Recomendamos: Elecciones intermedias y presidencialismo, por Francisco Javier Acuña

Foto: Cuartoscuro

Tres décadas después, conviene recordar, la emergencia democratizadora por la vía de las urnas en 1988 tornó el régimen de partido hegemónico por el régimen de partido dominante. Aquellas elecciones de las que asumió —en precario— la presidencia Carlos Salinas de Gortari para el mandato presidencial de 1988-1994 evidenciaron el supuesto agotamiento de un modelo autoritario de control parlamentario. Que muy pronto retoñó.

La densa tradición presidencialista mexicana hizo que de aquellos desastrosos comicios de 1988, el liderazgo presidencial afianzado en un discurso renovado y poderosas inyecciones de recursos públicos  para movilizar a la gente a las urnas fraguaran el repunte de ese histórico partido en las elecciones intermedias de 1991. Reconquistó el territorio perdido y alcanzó un inesperado triunfo. De 262 curules en 1988, el partido gobernante se hizo de 320 en 1991. Para medir la proporción, aquel partido oficial obtuvo 12 diputados más que los que consiguió —en solitario— ahora el partido que hace gobierno para el mandato parlamentario de 2018 al 2021, y en unas condiciones electorales de reglas para la competencia y deberes de legalidad absolutamente distintas. La exigencia democrática desde 1988 hizo que se creara el IFE, luego INE, siete reformas electorales de gran calado e inclusive la ampliación del Senado de la República de 64 a 128 escaños, lo que brindó paulatina representación de las oposiciones en la Cámara Alta.

Regresando a los enigmas de la sobrerrepresentación parlamentaria, un factor ligado a las traumáticas elecciones presidenciales de 1994 hizo repetir ese comportamiento, con 300 posiciones en la Cámara de Diputados para el partido oficial. Pero desde 1997 hasta 2018 ningún partido —gobernante o de oposición— obtuvo más de 300 diputados. Desde luego, cabe añadir que, en el caso de 2018, la hazaña fue aún mayor al sumar los que se asignaron a los partidos de su coalición parlamentaria para el trienio que culmina.

A pesar de la ansiada alternancia, en el año 2000, el nuevo partido en el poder alcanzó tan sólo 205 curules, mientras que el derrotado partido que fuera hegemónico mantuvo 211 de 500. La tendencia prosiguió y en las intermedias de 2003 el partido en el gobierno bajó a 147 diputaciones, mientras que el partido del viejo régimen llegó a 223, y la tercera fuerza política alcanzó 95 curules. En aquellas polémicas elecciones de 2006, el partido en el poder alcanzó 206,  muy lejos de la mayoría absoluta. Y en las elecciones intermedias de 2009 perdió 100 diputaciones, para regresar a 142 de 500. En las elecciones generales de 2012, el viejo partido hegemónico recuperó el poder y consiguió 212 de 500 curules y en 2015 alcanzó 205, más 51 de sus aliados, recuperando así la mayoría absoluta. Las elecciones de 2018 reportaron el triunfo por la abrumadora mayoría de 308 curules, de 500,  lo que  sumadas a las de sus partidos aliados regresó al Presidente  a cifras de sobrerrepresentación parlamentarias anteriores a 1982.

Las próximas elecciones intermedias del 6 de junio de 2021 reflejarán si la ciudadanía confirma esa confianza en el partido gobernante o acota sus términos favoreciendo contrapesos parlamentarios.

Los gobernantes desean alcanzar un respaldo suficiente en el Congreso que facilite su agenda legislativa. Sin embargo, la democracia se mide en las capacidades y habilidades parlamentarias del partido en el poder a efecto de conquistar la estabilidad política y las mejores soluciones legislativas republicanas.

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