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Foto. Cuartoscuro

La hazaña del silencio que este lunes 9 de marzo protagonizaremos millones de mujeres arrastra el grito de ¡Ni una más! que, también un lunes del verano pasado, lanzaron las jóvenes de la diamantina rosa.

“¿Y de la policía quién me cuida?”, preguntaban a las puertas de la Secretaría de Seguridad Pública capitalina las activistas del feminismo impaciente, dejando para la historia iconográfica de la lucha social contemporánea la imagen del entonces titular de esa dependencia, con la brillantina sobre el cabello y los hombros.

La filtración del expediente de una joven que había denunciado ser víctima de violación por cuatro policías, confirmó el diagnóstico que la generación de la diamantina rosa conoce de sobra: la violencia contra las mujeres le vale un comino al Estado ciego e indolente.

Aquella furia descalificada, en un principio, con los torpes reflejos de la sospecha gubernamental, bajo el argumento de que unas niñas buenas habían sido infiltradas por unas convenencieramente malas, pronto se multiplicó.

Y comenzó la pedagogía de las metáforas rudas: los vidrios rotos como las vidas de las mujeres agredidas y asesinadas; los monumentos históricos manchados como los procesos de los ministerios públicos, las absoluciones de los jueces a los violadores y la justicia siempre pendiente.

Fue una enseñanza que nos mostró que las cruces de los feminicidios son más que una cifra. Que eran nombres y apellidos, llanto, incomprensión, orfandad, duelo.

Historias de mujeres sacadas del anonimato también por esas jóvenes que hace siete meses querían contagiarnos de su desesperación frente a la parálisis de las instituciones.

Porque de ahí viene la chispa que tiene hoy a las mexicanas y a los mexicanos en la mira global, como protagonistas de una sacudida sin precedentes en la historia del feminismo contemporáneo: millones haciendo suyo el ¡ya basta! de la violencia contra las mujeres, pronunciada –y esa es la epopeya– como la peor expresión del machismo y la misoginia.

Por eso nuestra hazaña del silencio de pasado mañana arrastra el eco ensordecedor de las batallas del 2019 cuando centenares de mujeres recitaron, en noviembre, desde la explanada del Zócalo de la Ciudad de México: “Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía… El violador eres tú… El violador eres tú…”.

Esa es la grandeza de esta historia de comunicados corporativos que se suman al compromiso, al menos de palabra, de no permitir la agresión de género en sus empresas, sin comprender aún que ésta también tiene qué ver con brechas salariales y estereotipos en la promoción de sus empleadas.

Pero ahora no sólo estamos hablando de los pendientes que las feministas de la academia, la política y el activismo organizado han documentado con disciplina, desde 1975, en medio de la estigmatización y la utopía.

Como nunca antes en la efeméride de ningún país, aquí estamos en el encuentro intergeneracional de las mujeres ocupadas y preocupadas por la sobre carga de la crianza, sin un Estado capaz de diseñar una economía de los cuidados a la altura de unas aulas repletas de talento y conciencia de que la maternidad debe ser un derecho elegido y compartido.

Porque la chispa del 2019 prendió una vela para socializar el conocimiento feminista que tantas mujeres valientes y audaces venían tejiendo.

Y es una llama azarosa que alcanzó a la Universidad Nacional Autónoma de México y a decenas de campus universitarios, porque hizo del me too hollywoodense una asignatura obligatoria: quitarle la venda institucional al hostigamiento masculino.

Es la chispa que nos iluminó el túnel del espiral de la violencia.

Porque después de la rabia diamantina del 12 de agosto, la ausencia de Abril, Ingrid y Fátima nos ahogó en un plural ¡Vivas nos queremos!, el grito con el que mañana iremos a la marcha.

El mismo grito que rompió la polarización del poder y que este lunes 9 hará del silencio una pausa, el respiro necesario para continuar con la hazaña.

Porque hoy, en la víspera del paro nacional de mujeres, estamos conversando, sí, dialogando, intercambiando ideas y propuestas sobre esos pendientes que hasta hace poco eran impronunciables, invisibles, cosas de “feminazis”.

Esta vez las felicitaciones que, por el 8 de Marzo, recibíamos apenas hace un año, se han convertido en causas que se desmenuzan en las familias y se adaptan a los códigos secretos de las oficinas y las tiendas; se estrellan como tareas fallidas de congresos y tribunales.

Más información en: Excélsior

 

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