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Foto: Especial

Hasta hace poco Andrés Manuel López Obrador pensaba que Donald Trump era un racista. “Sí, sí”, me lo confirmó en una entrevista. Por eso sorprende su determinación e ingenuidad al anunciar su próximo viaje a Washington, el primero al extranjero de su Presidencia. El viaje del presidente mexicano a la Casa Blanca -supongo que en un vuelo comercial- está cargado de riesgos. Y todo por una foto.

El primer riesgo es de manipulación. A Trump le urge ayuda para conseguir más votos hispanos para la próxima elección. Actualmente el Presidente solo tiene el apoyo del 21 por ciento de los hispanos, según una reciente encuesta de Latino Decisions. Esto es muy por debajo del 29 por ciento de voto hispano que obtuvo en las elecciones del 2016. Trump sabe que sin latinos no se puede quedar en la Casa Blanca. Y por eso está invitando/usando a López Obrador.

Quienes han trabajado con Trump saben que su única preocupación actualmente es su reelección. “Es muy difícil identificar cualquier decisión importante que haya tomado Trump que no tenga que ver con sus cálculos para reelegirse”, escribió en un nuevo libro John Bolton, quien fuera asesor de seguridad nacional de abril del 2018 a septiembre del 2019.

Todo lo que hace Trump es por su conveniencia. Todo. Y López Obrador se equivoca si cree que le va a ganar a Trump en su propio juego y en su propia casa. Sin hablar inglés es casi imposible que el presidente de México pueda imponer sus temas, como lo hace en las “mañaneras”, en una conferencia de prensa en el jardín de las rosas de la Casa Blanca.

Si de verdad López Obrador no quiere que Trump lo use como un póster de propaganda electoral, lo más inteligente es posponer la visita hasta después de las elecciones del 3 de noviembre.

El otro riesgo es de traición e indiferencia con los 12 millones de mexicanos, nacidos en México, que vivimos en Estados Unidos. López Obrador está cometiendo exactamente el mismo error que el ex presidente Enrique Peña Nieto, quien se reunió con Trump en la Ciudad de México antes de unas elecciones. En esa ocasión Peña Nieto no se atrevió a criticar la absurda idea de Trump de que México pagaría por un nuevo muro en la frontera, ni tampoco refutó sus comentarios racistas contra los inmigrantes mexicanos. (“Traen drogas. Traen el crimen. Son violadores. Y algunos, supongo, son buenas personas”, había dicho el entonces candidato presidencial el 16 de junio del 2015).

Y ahora López Obrador está igual de calladito. ¿No se suponía que iba a ser Presidente de todos los mexicanos, independientemente de dónde vivieran? Lejos parece quedar el político que publicó en el 2017 el libro Oye, Trump -una crítica al maltrato a los inmigrantes- y quien ese mismo año me dijo en una entrevista que Trump era un racista.

“¿Trump es racista?”, le pregunté.

“Sí, sí. Él lo ha expresado”, me dijo López Obrador. “Azuza el racismo. Sí. Está en contra de los extranjeros. Tampoco es que lo sienta así. Es una estrategia política. O sea, eso lo aclaro. Pero nos ha hecho mucho daño”.

Dudo mucho que ese vaya a ser el tono de López Obrador en la Casa Blanca ante el Presidente más antimexicano y antiinmigrante que ha tenido Estados Unidos en décadas. AMLO, desde que llegó a la Presidencia, ha hecho un enorme esfuerzo por evitar conflictos con Trump. Y el nuevo tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá es producto de esa estrategia diplomática. Pero es muy desilusionante que el Presidente se quede callado ante los insultos y ataques de Trump.

México, tristemente, ha aceptado que miles de centroamericanos se queden en su territorio, en terribles condiciones, mientras esperan su solicitud de asilo en Estados Unidos. Y horas antes de que AMLO anunciara su visita, Trump estaba estampándole su firma a un nuevo trecho de muro en la frontera de Arizona con México.

La historia juzgará duramente a Trump. Pero también a los que se convirtieron en silenciosos cómplices de sus políticas racistas y antiinmigrantes. Siempre es peligroso -y poco digno- aparecer junto a un bully y un promotor de la intolerancia.

Presidente López Obrador: posponga el viaje y espere a que los estadounidenses decidan en menos de cinco meses qué hacer con Trump. ¿Cuál es la prisa?

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