Premio Nacional de Protección Nacional

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Foto: Reuters

Parece que nuestra disfuncionalidad es el reducto desde el que nos aferramos a lo que perdimos con el confinamiento y la enfermedad. Diatribas contra el periodismo, discusiones al nivel de las creencias y no del saber; el sinuoso camino de tergiversar el lenguaje son los terrenos donde el Ejecutivo nacional se siente más cómodo que al hablar sobre la pandemia. Ya habituados a sustituir el debate con ruido, por la emergencia éste alcanza tonos todavía más disonantes.

Escándalo, es la única forma de nombrar a la virulencia de la agencia de noticias del Estado contra los periodistas que no comparten con ella: crea ruido y se convierte en él. Cuando el ataque se ciñe sobre inconformes con la información oficial, el Presidente es escuda en el oxímoron para evitar un conflicto que no lo alimenta. La voz de Palacio supone darle legitimidad simultánea a atacante y a atacados. En el desvarío de la irresponsabilidad, el Presidente juega a ser el creyente que se dice ateo mientras exhibe su creencia solo en sí mismo. Qué fácil se ha hecho llamarle declaraciones desafortunadas a la insensatez.

Poco a poco hemos institucionalizado la desinstrumentación, atestiguado a lo largo de años a un Estado sin capacidad de adherencia para quienes no estén dispuestos a abrazar su enramado y dispuestos a entenderse bajo sus propias claves. Hoy, bajo el ruido, el gobierno mexicano actúa como si la misión del periodismo y de la opinión profesional fuera entenderlo. Quizá valga recordar que cuando el que escribe se dedica a aplaudir al poder no solo le está entregando la pluma o lo que piensa, le regala su dignidad.

Si bien el entorno que permite la distorsión ha estado en engorda durante mucho tiempo, un gobierno como el actual, tan gustoso por la geometría simple y la falta de profundidad, no ha dudado en aprovecharse sin el menor pudor de las grietas de la disfuncionalidad.

Algo de responsabilidad cae sobre quienes escribimos. Una de las mayores deudas sociales de la opinión profesional se encuentra en la falta de entendimiento a nuestra propia labor. La opinión profesional tiene la obligación de intentar explicar los asuntos que construyen la vida pública. Si antes de intentar explicar nos convertimos en especuladores de la realidad, estaremos olvidando cómo contrarrestar el ruido. Olvidamos que ningún ejercicio intelectual se construye a partir de sus certezas como de sus dudas.

Ante un gobierno que ha optado por el lugar común, hemos aportado al deterioro del debate.

Gracias al ruido, distintos niveles de gobierno han incorporado elementos inconexos a las discusiones sobre periodismo, economía, ética —que se confunde incesantemente con la moral—, y legalidad. Ya nadie se sorprende con las bombas legislativas que en la misma semana ocupan los medios de comunicación y son desechadas sin haberse pensado, aunque sea un instante.

El frenesí de cambio se sobrepuso a las reglas básicas de la comprensión. Llegamos al punto en el que el uso de la felicidad ni siquiera alcanza a ser demagogia, sino el nulo entendimiento de su subjetividad. Solo en el ruido, las emociones que sirven para la retórica burda quieren ser institucionalizadas por el dictado de los parámetros de los sentidos y de la razón.

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