a esos magos el atributo de la realeza. Ambas fueron invenciones del siglo III. Mi amigo Miguel Herrera me informa que sus nombres aparecen por vez primera en los llamados Evangelios Apócrifos, escritos en los primeros siglos del Cristianismo, sobre todo en el Evangelio armenio de la Infancia, capítulo V, que dice así: “Los magos eran tres hermanos: Melkon, el primero que reinaba sobre los persas; después Baltasar, que reinaba sobre los indios, y el tercero Gaspar, que tenía en posesión el país de los árabes”.

Sus nombres aparecen junto a sus imágenes en un mosaico bizantino del siglo VI realizado en Ravena, al noreste de Italia. El mosaico tiene una inscripción que identifica a los magos como Melchior, Gaspar y Balthassar. En el mosaico de Ravena, Melchior es representado como un joven que lleva una caja de incienso, Gaspar como un anciano que lleva una ofrenda de oro y Balthassar como un hombre de barba obscura (aunque el color de su piel es blanco) que porta un recipiente con mirra. Más adelante, Bede el Venerable, uno de los eruditos más destacados de la Edad Media, intercambió en el siglo VIII los rasgos físicos atribuidos a los dos primeros magos: Melchor, en su versión, es un anciano que ofreció el oro, símbolo de la realeza, y Gaspar un joven que honró a Jesús con incienso, símbolo de la divinidad (Baltasar, agrega, le dio mirra, que significaba que el niño al que adoraban debía morir en la Tierra).

Fue hasta el siglo XVI cuando el semblante de Baltasar, descrito hasta entonces como el más moreno de los reyes, cambió de pronto: asumió el color y la fisonomía de los negros. Así lo representan ya, en sus pinturas, Hans Memling, Albrecht Durer y Hieronymous Bosch, y más tarde Diego Velázquez, Pieter Paul Rubens y Giambattista Tiepolo. El cambio en la iconografía correspondía a los hallazgos de nuevas tierras y nuevos pueblos hechos por los descubridores del siglo XVI, así como a las necesidades de los evangelizadores que buscaron identificar a los reyes con los continentes: Melchor con Europa, Gaspar con Asia y Baltasar con África.

Más información: http://bit.ly/2MOCXYq

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