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Foto: Gobierno de México

Es inútil tratar de entender las decisiones y razonamientos del Presidente con los instrumentos del análisis político, pues su conducta como jefe de Estado sólo es comprensible desde otra disciplina, la psiquiatría.

Por si había dudas, ayer planteó en su conferencia en Palacio Nacional que la pandemia y la crisis de salud que caen sobre México “nos vino como anillo al dedo para afianzar el propósito de la cuarta transformación”.

Nunca habíamos oído a un jefe de Estado, en el mundo, decir –y pensar– que una desgracia de esa magnitud que trae muertos, enfermos, desempleados y quiebre de empresas venía bien a un proyecto político. Como anillo al dedo para afianzar sus propósitos.

Sólo Dios, en la Biblia, pudo justificar un cataclismo así.

Pero López Obrador no es Dios y no tiene derecho a ver a sus gobernados como los habitantes de Sodoma y Gomorra.

Una eminencia de la psiquiatría mexicana me explicaba ayer que la conducta presidencial manda señales de un problema de demencia vascular, que es la segunda causa de demencia del país, después del alzhéimer.

Es un padecimiento que tiene sus orígenes en la presión arterial alta y se agudiza cuando se viven situaciones de estrés.

La presión arterial alta y el estrés pueden tener un impacto en todos los vasos del cuerpo humano y provocan infartos a nivel cerebral, sin que sean percibidos por quien los padece. No hay pérdida de memoria, sino que se refleja en dificultades para comprender, discernir, pensar bien y tomar decisiones lógicas.

Ese es el proceso que estaría iniciando en el Presidente de la República, y que afecta su buen juicio para tomar decisiones.

La visita al ejido que es cuna del Chapo Guzmán y lugar de residencia de su familia, en el municipio de Badiraguato, no tiene explicación política, pues nadie ganaba nada con eso. Y lo hizo en un momento en que la ciudadanía esperaba a un Presidente concentrado en la crisis de salud, la económica y los efectos de ambas.

Desde que comenzó el apremio por la inminente llegada del coronavirus a México, el Presidente minimizó el tema a pesar de que en otros países las personas morían por miles.

Hacía bromas, recomendaba abrazos, salir a las calles a consumir, repartía besos, encabezaba mítines multitudinarios mientras el equipo de Salud federal advertía de los riesgos de la epidemia y de las providencias que era necesario tomar para no contagiarse ni contagiar.

Más información en: El Financiero

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