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Photo by JORGE BERNAL / AFP

Nadie está ni ha estado exento a que le digan, tras una equivocación, que la prisa es mala consejera. Nos ocurre a menudo, en la vida cotidiana, en la escuela, en el trabajo o en la casa, con nuestros vecinos, amigos o familiares. La modernidad ha ayudado a que cometamos más errores de esos, a los que uno no tiene sino que culpar a las malditas prisas con las que estamos acostumbrados a vivir.

Pero que felicitemos a alguien por su cumpleaños y decirle que nos vemos en la fiesta de esta noche, porque no leimos completo el mensaje que decía claramente: “la fiesta va a ser sorpresa”, no trae consecuencias mayores. El problema es cuando por las malditas prisas, el presidente Andrés Manuel López Obrador felicita a su homólogo de Bolivia, Evo Morales, el mismo 28 de octubre, por haber ganado unas elecciones que, oh, malditas prisas, ya estaban siendo cuestionadas por la oposición y terminaron, como todos sabemos, en la renuncia del mandatario que buscaba reelegirse ilegalmente.

Lo peor de todo es que no fue una vez. Fueron dos. El domingo 10, López Obrador felicitaba al pueblo boliviano por la convocatoria a nuevas elecciones que hiciera el entonces todavía presidente, “para evitar la confrontación y la violencia” en ese país. Malditas prisas. Horas después, comenzó el rumor en las redes: cayó Evo. Por la noche, el propio ex mandatario dijo que cedió el poder más bien por presiones y amenazas contra colaboradores y sus familias, y acusó un golpe militar.

Se entiende que nuestro presidente tiene simpatía y quizá hasta afecto por Evo. El personaje es una gente de pueblo, humilde, de sangre indígena, que ganó la presidencia representando la esperanza de millones de bolivianos a los que en 14 años gobernó con un principio bastante parecido al de la 4T de “primero los pobres”. Aunque allá no hay mucha austeridad que digamos, como lo demuestra el hecho que el presidente se mandó construir un nuevo Palacio Nacional de 120 metros de altura, a un costo de 34.4 millones de dólares, al que eso sí, ingeniosamente, llamó “La Casa Grande del Pueblo”.

Evo no fue muy austero en eso del uso del dinero público, como lo es, al menos en el discurso, este gobierno que lo admira, que condena su salida como presidente de Bolivia y que todo indica, lo recibirá con los brazos abiertos en su calidad de asilado. En su natal Orinoca, por ejemplo, en febrero de 2017, el hoy ex presidente inauguró un museo —cuyo objetivo fundamental es glorificar la historia de su vida— denominado “Museo de la Revolución Democrática y Cultural”.

Se trata de un edificio de más de una hectarea en la que se exhibe una estatua de tamaño natural de Morales, retratos con líderes mundiales, títulos de doctor Honoris Causa de varias universidades, camisetas de fútbol de su colección, recuerdos de su niñez, además de la trompeta que tocaba de joven, regalos que recibió y otras curiosidades; costó 7.1. millones de dólares, algo así como 140 millones de pesos. Lo peor de todo no es el culto a la personalidad de la que hace gala el “museo”, que la propia ministra de Cultura, Wilma Alanoca, calificó del “museo más grande y moderno del país”; lo realmente grave es que el lugar en el que se construyó, viven apenas entre 900 y 1.000 personas que todavía no salen de su asombro por la majestuosidad del edificio que contrasta con la pobreza general de la zona.

Más información en: SDP Noticias

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