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Imputación ficticia. Mala fe. Actuar perverso. Desleal. Amenaza velada. Tráfico de influencias. Deficiencias. Mentiras. Cambios de hipótesis. Violación al derecho de defensa…

Sorprendentes calificativos en voz de un juez. Devastadores, diríase, para calificar la actuación de la Fiscalía General de la República (FGR). Y no en un proceso cualquiera, sino en uno que involucra a dos de los más importantes y poderosos operadores jurídicos del país: el fiscal Alejandro Gertz Manero y el exconsejero Jurídico de la Presidencia, Julio Scherer Ibarra.

Pero esos fueron precisamente algunos de los señalamientos que hizo el juez Felipe de Jesús Delgadillo Padierna sobre el actuar de la FGR en contra de los abogados vinculados a Scherer (Juan Araujo, César Omar González, Isaac Pérez y el asesor financiero, David Gómez Arnau), a quienes acusó de asociación delictuosa, tráfico de influencias, extorsión y lavado de dinero en agravio de Juan Collado.

Tan escandaloso y perverso pareció al juez federal Delgadillo el proceso abierto por la FGR, que no sólo desechó el caso en cuestión, sino que ordenó remitir a la Comisión Nacional de Derechos Humanos el audio y el video de las 23 horas de audiencia, para que investigue a los ministerios públicos por conductas irregulares, y al propio Collado, para ver si éste fue presionado por la fiscalía.

Tormenta que ahora retumba sobre la FGR. Señalamientos, reconvenciones y decisión judicial que –tras sus formas– parece indicar la puerta de salida para Gertz Manero.

Porque ¿cómo permanecer al frente de la FGR cuando el propio Poder Judicial exhibe la perversidad de la institución, o más bien, del hombre que hoy en día está al frente de la institución? Por ética, por vergüenza –para evitar más venganzas personales–, Alejandro Gertz debe irse.

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