Recomendamos: La (no tan) nueva historia oficial, por Julio Patán

Foto: Cuartoscuro

Nadie puede acusar a este régimen de mirar al futuro. O tal vez sí: tal vez mira al futuro con dos ojos agudísimos, visión 20/20, en la nuca. Digo, hablamos de un gobierno que sueña con un paisaje retacado de refinerías, que le apuesta al carbón quemado y que pretende llenar al país de paraestatales.

Ese sueño tiene, por supuesto, un apartado que se llama “Historia de la Patria” o algo por el estilo, que en realidad debería llamarse “Nueva Historia Oficial”, aunque en realidad no es muy nueva que digamos, y que constituye, a la manera de los libros de texto que nos tocó leer a los que ya somos población de riesgo, una galería de personajes en blanco y negro.

Porque, sabemos, el relato prescinde de los tonos de gris, de los matices, de lo contradictorio o ambiguo, y se limita a clasificar a los protagonistas en buenos y malos.

Habrán escuchado al presidente hablar de historia. No hay medias tintas. ¿Zapata? Bueno. ¿Madero? Mega bueno. Un “Apóstol de la Democracia”, ya sabrán. ¿Huerta? Súper malo. ¿Porfirio? El diablo mismo: se rodeaba de científicos pero de los maloras, no como Hugo López-Gatell. ¿Cárdenas? Uy, buenazo: llenó el país de paraestatales y sindicatotes, aparte de que puebleaba muchísimo para estar con los humildes; con los dueños de trapiches y puestos de piña miel o barbacha. ¿Morelos? Rete bueno, aunque el presidente parece dudar de que él haya sido el autor de “Sentimientos de la nación”, que debemos atribuir a Vicente Guerrero.

Claro que nadie fue más malo que Cortés, tremendo manchado, ni, sobre todo, más bueno que Juárez, que venía del pueblo bueno, cuidaba al pueblo bueno y era, en fin, el blanco de ese negro que fue Díaz. Vaya, era tan bueno que Mussolini fue llamado Benito por él, de la misma manera que nuestro himno quedó clasificado como el segundo más chulo del mundo, apenas superado por La Marsellesa, y que al pulque le faltan dos grados para ser carne.

Decía que esto no es nuevo. La historia oficial, la historia inscrita en mármol, esa que cuajó en los libros de texto a que me refería –una creación de ese tremendo escritor que fue Martín Luis Guzmán, en su papel de fundador de la Comisión Nacional de Libros de Texto, y que tan a placer parodió en sus novelas el otro crac que fue Jorge Ibargüengoitia–, es el sello del priismo más rancio, que entendía las virtudes propagandísticas de forjar héroes de bronce: la Independencia y la Revolución, venían a enseñarnos los libros de texto, son el antecedente, las escalas previas, a esa utopía que es el priismo. Supongo que no hace falta desarrollar mucho las analogías con lo de la “cuarta transformación”.

Aunque tal vez soy injusto. Sí que hay algo nuevo: ¿alguna vez imaginaron que Leona Vicario, de haber podido, habría militado en el Partido Verde, hombro a hombro con Manolito Velasco?

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