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La resurrección del viejo esquema priista significa fortalecer todo aquello que era parte sustancial del antiguo régimen autoritario: corrupción, violencia, ineficiencia

La coyuntura política que estamos viviendo ante las elecciones del 1o. de julio se puede entender mejor si observamos los efectos perversos que han aparecido como consecuencia de decisiones tomadas en los partidos políticos. Un efecto perverso, en sociología, es el resultado inesperado y perjudicial de decisiones que buscaban otros fines. Cuando el PAN decidió ir a un frente con partidos de izquierda, para elevar su competitividad, quedó descartado el grupo calderonista con inclinaciones priistas. Con esta decisión se derrumbaron las expectativas del PRI, que veía buenas posibilidades de ganar las elecciones frente a una candidata muy débil como Margarita Zavala, y ante el candidato populista, Obrador, aparentemente desgastado por años de fracasos. La candidatura de Ricardo Anaya, que se movió hacia el centro, rompió en pedazos las esperanzas priistas y con ello despertó la ira del presidente Peña Nieto, que no le perdonó al líder del Frente que quisiera repetir lo que había logrado en Veracruz: derrotar al PRI. A partir de ese momento el principal enemigo del PRI fue el Frente encabezado por Anaya, quien fue el blanco de corruptas maniobras gubernamentales para liquidarlo. Y, ciertamente, quedó dañada la candidatura del Frente, aunque por un efecto perverso los votos no se los llevó Meade sino Obrador. Las televisoras contribuyeron a este efecto.

Al mismo tiempo, Obrador dio un fuerte viraje a la derecha con la intención de atraer a votantes priistas y a la clase media. Este cambio atrajo a sectores sindicales y empresariales que se sentían discriminados por el gobierno priista. El propio Obrador ha reconocido que el enfrentamiento entre panistas y priistas le ha ayudado, y ha asegurado que terminará aplaudiéndoles porque le abrieron el paso. Es así como se fortaleció el proceso de restauración del nacionalismo revolucionario y de regeneración del autoritarismo. El populismo se enfrentó al priismo con métodos homeopáticos: más de lo mismo, pero en su versión primitiva.

Si gana Obrador la Presidencia, como parecen indicar las encuestas, es posible que se abra la puerta a más efectos perversos. Dado el bajo calibre intelectual del líder populista y de su gabinete, y tomando en consideración la ristra de propuestas insensatas de su programa, es posible que -junto con el intento de restauración- las buenas intenciones desembarquen en un estancamiento lleno de incongruencias. ¿Qué sucederá cuando se vea que la corrupción no se detiene, que la violencia desencadenada por el crimen organizado no desciende, que la autosuficiencia alimentaria y energética no es una panacea, que la desigualdad no se acaba? Es posible que ello ocurra, pues es evidente que la corrupción también está en las propias filas de Morena, que la amnistía pensada para abatir la violencia es un espejismo, que la pobreza no se liquida si no hay desarrollo económico. La resurrección del viejo esquema priista significa fortalecer todo aquello que era parte sustancial del antiguo régimen autoritario: corrupción, violencia, ineficiencia.

El retorno del nacionalismo revolucionario populista ha sido alentado por el propio gobierno priista de Peña Nieto y por las corrientes priistas del PAN. Absurdamente, les ha parecido una amenaza peligrosa el surgimiento de un liberalismo panista aliado a fuerzas reformistas de la izquierda. Hay aquí una curiosa versión de la parábola bíblica del retorno del hijo pródigo (Lucas 15:11-32). El líder populista, después de malgastar su herencia priista, regresa a su origen político para disfrutar del festín electoral de bienvenida. Como el hijo pródigo, retorna al seno familiar del nacionalismo revolucionario después de haber pasado unos años pecaminosos arrejuntado con la izquierda. Se regenera su fidelidad originaria y atrae los votos de priistas.

Si queremos evitar más efectos perversos, lo sensato sería no votar ni por el priismo tecnocrático ni por el priismo regenerado.


Este texto se publicó en Reforma el 26 de junio de 2018.

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