Recomendamos: El adicto, por Carlos Elizondo Mayer-Sierra

Foto: Gobierno de México

Como esos adolescentes incapaces de despegarse del celular, AMLO requiere estar hablando en público, ya sea en la mañanera, en una reunión de gabinete o en un mitin. Es tan grande su necesidad de no sentirse solo, que, aun estando rodeado de cientos de personas, tiene la pulsión de darle un beso con mordisco a una niña que se resistía a su cariño en un mitin el sábado 14 de marzo. Vale la pena ver el video: http://bit.ly/2Ujyfos.

Su incapacidad de quedarse en la oficina (que es su casa) para estudiar junto con su gabinete los problemas con profundidad, lo lleva a recorrer el país frenéticamente. Todavía ayer estuvo en un mitin en Oaxaca. Quizás es un millennial incapaz de estar en la oficina.

Las implicaciones de su adicción son muchas. La primera, perder su tiempo, el de su equipo y el del país en parloteos generales y en temas absurdos como la rifa del avión o las estampitas religiosas. En lugar de estar en celebraciones, debería analizar la mejor ruta de acción frente a la crisis epidemiológica y económica que ya se nos vino encima, apoyándose en los expertos. Expertos con libertad para opinar. Cuando el líder de un gobierno es adicto a la adulación, todos, incluidos los expertos, aprenden a anticipar sus deseos y evitan decir lo que no le va a gustar al gran timonel. Pero quizás no necesita expertos, porque, según John Ackerman, AMLO es un científico. Su secretario de Salud solo sigue instrucciones.

El segundo problema es la señal de despreocupación que manda a la población al negarse a usar el gel antibacterial y al continuar en giras y reuniones públicas. Para muchos la conclusión es obvia: el problema no es tan grave. Un mandatario debe comportarse como tal, sobre todo en circunstancias en las que está en juego la salud o la vida. Se debe gobernar con el ejemplo. Miguel de la Madrid fumaba mucho. No lo hacía en público.

El tercer problema es mandar al mundo el mensaje de que en México la crisis va a ser profunda y larga. Si ni el Presidente toma precauciones, ¿cómo hacerles creer a las autoridades de Estados Unidos que se puede mantener un diálogo serio con nuestro gobierno sobre cómo administrar la frontera en épocas de pandemia? Ni hablar del hazmerreír en que se han convertido en muchos otros países sus estampitas religiosas y sus actos multitudinarios en plena pandemia.

El cuarto problema es que él mismo se puede contagiar. Aunque según López-Gatell, “casi sería mejor que [AMLO] padeciera coronavirus porque lo más probable es que él, en lo individual […] se va a recuperar espontáneamente y va a quedar inmune”, sería un problema serio para el país que AMLO terminara hospitalizado. El virus también se puede propagar en su gabinete, reunidos en el mismo espacio público durante la ceremonia de la Expropiación Petrolera el miércoles pasado.

A los adictos les cuesta ver las consecuencias de sus actos. Les importa el placer inmediato de la droga. AMLO parece tener ese comportamiento.

Debió sentirse bien cuando prometió libre tránsito a cuanto migrante quisiera pasar por México, pero era evidente la implicación: Estados Unidos amenazaría con cerrar la frontera. Seguro se sintió muy bien cuando afirmó que no hay que parar todo dado que afectaría a “mucha gente que se busca la vida en la calle”. Pero si el coronavirus se expande con la rapidez que se ha visto en otros países y que temen muchos expertos, los pobres serán los más afectados, en su salud y en su bolsillo. Cruel paradoja es que los republicanos en Estados Unidos estén dispuestos a repartir dinero como socialdemócratas, mientras que la izquierda estatista en México tiene un gobierno digno del elogio de los fisiócratas: “dejen hacer y dejen pasar, el mundo va solo”.

Por fortuna, una parte del pueblo fue sabio y supo que era hora de recluirse. Pero estos esfuerzos sociales rinden muchos menos resultados si no están coordinados por un gobierno capaz de entender la naturaleza de los retos que enfrenta.

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