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Las incongruencias y fanfarronadas del personaje no son nuevas. Salvo que ahora —quizá porque ya se asume ganador— ha perdido la vergüenza. Así, frente a un grupo de empresarios, advierte que cambiará la Suprema Corte muy sencillo, agregará cinco ministros que podrían llevar su troquel al estilo chavista. Supone ya muy amplias mayorías legislativas que le permitan incluso modificaciones constitucionales.

Ante la avalancha de votos no habrá candados. Los empresarios salen aterrados, pero todo queda allí. A través de un escrito enviado a El Financiero propone “un modelo… semejante al Desarrollo Estabilizador”, aclara para confundir. “No es nuestro propósito, desde luego, revivir un modelo”. ¿Por fin? Como si el mundo no hubiera cambiado en 60 años, como si en pleno siglo XXI un país pudiera imponerse a la globalización con un nuevo autarquismo económico. Quizá, como dice Jesús Ortega, el muy probable próximo presidente de México recurre a “simplonadas” por ignorancia. Consecuencia del dicho, una aceptación silenciosa.

Regresa a afirmaciones insostenibles que salen de su chistera política, la repetida cifra de que las malversaciones le cuestan a México 20% del PIB, según cálculos del Banco Mundial (que sólo él ha visto). Sigue el bombardeo de falsedades que él quiere imponer como verdades: “…el avión de EPN es más lujoso que el de Donald Trump”. Falso. “…ni los exmandatarios de EU reciben pensiones tan cuantiosas como las de los expresidentes… mexicanos”. “Todos los días encabezaré, desde muy temprano…” es su propuesta para solucionar inseguridad y violencia. Crean en mí es la médula de su ofrecimiento. Yo el Supremo, de Roa Bastos, encarnado en México. La lista de disparates no tiene fin. Pero eso ya no es novedad. Lo verdaderamente inquietante es el pasmo como respuesta.

El miedo soterrado invade a un país dividido. Aterrados, algunos ya han comenzado a cancelar inversiones, pero no lo dicen públicamente. No invertirán hasta que se despejen las dudas, pero no lo anuncian para presionar. ¿Dudas despejadas? Niegan lo evidente, ése es él. Reacción: una dolorosa pasividad, no vaya a ser que se ofenda el futuro Señor Presidente, así rehúyen de sus convicciones y responsabilidades. Si gana, lo más probable, es mejor estar en buenos términos. Se castran a sí mismos en su capacidad de ser verdaderos contrapesos. “Seremos respetuosos de la autonomía del Banco de México…”, afirma quien, todo indica, llevará la banda. Qué buena noticia: respetará la ley. “No habrá confiscación de bienes…” es la oferta. Quién habla de confiscar. “Se acabarán los fraudes electorales…”, o sea que vivimos entre fraudes, pero él aceptó las reglas que los facilitan y con ésas cumplirá su obsesión. El Señor Presidente restaurado, reloaded, 2.1, sí puede acabar con los fraudes simplemente porque quiere. Pero, ¿y las varias leyes electorales que tenemos, legisladas en pluralidad; y el INE y todas las ramificaciones estales de esa institución; y la Fepade y el Tribunal Electoral, que es parte del Judicial, todo es un engaño, como el castillo de Disneylandia y decenas de millones vivimos en fantasilandia? Él califica lo real y lo falso. La República es una falsedad que él reinventará. Calladitos, aceptamos.

Más información: http://bit.ly/2EIVfTO

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