Recomendamos: “Fabrizio como Zelig: la escritura camaleón”, por Guillermo Sheridan

“Es un curioso mecanismo mental: lee un libro y, si le gusta, concluye que quien lo escribió fue él.”

Me salpican a veces –pues rebotan por el tuiterío– las potentes eclosiones de inteligencia y cultura que padece el señor Fabrizio Mejía Madrid cada vez que usurpa a otros escritores, que en su caso es lo habitual.

Hace unos días publicó en el periódico oficialista un escrito titulado “Déjà vu”, en el que discurre sobre esa fisura neurológica que produce la sensación de ya haber vivido lo que se está viviendo ahora, la famosa “memoria del presente”, y la asocia con las teorías sobre el fin de la historia. Lo reconocí pero no como déjà vu (“lo ya visto”) sino como déjà lu (“lo ya leído”) en el ensayo del sobrevaluado Paolo Virno, “Déjà vu and the end of history”, en el que cucharea a Bergson y a Kojève dándoles crédito. Es obvio que Fabrizio sí sufrió un oportuno déjà vu al leer ese ensayo y lo recordó instantáneamente aunque, como olvidó que no lo había escrito él, lo firmó con su nombre.

Por ejemplo, escribe Paolo Virno que

Estamos ante una repetición aparente, ilusoria. Creemos que ya antes hemos sentido, o visto, o escuchado o actuado, algo que de hecho está ocurriendo por primera vez

mientras que Fabrizio escribe  

Estás haciendo algo y te asalta el recuerdo de que eso mismo ya ha pasado antes. Lo ya sentido, vivido o visitado habita extrañamente lo que está sucediendo por primera vez. 

Y así sucesivamente. Huelga decir que el nombre de Paolo Virno nunca aparece en el artículo “de” Fabrizio…

Quizás no debería extrañar que Fabrizio, intelectual orgánico al servicio del gobierno, mienta de esa manera. Si el presidente agrede cotidianamente a la prensa, Fabrizio agrede a los escritores que plagia, despojándolos de su libertad para vestirse con ella.

Es un curioso mecanismo mental: Fabrizio lee un libro y, si le gusta, concluye que quien lo escribió fue él. Es como Zelig, el personaje aquel de Woody Allen que se mimetiza con quienes lo rodean y aplaca así la irrelevancia de su pequeñez. Se le ha visto convertirse en cualquier cantidad de pensadores, para pasmo de los ingenuos que lo veneran en las publicaciones oficialistas, ignorantes de que su asombro no es causado por Fabrizelig sino por aquellos a quienes saquea, como Gilles Deleuze, Edward Said o Hannah Arendt (no, modesto no es Fabrizio).

Ya he comentado algunas de esas usurpaciones: aquí cuando se convirtió en Giorgio Agamben; acá cuando –para celebrar el genio político de López Obrador comparándolo con Tácito y Petrarca– se expropió a James Haskins; y acullá cuando se nacionalizó a Edward Said.

Luego de ver lo de Virno, me asomé a otros escritos recientes “de” Fabrizio. Parece haber desarrollado, por fin, cierta vergüenza. Más que el plagio sincero, el simple copy-paste que tanta fama le ha dado, practica ahora el cuchareo, como se le llama en la jerga académica al arte de parafrasear la información y las ideas de otro autor. Claro, es cuchareo si se da crédito al cuchareado, pues de otra forma es plagio. Pues Fabrizio nunca da crédito, convencido de que la información y la erudición son suyas por decreto oficial.

EL SENTIDO COMÚN

Hace poco Fabrizio lanzó una revista más de “la 4T”. Se llama Sentido común y su primer número está dedicado a alabar la reforma eléctrica del revolucionario institucional Manuel Bartlett. Es una revista tan importante que hasta Claudia Sheinbaum declaró que en ella está todo lo que se necesita saber sobre el tema. El director Fabrizio cuenta con un consejo de intelectuales robustos que fortalecen la conciencia nacional: Lorenzo Meyer, Rafael Barajas, Elena Poniatowska, Paco Ignacio Taibo II, Pedro Miguel, Enrique Semo y Elvira Concheiro (solo faltó Alejandro Gertz Manero, otro plagiario contumaz, que es el intelectual más exitoso de la Cuarta Transformación).

El sentido común como problema de la teoría política le interesa tanto a Fabrizio que le dedicó un escrito titulado “La oveja negra”, que es muy inteligente pues saquea Common sense: A political history y otros trabajos de la verdadera erudita Sophia Rosenfeld.

Luego de la obligada alabanza al presidente López Obrador por sostener que “no ser corrupto promueve una idea de la felicidad que es ajena a las posesiones materiales”, Fabrizio empieza a saquear a Rosenfeld. Si ella fecha el origen del uso político del sentido común en la Inglaterra de 1695, Fabrizio propone la misma fecha. Si Rosenfeld analiza el sentido común como un “saber real” contra el “escepticismo filosófico”, Fabrizio llega a la misma conclusión: el sentido común apareció como “un saber real que impidiera el escepticismo”. Si Rosenfeld narra que Henry Fielding escribió Pasquín en 1736,

la obra teatral más exitosa de la década, que se trata de la invasión y el triunfo de un poder foráneo llamado La Reina Ignorancia quien, con sus leales acólitos –el abogado, el médico, el cura–, logra asesinar a La Reina Sentido Común,

Fabrizio narra lo mismo:

Henry Fielding escribió una obra de teatro, Pasquín (1736), que comenzaba con el asesinato de La Reina Sentido Común a manos de la Reina Ignorancia, el cura, el medicastro y el abogado. Fue la obra londinense más vista de la década.

Si el periódico The Spectator “legitimó la divulgación de opiniones no expertas en la esfera pública” y no solo las de la corte, y “asumió la tarea de establecer la autoridad cognitiva de toda la población”, como escribe Rosenfeld, Fabrizelig camalonea la misma idea:

El paso de una esfera pública restringida solo a la corte del rey a una donde todo ciudadano podía opinar y hasta simplemente reaccionar, generó un cambio del sentir del pueblo a una facultad cognitiva compartida por todos.

Y así sucesivamente… No hay una sola idea que no venga del libro de Sophia Ronsenfeld, pero su nombre nunca aparece en el artículo “de” Fabrizio…

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